Por Néxtor González | Fotografía: Diana Rodríguez y Gerárdo Ávila | Saltillo, Coahuila.- Hombres y mujeres han dedicado su vida a coleccionar algún tipo de objetos por gusto y hasta por necesidad, sin importar los costos que genere su afición.

Episodio I
Fans de otro planeta


Lo conocí cuando teníamos 12 o 13 años. Un compañero de la secundaria me había hablado de él: “Hay un niño en la Oceanía que tiene todos los muñecos de la Guerra de las Galaxias”. Ya entonces Esteban, o Teby, como lo conocen sus amigos, era una leyenda local. A su casa llegaban niños y adolescentes curiosos a ver la colección de decenas de figuras de acción, naves, cómics, libros para colorear y pósters de "Star Wars", aquella saga que marcó a la generación nacida en la primera mitad de la década de los 70.

27 años después, Teby nos abre nuevamente las puertas de su casa. “Adelante, pasen. Los demás están allá arriba”.

Subir al segundo piso de su casa es, literalmente, entrar a otro mundo. Nos recibe un Stormtrooper cargando a un niño. Nos llaman la atención unas enormes letras luminosas sobre el cancel que lleva hacia una terraza. Los escalones son una réplica de los de la mítica Estrella de la Muerte en “El Regreso del Jedi”.

Hay dos nichos, uno alberga una figura de tamaño natural de Yoda. El otro exhibe a un guardia imperial, con su vestimenta roja que contrasta con el color blanco predominante en la casa, y en la entrada a una pequeña estancia está la figura del famoso R2D2.



Pósters, puertas, juguetes, muebles. Se cuidó hasta el último detalle. Es como revivir aquella experiencia de mi preadolescencia, pero multiplicada por 100.

Esteban toma un control remoto, y se abre una delgada cortina metálica que muestra poco a poco su tesoro: más de 3 mil figuras de acción, naves espaciales, vehículos, bustos a escala real y una Estrella de la Muerte de más de un metro de diámetro que mandó construir sobre la estructura de la casa. El techo simula un cielo estrellado.

¿Qué puede llevar a un adulto a mantener esta afición a lo largo de los años?

“Yo empecé con esto desde los 10 años, compadre, desde que un tío me llevó en el 77 a Monterrey a ver la primera película al Río 70, ahí empezó mi afición. Tengo 48 años, aunque no lo creas, entonces tengo casi toda mi vida en esto. Nada más me enfoqué en “Star Wars”, no me interesé en ninguna otra saga o comics de superhéroes”, dice José María, uno de los cinco miembros del club Star Wars Legión Saltillo, fundado por Esteban.

Alex, de 40 años, también es miembro de este club, que se reúne cada mes en la casa de Esteban.

“Es una afición que nos nació después de ver las películas. A mí la película que me marcó fue “El Imperio Contraataca”, que es considerada un clásico de todos los tiempos, y quizás la mejor de la saga”, dice, mientras carga a su hijo Max, que no tiene más de 4 años.

Para ellos esto es una afición, un hobby, aunque haya quienes los critican. “Mi hermano me dice que ya estoy grandecito para estar con estas cosas, pero no me importa. Él tiene sus aficiones, y ésta es la mía”, dice mientras se deshace del disfraz de soldado imperial que se había colocado para las fotos.



Episodio II
Pasatiempo en crecimiento


El coleccionismo es un fenómeno muy antiguo, pero ha crecido exponencialmente de la mano del internet, y Saltillo no es la excepción. En Facebook existe un grupo llamado Coleccionables Saltillo. Es pequeño, apenas poco menos de un centenar de miembros, pero a través de sus publicaciones, uno se da la idea de la relevancia que tiene este fenómeno.

Algunos de sus miembros se reúnen en ciertos negocios del centro de la ciudad. Son negocios pequeños, dedicados a la venta de revistas, cómics y figuras de acción. Pero es el centro del intercambio de experiencias y por supuesto, piezas de colección de todo tipo.

La cultura manga, relacionada con series japonesas, los cómics y los personajes de películas y series de televisión representan el mayor flujo de intercambio y compra venta en este grupo, pero también hay quienes están dedicados a la colección de tarjetas, autos a escala, objetos deportivos, juegos de mesa, monedas y música.



