Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Revolcándose de dolor, Gonzalo imploró por el perdón de los ejidatarios, que hartos de la maldad, hicieron justicia con sus propias manos incinerándolo vivo en una hoguera. Sus restos fueron exhibidos como el mejor de los trofeos para la sed de venganza en el rancho San Martín.

Arrepentido de su atrevimiento fortuito, el ladrón vio extinguir su estancia terrenal, ante la cascada de risas que vitoreaban la carnicería humana con que se iluminaba la noche, la misma que se convertiría en la página más recordada en la historia de la polvorienta comuna.

Vida de mañas

Fastidiado por la pobreza que lo atacaba desde su mas tierna infancia, “Chalo” se ganaba la vida arando las parcelas de sus vecinos del rancho San Martín. Sabía que no tenía porvenir, pero aguantaba la miseria porque era lo único que sabía hacer.

Con el paso del tiempo, la desesperación por mantener a los suyos hizo que cambiara de rumbo en sus planes. Las constantes borracheras que tenía con sus “hermanos” de crianza le habían hecho cambiar de opinión.

Y es que resuelto a todo, el frustrado social y los forajidos del pueblo urdieron un plan para espantarse el hambre que sentían, aprovechando las parrandas para embriagarse de una riqueza, que hasta entonces, sólo existía en su mente.

El campesino soñó con el momento de bonanza y pretendió llevarlo a la realidad. Ignoró las consecuencias de sus actos y el fantasma de la tragedia lo rondaba, aunque “Chalo” estaba cegado y nunca advirtió que la muerte lo seguía intangible a todas partes.

El delincuente iniciaba su camino de maldad en pueblos aledaños, siempre soñando con hacerse de dinero fácil para mantener a los suyos.

Asalto en el pueblo

Caminaron sigilosos entre las ásperas calles del rancho. Gonzalo y Gilberto volteaban a todas partes buscando una solución a sus ansias de riqueza lícita, pero de pronto, el ruidoso estruendo de una motocicleta que se acercaba a ellos los sacó de sus andanzas.

Los parranderos actuaron con rapidez y avanzaron hasta el tendajo donde el comerciante con ruedas se detuvo para descargar su mercancía. Fue entonces cuando aprovecharon para despojar con violencia extrema al mercader de la motocicleta.

El comerciante lanzó un grito lastimero, lleno de terror y alertó a los pobladores, que resueltos a todo corrieron en su auxilio, mientras los delincuentes emprendían la huida para evadir la captura y la furia de la comunidad, que amenazaba con mandarlos al infierno.

Gonzalo sacó de sus entrañas la adrenalina al divisar a la muchedumbre que se acercaba peligrosamente. Subió a las azoteas para tratar de perderlos. Sin embargo, los nervios lo traicionaron de repente. Un mal paso le hizo caer y quedó a merced de la turba iracunda.

Mientras Gilberto se alejaba con la motocicleta, “Chalo” sentía que el fin estaba cerca, porque para entonces su destino estaba
escrito.

Doloroso final

Aturdido por la feria de patadas que le prodigaban los justicieros de barrio, el raterillo no se pudo incorporar del suelo. Quedó inconsciente ante la mirada indolente de sus verdugos, que lejos de apiadarse, lo maniataron con una cuerda para propinarle un castigo ejemplar, para que todos los que alguna vez intentaran perturbar la calma lo pensaran dos veces.

Decididos a todo, los pobladores de San Martin formaron una hoguera con leños verdes en la plaza principal del rancho, hasta donde llevaron el cuerpo desfallecido del pobretón que tan sólo luchaba por no morir de hambre.

Indolentes, los captores ataron al sujeto en el palo central de la fogata donde lo vieron arder en vida, mientras este gritaba pidiendo clemencia y vociferando que no volvería a delinquir.

Para entonces, la ira de los ejidatarios ya no tenía límites. Sentados en torno a la lumbre, aguardaron hasta extinguir la vida del infortunado ladronzuelo, que quedó convertido en cenizas.

A lo lejos, Gilberto divisaba la trágica escena. Siguió corriendo, pero dejó la motocicleta robada en las afueras de la cantina donde tantas veces se embriagó con su desaparecido amigo, el mismo que acababa de pagar con su vida el pecado de robar.

Desde entonces, en San Martín la honradez es una obligación. Aquellos que intentan hacerse ricos sin trabajar saben que en el pecado encontrarán la penitencia.