Por: Luis Durón

Saltillo, Coah.-
Embarazos, drogas, pandillas, muerte, trabajo, alcohol y riñas son los temas que Braulio escucha a diario entre sus amistades. No los puede llamar amigos porque desde pequeño aprendió a estar solo y no confiar en nadie, sólo en su madre.

A los 10 años, Braulio se convirtió en el padre adoptivo de su hermano. Su papá los dejó y su mamá consiguió trabajo en una fábrica. Ella casi nunca está, ni estuvo cuando era pequeño y él tuvo que hacerse cargo porque no había quién los cuidara. Era la vecina quien les daba una “vuelta” cada hora para saber que los niños estaban bien.

Braulio le daba de comer a su hermano, la mayoría de las veces sándwiches de jamón o cereal. Su madre salía de casa antes del amanecer y regresaba pasadas las 4 de la tarde, esa era la única forma que tenía para mantener a sus hijos.

Terminó la primaria a los 12 años, y cursó la secundaria en la federal No. 12, la más cercana a su casa en la colonia Niños Héroes, una zona habitacional prácticamente nueva conformada por un cúmulo de casas en las faldas de la sierra de Zapalinamé.

En las calles no hay pavimento y son pocos los que cuentan con servicios básicos. Unos se roban la luz conectando cables a la corriente principal, otros carecen de agua potable y surten pipas para llenar toneles y tinacos.

INCERTIDUMBRE ANTE LA VIDA

En la casa de Braulio hubo carencias y él no dejó sola a su familia. Los fines de semana trabajó como “cerillito” en un centro comercial, hacía mandados a sus vecinos y lavaba coches. Los pocos pesos que llevaba a casa se los daba a su madre.

Sentado en una esquina y bebiendo un refresco, relata que ahora que acabó la secundaria “no sabe qué va a pasar con su vida”. Ya comenzó el ciclo escolar en la preparatoria, pero él no obtuvo lugar en el Conalep y tendrá que esperar un año para volver a intentar.

Su adolescencia no ha sido fácil. En la secundaria apenas y aprobó las materias; su tiempo libre lo ocupaba en cuidar a su hermano tres años menor que él o en trabajar cuando su madre estaba en casa.

No tiene muchos amigos porque la mayoría de los que viven en su colonia pertenecen a pandillas, con las que él no quiere “broncas”, dice que prefiere mantenerse alejado de eso.

Conoce las drogas. Alguna vez probó la mariguana, pero dice no haberle gustado. Fue un compañero de su clase quien se la ofreció en una fiesta. Lo hizo por curiosidad, porque “todos los chavos de su edad lo hacen”.

Pero Braulio no es el único que se quedó sin estudiar. De su grupo al menos 10 compañeros no siguieron con sus estudios, dos chicas se embarazaron y los otros no cuentan con los recursos para continuar, ahora tienen que trabajar para llevar algo a casa.

A pesar de sus carencias, Braulio tuvo la oportunidad de seguir estudiando, pero no la aprovechó, tal vez por el desinterés, tal vez por la necesidad de trabajar y ayudar a su madre, no dice claramente el porqué.

'TODO SE DICE Y TODO SE CALLA'

Sigue ahí sentado, la botella de refresco ya va a la mitad. Hace un silencio mientras observa el grafiti que hay en la barda de enfrente. “Los Familys”, la pandilla que gobierna en la colonia Niños Héroes.

“Conozco a algunos de los que se juntan en esa pandilla, no a todos, son chavos de mi edad. Se juntan por aquí (señala al bulevar), no me hacen nada porque soy del barrio, me dicen que le caiga a la esquina cuando quiera, pero no quiero meterme en problemas”, asegura.

Braulio relata sus metas. Le gusta la mecánica y el dibujo, por eso quería entrar al Conalep. No le gusta bailar y es poca la música que le agrada, el reguetón y el trap son sus géneros preferidos, porque son los que están de “moda”.

Braulio se enteró de la muerte de Luis Miguel, un chico de 12 años asesinado por un pandillero.

“No lo conocía pero sí estuvo fuerte, que te maten de esa manera y por nada, bueno eso dicen, pero aquí todo se dice y todo se calla, nadie opina porque le tienen miedo a las pandillas”, dice.

Es mediodía del sábado. En el expendio de la esquina ya hay hombres surtiendo cartones de cerveza. Braulio voltea y los ve, eso sí le gusta tomarse una “cheve” de vez en cuando. Sólo que no lo vea su mamá, aprovecha que ella se sale con su hermano los sábados para decirle al señor de la tienda que le venda una o dos latas, a veces su vecino se las invita.

Esta es la vida de un joven en una de las colonias más alejadas de Saltillo, un adolescente que tiene que lidiar con carencias, falta de oportunidades y con la violencia generalizada. Embarazos, riñas, pandillas, drogas, alcohol y sexo, son más que sus temas. Esa es la inevitable realidad de los jóvenes “de barrio” en Saltillo.