Claro, también hay quienes coleccionan obras de arte, joyas, libros, lentes, ropa, zapatos y cualquier cosa que uno se pueda imaginar. Todo depende de los gustos… y la capacidad económica.

En muchas ocasiones, no se trata de una afición barata, porque además de las piezas que integran la colección, que puede ser muy valiosa en el aspecto económico, muchos propietarios invierten en acondicionar el lugar donde las exhiben.

El coleccionismo también representa una actividad económica importante. El sitio de compra venta en línea eBay en Estados Unidos, oferta un promedio de 3.6 millones de objetos coleccionables diarios, entre joyas, libros, obras de arte, figuras de acción, cómics, etcétera.

En México, Mercado Libre tiene un promedio de 455 mil objetos coleccionables en su página.

Episodio III
Cuando el hobby se vuelve peligroso


La actividad de coleccionar representa para quienes lo practican, una forma de equilibrarse emocionalmente, dice Néstor Emanuel Saavedra Garza, psicólogo del Hospital Universitario. “Cuando alguien se dedica a coleccionar, lo hace para equilibrarse con el medio ambiente, con su pasado o su presente”.

Pero admite que no siempre es así. “Seguramente habrá quienes coleccionen por mero gusto, pero la psicología dice que siempre hay una historia detrás”.

Dice que la sicología define la compulsión como aquella acción derivada de una obsesión, y la compulsión mal tratada es grave, porque puede llevar a un paciente a la incapacidad.

“Cuando el coleccionista cambia su vida real por la fantasía de su colección o vive sólo para seguir coleccionando, es incapacitante y puede convertirse en un problema grave de acumulamiento, es decir, esa gente que ya guarda sin ninguna razón aparente”.

La diferencia entre un coleccionista y un acumulador, dice Saavedra, es el orden en que tiene sus cosas. Los que coleccionan generalmente tienen un orden significativo: cronológico, tamaño, color o formas, mientras que los acumuladores son todo lo contrario. No saben ni qué, ni cuánto tienen. Para ellos es muy valioso, aunque literalmente sea basura, por lo que no se pueden desprender de ellas tan fácilmente.

Hay un sinfín de historias sobre quienes han dedicado su vida a coleccionar algún tipo de objetos, aún a costa del patrimonio familiar y de la propia familia.

“Hay quienes pierden la noción del dinero porque le dan demasiado valor a su colección, para ellos esos objetos valen su estabilidad, su autoestima, su vida misma, no se entienden sin eso.

“Las personas que llevan al extremo esta obsesión, intentan llenar un sentimiento de pérdida o de falta, por ejemplo, personas que no tuvieron una niñez plena o que no tuvieron hijos, o que viven el duelo por la pérdida de algún familiar o persona muy cercana”.

A pesar de ello, admite, la sicología recomienda el coleccionismo también como una terapia. “Hay personas que viven momentos difíciles emocionalmente, y metafóricamente están como si hubieran perdido una pierna, entonces el establecerles una actividad es como si les dieras una muleta, tienen algo en qué distraerse, qué hacer… eso sí, debemos estar vigilándolos, supervisándolos mediante terapia para evitar que lleguen a una enfermedad obsesiva compulsiva”.

El coleccionador, considera Saavedra, vive al filo de una actividad que puede ser útil para salir de una crisis emocional, pero puede convertirse en un problema si se sale de control.

Episodio IV
Infancia extendida a los 60


Tiene más de medio siglo coleccionando juguetes y su tesoro particular consta de más de 30 mil piezas que tiene qué guardar en dos casas, porque una no es suficiente.

Juan Manuel Arzola Carvajal, de 60 años, recuerda cómo empezó con esto.

“Cuando era pequeño, mi familia no tenía recursos para comprarme juguetes y la Navidad era muy dolorosa para mí, porque los otros niños me presumían sus regalos y pues a mí nunca me llegó nada”.

A los 10 años comenzó a trabajar haciendo mandados y boleando zapatos. En la primera oportunidad que tuvo compró su primer juguete, un portaaviones armable, muy grande, costoso. “Yo quería dinero para juguetes, no para comer o para ropa, tenía el ansia de un niño de tener juguetes”.

Una vez que compró el portaaviones, decidió guardarlo y cuidarlo, porque era su único juguete. “No quería ni siquiera terminar de armarlo” dice mientras abraza ese juguete que lo ha acompañado durante 50 años. Y sigue intacto, en excelentes condiciones. “Yo creo que este barco ha de costar como 20 veces más de lo que costaba cuando yo lo compré”. Pero el verdadero valor de este juguete es emocional.

