De fondo Yuri maldice la primavera mientras él observa las mesas. Ya todas están ocupadas a las 11 menos 20 de un viernes. Es quincena y esta noche probará el amor entre hombres, sacará el dinero para subsistir 15 días más.

Está ahí, sentado en un banco con las piernas cruzadas, lleva minifalda y tacones que lo hacen ver más alto de lo que ya es. Una blusa que resalta su esbelta figura y sus grandes pechos, no sé si son reales, no me atrevo a tocar para confirmarlo. Lleva el pelo recogido que resalta sus facciones toscas, el maquillaje no oculta del todo su rostro varonil, sólo alcanza a disimularlo.

Es moreno, tiene los ojos grandes y lleva pupilentes azules que contrastan con su piel. Pestañas postizas, ceja bien delineada y labial rojo. Uñas de acrílico rojas adornadas con brillos.

Alrededor, mesas de plástico de cuatro plazas. En la barra hay 20 bancos para aquellos hombres solitarios que quieren ahogar sus penas en el alcohol. En la pared, frente a la barra, una rocola incrustada; son 20 pesos por tres canciones al gusto del cliente.

Caguamas, vasos a medio llenar, ceniceros atiborrados de colillas de tabaco, un servilletero y un vaso desechable con limones son los objetos que hay en cada mesa. Algunos se aventuran a dejar sus celulares sobre la mesa con el cuidado de no derramar la cerveza sobre ellos.

Está comenzando la noche en La Chimenea, una cantina donde amarse entre iguales es la especialidad. En pleno Centro de Saltillo hay un lugar donde nadie juzga, donde el conservadurismo de la población se queda afuera, allá en la calle Victoria, a dos cuadras de la Alameda.

No hay anuncios de neón ni nada que lo resalte del resto de los negocios. Es una puerta blanca por la que hay que subir 30 escalones para llegar al bar. La especialidad además del ambiente de cantina son las caguamas a buen precio.

Para esa hora el bar ya luce lleno, hay algunos lugares en la barra, donde me dijeron si quería observar bien el sitio debía quedarme en ella, pido una caguama de cerveza oscura, la light ya no me gusta.

Alejandra Guzmán me recuerda que hacer el amor con otro no es la misma cosa. Mientras “El Vampiro”, así le llaman a esa chica trans que también está en la barra, a unas tres plazas de mi lugar.

El cantinero me cuenta que ahí se la pasa cada quincena, a eso de las 12 se acercará a una mesa para platicar con algún hombre, es cuestión de suerte si el elegido quiere pasar la noche con él (ella) por unos cuantos pesos.

Si el cliente acepta, saldrán a eso de las 2 de la mañana que cierra el bar y un taxi los estará esperando afuera. “El Vampiro” ya lo tiene contratado, los llevará a algún hotel de la ciudad donde brindará su servicio. Así amanecerá el sábado y de ahí a su casa a esperar la noche para volver a La Chimenea.

No hay noche que no salga de aquí con alguien, siempre hay algún hombre dispuesto a pagar por sexo, aunque no estoy seguro que lo haga por el dinero, creo que le da placer sentirse valorado. La soledad a veces pesa mucho y conozco muchos hombres que están solos, vienen a pasar el rato al bar y olvidarse de sus problemas. Hay algunos que se la pasan en la barra sin decir nada y por las canciones que ponen en la rocola te das cuenta de su ánimo, dice el cantinero.

Casi siempre se escuchan a las divas de los 80: Rocío Dúrcal, Daniela Romo, Yuri, algunas más noventeras como Alejandra Guzmán, Fey o Gloria Trevi. También escogen las canciones de moda, desde bandas sinaloenses hasta el reguetón.

El lugar está iluminado por luces blancas de neón. Por ello resalta todo aquel que use playeras o camisas de ese color. El humo de tabaco impregna el ambiente, la ventilación es poca. A pesar de que hay una pequeña terraza considerada como el área de fumar, nadie te dice nada si prendes un cigarro dentro del bar.

Así son las noches en La Chimenea, un lugar conocido por la comunidad homosexual de Saltillo, donde dicen que “entre más corriente, hay más ambiente”, pero la realidad es que es un sitio donde todo mundo es aceptado, donde nadie juzga al “Vampiro” o al solitario que se toma una caguama en la barra.