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Publicado el martes, 25 de julio del 2017 a las 11:00
Saltillo, Coah.- Se sujetó al señorial portón de la casa del Alcalde de Saltillo y lo sacudió con todas las fuerzas que le quedaban, venía huyendo de su obligada suerte a ser lo que gran parte de su raza era en estas tierras: esclavos.
Se llamaba María Teresa y tenía el pelo tan ensortijado que esa noche, a pesar de la carrera que había hecho desde la casa de su amo hasta la del Alcalde, su enmarañada cabellera apenas se había movido.
-¡Ayuda, por favor, alguien que me ayude! –gritó María Teresa al sacudir el portón de la casa de la autoridad.
En su piel, que era casi tan negra como la noche misma en que hizo la proeza de huir del yugo de su dueño, tenía rastros del maltrato que le daba quien años atrás la había comprado en el mercado de negros.
-Necesito –dijo “la negra” al Alcalde- que me dé permiso de liberarme de ese hombre tan malo y me deje venderme a otro amo-.
El gobernante concedió el permiso con todos los riegos que eso significó, porque en Saltillo, durante los 214 años (1607 – 1821) que se practicó la esclavitud nunca hubo ni una sola rebelión, pero ni siquiera un intento de revuelta o inconformidad pública, solo la huida de María Teresa aquella noche del siglo 17.
Así lo narra el doctor Carlos Manuel Valdés Dávila, el historiador que en su búsqueda del pasado publicó el primer ejemplar literario sobre la esclavitud en esta capital que hoy cumple 440 años desde su fundación.
En el libro Esclavos Negros en Saltillo, el académico documentó la historia de María Teresa, y ahí narra su final: “terminó –dice- consiguiendo su permiso y se vendió a un hombre que se la llevó para Béjar, Texas”, donde no se supo si su suerte mejoró, aunque difícilmente alguien privado de su libertad puede hablar de suertes.
Fábrica de esclavos Los sanos y jóvenes en edad productiva se iban quedando en Veracruz y Puebla donde servían a las grandes haciendas y el comercio, otra parte llegaba a la Ciudad de México y el resto se distribuía en los centros mineros como Zacatecas.
A Saltillo le quedaban los más cansados, en edades inútiles para los trabajos pesados o bien las mujeres que ayudaban con los quehaceres del hogar, sin embargo, aquí y en otras ciudades se fundó un negocio millonario y cruel de esclavos.
“Las mujeres –dice el historiador Carlos Manuel Valdés- eran usadas (en Saltillo) como fábricas de esclavos, las compraban cuando eran jóvenes de 16 o 17 años y los propios dueños las embarazaban para después vender a sus hijos con otras personas”.
En el mercado de esclavos en Saltillo se movían grandes cantidades de dinero, los niños tenían un precio de 65 pesos oro, de acuerdo a los documentos del Archivo Municipal, consultados por Valdés Dávila, y los adultos costaban 250 pesos oro.
“Para tener una equivalencia del alto precio, la casa que estaba donde ahora es el Casino de Saltillo fue vendida a poco menos de 250 pesos oro”, es decir que un esclavo tenía el precio de una casa en la zona privilegiada de Saltillo.
Los niños que eran comerciados servían a la aristocracia saltillense para hacer los mandados de la cocina, llevar recados escritos (mensajeros) o espantar pericos que bajaban de la sierra, nadie quería escuchar el escandaloso canto.
El hijo de Rumayor Los hijos de la madre patria eran perezosos, acostumbrados a que otros hicieron por ellos los quehaceres de toda índole, necesitaban de los esclavos y de los tlaxcaltecas (nativos en Saltillo) para mantener a flote la economía y la vida diaria.
“En esta ciudad los pobres eran españoles, los mendigos y pordioseros eran europeos porque no sabían trabajar a diferencia de los negros y los tlaxcaltecas”, dice Valdés Dávila.
Los tlaxcaltecas en Saltillo no compraban esclavos como los españoles porque ellos entendían la agricultura y el trabajo, así que a pesar de que tenían recursos para comprar personas de raza negra no lo hacían.
