Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Manoteaba con terror ante las bajezas de su desalmado abuelo. Sofía gritó llorando de miedo y con una fuerza sobrenatural mordió el brazo de quien la sujetaba con maldad para salir de la casa, correr a los brazos de su madre y contarle la pesadilla que vivió despierta.

Temblorosa, con el pánico de sentir que su verdugo la seguía, la pequeña narró la odisea que concluyó con el arresto de quien hasta entonces parecía ser el hombre más dulce de su corta existencia, el mismo que pagó con rejas la osadía de intentar violar a su propia sangre.

Juegos de niños

Extasiada porque las vacaciones escolares le permitían jugar sin reparo, “Sofi” retozaba con sus amigos de barrio en las calles de la colonia Occidental. El sopor veraniego de la ciudad se convirtió en el mejor de los aliados para el grupo de chiquillos que lejos estaban de pensar en la lujuria mundana.

Adentro de la humilde vivienda de la calle Guadalajara estaba María, que con la mente puesta en el lavadero, tallaba la ropa de sus hijos olvidándose de la realidad. La tarde caía con prisa y su intento por acabar los quehaceres caseros bajo la luz del sol era algo que le robaba la calma.

Mientras una montaña de garras viejas desfilaban por el tallador de concreto que había en el patio trasero, la infante se divertía lejos de la mirada de su madre, quien seguía enfrascada en la cruenta batalla contra la mugre de una maraña de ropa que parecía no tener fin.

En la casa de a lado, don Francisco miraba la tele, abstraído por las memoria de tiempos mejores, cuando la juventud le permitía galantear con las doncellas del rumbo que alegraban su existencia, incluso, hasta antes de convertirse en viudo.

Ajena de las perversiones del anciano, su nieta seguía derrochando inocencia con los niños de la calle Guadalajara, mientras los vientos de tragedia comenzaban a postrarse sobre ella con la esencia de lo intangible, empujándola hacia la maldad de quien se suponía era el mayor de sus protectores.

Deseos contenidos

Impulsada por el deseo de ver a su abuela Petra, Sofía dejó de botar la pelota y se encaminó hasta la casona verde en donde creyó que estaba recluida su nana, sentada en la sala, adormilada con las novelas de la tele.

Entusiasmada por la idea de abrazar a la anciana, la pequeña abrió la puerta que daba a la sala de la lúgubre residencia e impulsada por sus deseos de amor materno, caminó por el espacio que se convertiría en el escenario de su tristeza.

Al fondo del cuarto se divisaba la figura de su avejentado pariente, que con mirada lasciva y pensamientos de lujuria, se dirigió hacia ella para pedirle que se acercara, imaginando que concretaría sus bajezas carnales en el cuerpo de su “adorada” nieta.

Con movimientos animales, don Pancho abrazó a Sofía haciéndole creer que la acariciaba con amor fraterno, hasta que el andar de sus manos llegó a puerto prohibido para crear el malestar de la niña, que se sintió morir de vergüenza.

Sintiendo que el alma se le salía del cuerpo, la pequeña manoteó para zafarse del yugo bestial que le infería el chacal. Gritó de terror, se resistió y esperó un descuido del individuo para asestarle una mordida que lo sacó de concentración. Así consiguió librarse de sus manos malditas y escapar de la casa donde se sintió prisionera.

Empujada por la inercia del dolor al saberse ultrajada, “Sofi” corrió hasta llegar a los brazos de su madre, y ahogada en llanto, detalló los pesares del abuso.

Pagando culpas

Sorprendida, herida por la indignación, María tomó de la mano a “Sofi” y juntas caminaron por la calle. En la esquina detuvieron a una patrulla municipal que rondaba la colonia, con el sello de la trivialidad a bordo.

Sólo bastaron unas palabras de la enfurecida mujer, quien exigió a los uniformados locales que detuvieran al causante del abuso. Así comenzó el peregrinar hasta la casa donde yacía el autor material de la tragedia familiar.

Los guardianes del orden dejaron atrás sus modales e irrumpieron en la propiedad, donde el abuelo jarioso seguía echado en la cama viendo el televisor, mientras las ganas de manosear a los suyos desaparecieron como por arte de magia.

Sin nada que decir en su defensa, el sexagenario aceptó su delito y acompañó a los policías hasta la delegación, donde quedó bajo arresto por el abuso sexual cometido en casa. Así comenzó su camino rumbo al potencial encierro que ya le aguardaba en el reclusorio varonil de la localidad.

Mientras Francisco ve pasar el tiempo en la celda que lo aparta de la sociedad, Sofía se refugia en los brazos de su madre, con la intención de olvidar la pesadilla que vivió despierta, gracias a la inmundicia de su propio abuelo.