Hace 15 años, Arzola Carvajal convenció a su familia de emprender un ambicioso proyecto: la creación del Museo del Juguete, que se ubicó en lo que hace años fuera un cine en la calle Allende, frente a la Agencia Chevrolet.

El museo alcanzó cierta fama, pero ante la falta de apoyo y lo oneroso que resultaba mantenerlo, debió cerrar sus puertas a cinco años de su creación.

“Llegamos a ser el tercer museo más visitado de la ciudad, alquilamos la sala de un cine y ahí pusimos mis juguetes, eran apenas como 20 mil o menos quizá, y no lográbamos exhibirlos todos”.

El fallido proyecto le acarreó problemas económicos.

“Recogí mis juguetes con un dolor inmenso. Perdí todo lo que habíamos invertido en vitrinas y escenografías, porque para cada grupo de juguetes nosotros habíamos armado sets. Personalmente quedé en la bancarrota”.

A pesar de ello, la colección nunca dejó de crecer. A 10 años de esta amarga experiencia, ahora las piezas han invadido dos casas completas.

Sus adquisiciones del 2005 a la fecha las guarda en dos habitaciones de su casa, una está adaptada como museo, todas las paredes son vitrinas llenas de juguetes y al centro torres de cajas con más juguetes; el otro cuarto es una gran villa navideña.

“¿Te acuerdas que te dije que para mí la Navidad es muy dolorosa porque me recuerda que nunca me regalaron ningún juguete?, pues mira”, dice mientras abre la puerta de una habitación acondicionada con la temática navideña; se ve emocionado, como si fuera la primera vez que ve su obra. Se agacha y enciende una por una cada serie de luces, cada casa y juguete y la música. Afuera la temperatura está arriba de los 30 grados, pero aquí es Navidad.

Arzola Carvajal no deja de emocionarse con su colección, y quiere mostrar hasta el más pequeño de los objetos. “Allá está una parte de mi colección de ‘Star Wars’… esa otra vitrina tiene a todos los superhéroes que ha inventado Marvel. El aparador de arriba son puros dinosaurios y estas cuatro cajas están llenas de piezas de Los Simpson, si quieres las abrimos”.



Episodio V
La suerte estaba echada


Magui se inició como coleccionista de cartas de póquer, pero actualmente le gusta comprar e intercambiar termos, figuras de Los Simpson y juegos de mesa.

Su primera colección de cartas la inició hace 17 años por un motivo trágico. “Mi mejor amigo murió y me dejó dos juegos de cartas de póquer como herencia… se podría decir”. Las cartas eran de Tweety y Dragon Ball.

Aunque admite que en un principio intentó compensar el sentimiento de pérdida de su amigo, Magui comenzó a aficionarse a esta actividad, y ahora cuenta con cerca de 100 juegos de cartas de todo tipo.

“El más caro de mis juegos de cartas es uno que costó 150 pesos, y hubo unas muy baratas de seis pesos, realmente no es mucho lo que gasto, pero hubo un momento en que ya no tuve donde ponerlas”.

Por cuestión de espacio, Magui dejó de comprar cartas desde hace año y medio, pero su pasión por coleccionar cartas le abrió una puerta que ahora difícilmente puede cerrar: comenzó a coleccionar carritos de Hot Wheels, termos, juegos de mesa, soldados de juguete que apenas caben en tres grandes botes de plástico, y recientemente inició una colección de Play Mobil.

“Las cartas de póquer que más quiero son las que me dejó mi amigo, pero además tengo otras muy padres, unas ediciones especiales como las de los terroristas de Medio Oriente, que sólo le dieron un juego a cada soldado norteamericano, pero yo me hice de unas porque tengo un amigo en el ejército”, dice mientras abre el paquete de cartas y comienza a barajarlas.

“El que empieza guardando algo, termina guardando de todo, mírame a mí”, dice Magui mientras camina en un departamento que ha rentado para guardar todas sus colecciones que han sobrevivido a dos robos, “se metieron dos veces a mi casa y robaron muchos carros Hot Wheels, sabían que esa es la colección más valiosa”.