En cambio la Iglesia que tenía propiedades y riquezas incalculables, que cobraba diezmos y fungía como una autoridad moral incuestionable, sí se hizo de esclavos en la ciudad.
“A la Iglesia –cuenta el historiador- los negros les sirvieron para ir a cobrar el diezmo, porque había que recorrer la ciudad y no se cansaban, también para gritar después de la misa la información de la Corona Española porque (como sabemos) tienen una voz privilegiada y con ritmo, son buenos cantores”.
Pero así como hubo una crueldad deshumanizada protagonizada por mujeres separadas de sus hijos a los pocos años de haberlos parido, también se registraron muestras de arrepentimiento por parte de quienes con dinero privaron de su libertad a otros seres humanos…
Una buena mañana don Antonio de Rumayor que vivía en el ahora Centro de la ciudad vio al niño que por su casa corría y le encontró más que nunca un parecido a él, sobre todo cuando el pequeño sintiendo la mirada del amo de su madre volteo a verlo directo a los ojos.
Los ojos intensamente azules del niño, tan contrastantes con su piel y sus dientes brillantes eran sin duda herencia genética del padre, pero ¿quién era el padre?, sino aquel hombre que al verse en el espejo veía sus ojos igual de marinos y azulados, don Antonio de Rumayor.
Por conciencia, el español le otorgó la manumisión a su hijo cuando éste tenía cuatro años de edad; el acta de manumisión fue para el niño bastardo de Rumayor como para otros esclavos en Saltillo y México (250 mil) su pase a la libertad, documento de tal importancia que los liberados se lo colgaban al cuello para evitar ser detenidos o cuestionados sin otorgar defensa.
En la manumisión, don Antonio hizo escribir la descripción del niño que a partir de la emisión del documento sería libre: “le otorgo la libertad al niño de cuatro años con pelo ensortijado y ojos zarcos…”.
Desafortunadamente no todas las manumisiones fueron hechas de buena fe, otras (gran parte) fueron emitidas para deshacerse de esclavos ancianos que por edad o enfermedad estaban impedidos para continuar trabajando.
“Eran muy crueles –dice Valdés Dávila al retomar la palabra- porque liberaban y sacaban a la calle a los ancianos para no tener que alimentarlos o tenerles donde vivir”.
Los huérfanos de la historia “Vito Alessio Robles (uno de los más importantes historiadores de Coahuila) nunca menciona en su obra a los negros, los omitió por completo y como él hicieron lo mismo el resto”, dice Valdés Dávila.
– ¿Por qué los omitieron? Y al no haber huella como en otras entidades del país como Oaxaca y Guerrero, quedaron desamparados al tiempo que fue borrándolo todo, hasta su color, “porque al mestizarse con los españoles, los niños iban perdiendo su color, se volvían mulatos”.
La historia los desapareció de la ciudad, Clío los dejó huérfanos por un largo tiempo.
Con nombres que no eran los suyos y lenguas que nadie a parte de ellos entendía, llegaron a Saltillo los primeros esclavos negros en 1607 (o por lo menos es desde cuando se tiene registro), en su mayoría mujeres y hombres de edad avanzada y niños.

El primer niño esclavo que llegó a Saltillo tenía 12 años de edad, era negrito y su nombre se perdió entre las páginas de la historia, fue de las primeras víctimas de los españoles y la Iglesia Católica asentada en esta ciudad.
El historiador Carlos Manuel Valdés Dávila, exdirector de la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Coahuila publicó en 1989 “el primer libro que contó sobre los esclavos negros en Saltillo, porque durante muchos años fueron omitidos por todos los historiadores”.
“Porque Alessio quería una raza de bronce, entonces el escribía la historia así, y los negros no estaban dentro de esa (versión de la) historia”.
Además, la raza negra, tan rica en cultura no logró dejar su huella en Saltillo, ni siquiera su música y gastronomía se impregnaron en la ciudad, mucho menos sus lenguas que se perdieron al no tener con quién comunicarse, su ropa de la que fueron separados o sus tradiciones que aquí en una ciudad profundamente católica como todo el Virreinato no se seguían.
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