Saltillo, Coah.- La batalla entre Lucifer y el Arcángel Miguel tuvo dimensiones colosales. Las galaxias se reventaron, llovió fuego durante varios días con sus noches, la tierra se partió para recibir a quien, tras la batalla y ya expulsado del cielo, se convertiría en el príncipe de las tinieblas.

Así narra Lucifer este combate al inicio de la puesta “El Chamuco Nunca Duerme”. Pero minutos más tarde asistimos a la verdadera batalla, donde las armas no fueron la espada flamígera del arcángel ni los artilugios arcanos del diablo: fue el baile y la candela.

Esa batalla abarca casi toda la puesta, una variante muy divertida de la tradicional pastorela, presentada por el grupo de teatro Imaginare en el Teatro de Cámara del Teatro de la Ciudad Fernando Soler.

Pasos divinos

La obra inicia con un breve monólogo de Lucifer (interpretado por Francisco Ramírez, autor y director de la obra) respecto a su arribo al infierno y sobre sus planes para estorbar a quien se aproxime a Belén.

Hacia allá se dirigen dos pastorcitos, a quienes Lucifer tienta con los siete pecados capitales. Aunque el diablo (vestido con una capa atigrada y botas altas) induce en los pastores algunos pecados, los otros son cometidos sin provocación por los propios pastores.

El diablo toma presos a los pastores, pero aparece el Arcángel Miguel (interpretado por Federico Vargas), archienemigo de Lucifer, para rescatarlos, con lo que se perfila una nueva batalla de proporciones terribles.

Gran batalla

La primera estocada la da Lucifer, quien tras inmovilizar al arcángel lo viste con una gorra y unos lentes de factura corriente, y por medio de un conjuro lo obliga a bailar reggaeton. Aunque Miguel se resiste, nada puede hacer frente a dicho castigo. Pero apenas logra zafarse, ataca al diablo con una maniobra similar: le pone un tutú y le obliga a bailar ballet.

A partir de allí continúa una tremenda y peligrosa batalla en la que aparece el mortal braceo del chachachá; los terribles contoneos de la danza africana; los peligrosos calambres del baile duranguense.

Cada estocada la atestiguan los pastores, escondidos tras un arbusto, quienes entienden luego de la terrible batalla que es mejor no pecar y continuar el camino hacia Belén.

Tras el triunfo del Arcángel Miguel, los pastores llegan hasta el pesebre donde ya ha nacido Cristo. Aunque todo parece tranquilo, en una esquina del escenario aparece el rostro vencido del Chamuco, advirtiendo que, a pesar de su derrota, continuará haciendo sus diabluras.