Magui trabaja en la Freaky Plaza, y ahí tiene contacto con muchos coleccionistas, que se han vuelto parte de su círculo social. “Mucha gente colecciona, pero generalmente son chavos o chavas que están con la moda, por ejemplo ahorita con “Star Wars”, que volvió, pero sólo coleccionan por unos meses y después lo dejan; los verdaderos coleccionistas duramos años o toda una vida”.



Episodio VI
La colección didáctica


La profesora Cynthia Fuentes dirige uno de los museos más recientes en Saltillo, y que también nació de una colección personal: el Museo de la Muñeca.

Esta colección de 700 muñecas se inició hace 20 años, siempre con el objetivo de ser exhibidas como material didáctico, para mostrar fragmentos de la historia tanto de México como del mundo.

“Cien de las muñecas que tengo me las ha donado la gente”, dice Cynthia, mientras camina por uno de los pasillos de su museo, ubicado sobre la calle Ignacio Allende, en el Centro Histórico de Saltillo.

Durante su infancia, se dedicó por un tiempo a hacer ropa para sus primeras muñecas, pues su mamá se dedicaba a la costura.

Con el tiempo, aprendió no sólo a hacer ropa sino también sus propias muñecas, todas de trapo y así nació esta parte de la colección que hoy se exhibe en un área de su museo.

“Lo que quiero es que la gente que venga pueda aprender de las muñecas la historia, las modas, los momentos que vivía el país”.

Un grupo de figuras de barro reposan sobre un aparador. Son como las que usaban las niñas durante la época de la Revolución. Algunas piezas también se exhibían al interior de las casas de citas de aquel entonces. “Estas muñecas tenían nombres, y cuando una estaba colgada, significaba que esa chica estaba disponible”.

La muñeca más valiosa de su colección es una de origen alemán que le costó 20 mil pesos, pero tiene otras que tienen un valor desde los 5 mil hasta los 10 mil pesos, entre ellas se encuentran algunas que datan del año 1830.

La colección está a punto de crecer. Está por adquirir un nuevo grupo de muñecos de ventrílocuo, de los que ya hay algunas piezas al final del museo, que se adereza con cuadros réplica de la popular artista mexicana Frida Kahlo y las internacionales muñecas mazahuas que representan a México en todo el mundo.


Episodio VII
En pos de la trascendencia


Uno de los argumentos que esgrimen los coleccionistas es el de la trascendencia a través de los objetos de valor, que buscan sean transmitidos de generación en generación.

Juan Manuel Arzola, fundador del desaparecido Museo del Juguete, sólo tuvo un hijo, a quien nunca dejó tocar su colección. “Mis juguetes son mis juguetes, los de mi hijo eran los de él. Eso sí, cuando él creció yo me quedé con sus juguetes, los que estaban maltratados los curé para dejarlos como nuevos”.

Argumenta que su colección no pertenece a su familia, sino a la gente. Su deseo es que esta colección, que actualmente suma 30 mil juguetes, sea exhibida por su hijo y por sus nietos.

“Mis juguetes no fueron para mi hijo, ni serán para mis nietos, son para toda la gente, para que los vean, los disfruten, quiero que mi colección sea mi legado”.

Actualmente está trabajando junto a un exdirector de uno de los museos más grandes de Saltillo y otras personas dedicadas a la cultura, para crear una fundación que se llamará El Universo del Juguete, y que fondeará su museo, porque tiene toda la intensión de retomar su proyecto.

“Te regalaría un juguete de recuerdo, pero la verdad no soy capaz de regalar nada de mi colección”, dice mientras ríe. “Puedo exhibir mis juguetes, pero no regalarlos”.

Los miembros del club Star Wars Legión Saltillo no tienen idea de qué pasará con sus colecciones cuando ellos ya no estén. “La idea es que pasen a nuestros hijos, que valoren lo que representó para nosotros y le den ese valor”, dice José María. Pero saben que serán sus hijos quienes decidan en un futuro qué hacer con estos tesoros personales.

Epílogo

A su corta edad, Max no entiende por qué no puede tocar ese jugoso botín de juguetes acomodados cuidadosamente en la sala de exhibición Esteban, el amigo de su papá. Mucho menos por qué la mayoría de ellos están todavía dentro de sus cajas y empaques.

Pero Max sabe que alguna explicación lógica debe haber. Si no, ¿por qué rayos su papá se pasearía ante unos extraños por la sala de la casa disfrazado de Stormtrooper?