Me encuentro en la antesala del cuarto piso sin saber qué decir al entrar. El aire está enrarecido; el dolor e incertidumbre, a flor de piel.

Es 1 de diciembre de 2017 y Alejandro Emilio, a sus 19 años, se ha ido. La noche anterior decidió quitarse la vida. Un velo negro se cierne sobre el cuarto piso, donde durante tres meses cursó –de manera intermitente– el primer cuatrimestre de Comunicación.

La puerta se transforma en el umbral de las dudas. Los rostros de sus compañeros lo dicen todo y a la vez no expresan nada: silentes, ausentes..., ensimismados. Nadie se atreve a comentar lo ocurrido, pero se encuentran divididos en pequeños grupos, donde el barullo hace suponer reacciones que al acercarse uno se suprimen.

Las clases en este día pasan a segundo término, el interés se ha perdido, al menos por un instante. La redacción, las teorías, la investigación este día no son importantes; el ¿qué pasó? y ¿por qué? se tornan en las materias fundamentales, aunque sin una respuesta que se pueda encontrar en los libros ni la experiencia de algún docente.

Nadie sabe cómo mitigar el dolor, a nadie lo preparan para ello, se carece de un manual capaz de controlar dicha contingencia.

A mi paso me encuentro con distintos alumnos, sólo uno se atreve, en voz baja, a entablar una plática que de manera inevitable recae en la ausencia de su compañero.

Alejandro se quitó la vida en el patio de su casa, allí lo encontró un amigo luego de que el joven diera indicios por teléfono de lo que podría ocurrir. La posibilidad existía y fue inevitable. La movilización de las autoridades confirmó la tragedia.

Bastaron minutos para que la noticia corriera entre los grupos de WhatsApp de sus compañeros. La incredulidad, el coraje y el llanto fueron los invitados de la noche.

De manera improvisada se organiza la cooperación para llevar ofrendas ante el féretro de quien días antes decía “presente” al tomar lista. Con un rostro desencajado, distante enfrentaba el día con día, “es su forma de ser”,
señalaban compañeros.

Creativo, con gusto por la escritura, con sueños de convertirse en guionista, con talento para la comunicación, se distinguía en sus trabajos. De pronto, comenzaron las ausencias.

“¿Cómo anda?”, le pregunté en una de las clases luego de la lista, “Pues, estamos..., todavía”, la respuesta que obtuve. Sólo pasaron seis días para que su banca en el salón quedara desierta.

El cierre de semestre se avecinaba, las clases debían continuar. La partida de Emilio se convirtió en un tabú, o al menos así decidió tratarse, de manera informal, con tal de tratar de sortear cada jornada y cumplir con trabajos y exámenes a cabalidad.

Días transcurrieron, aunque el velo negro decidió no partir de la Universidad. Sólo 17 días después tomaría a otra víctima, seleccionada en la misma carrera, diferente grupo, circunstancias similares.

El cuarto piso volvió a estremecerse, la incertidumbre retomó su papel, o tal vez jamás dejó de tenerlo.

Edgar, llegó de Durango en 2016. Pertenecía a una familia que tuvo que fragmentarse y buscar una oportunidad en Saltillo. Esperaba un aire distinto, dónde conquistar su sueño de ser director de Hollywood. Su inspiración: Quentin Tarantino.

Comenzó con ímpetu, destacaba por su interés y comentarios oportunos en clase. Con el tiempo dichas características se fueron diluyendo. El estrés en el seno familiar, la falta de recursos económicos y tener un doble turno de trabajo para tratar de sacar sus estudios, lo fueron consumiendo.

Tuvo qué separarse de su madre y hermana para encontrar un sitio dónde dormir y al menos guardar sus cosas. Otro pariente se lo otorgó, no sin el cobro respectivo por ello. Una habitación vacía fue el único refugio para sus sueños.

Llegó el cuatrimestre septiembre-diciembre de 2017 y la crisis interna se disparó. Las ausencias a clase se hicieron constantes, sus pláticas se convirtieron en narraciones de lo difícil que se convirtió el obtener los recursos económicos para continuar.

Es 16 de diciembre, los exámenes finales están en pleno y la sombra de la muerte de Emilio aún recorre los pasillos. Edgar se encuentra en clase, en mi clase, cuando personal de la coordinación solicita un momento para exponer la situación de alumnos deudores. El joven duranguense se convierte en el tema central.

“Mañana viene mi mamá para ver la regularización”, afirma, aunque la duda se percibe en su voz. Sería la última vez que vería a Edgar, el mañana para solucionar tal situación no llegó.

Por la tarde, Edgar decidió partir. Su cuarto, el único refugio que le quedaba, se convirtió en sepulcro. Tomó un cinturón y en el clóset terminó con su vida. La soledad que lo rodeaba lo acompañó hasta en la muerte, pasaron más de 12 horas para que su cuerpo fuera encontrado en la casa donde rentaba dicho cuarto, en la colonia Magisterio Sección 38.

Las voces mudas volvieron a la escuela, salpicadas con rostros que gritaban consternación. El ciclo del velo negro se reinició.

Me encuentro de nuevo en la antesala del cuarto piso, absorto en mis pensamientos, sumergido en intentar estructurar el discurso que debo llevar a estudiantes con el dolor a flor de piel, y aun así continúo sin saber qué decir al entrar.