Públicamente, el futuro Mandatario debería ser intachable
Las últimas semanas han sido literalmente de perros para Enrique Peña Nieto: colonias se le inundan por obras pospuestas al infinito y prefiere ocultarse para evitar que los medios consignen reclamos iracundos de familias a las que poco interesa si es una estrella más del canal de las estrellas; los pactos secretos de Bucareli, que a Beatriz Paredes le provocan taquicardia, le estallan en plena cara; y para colmo, la diputada panista María Elena Pérez de Tejeda le recuerda lo que en el Estado de México es una “percepción” general sobre la muerte de su primera esposa, Mónica Pretelini.
El problema de Peña es que la diatriba de su paisana Pérez de Tejeda, sobre el presunto uxoricidio, la transmitieron las televisoras nacionales y los medios escritos. Es decir, penetró en la mente, los oídos y la vista de millones de mujeres y jóvenes que ignoraban una de las versiones sobre el “intempestivo” fallecimiento de la señora Pretelini, el 11 de enero de 2007, a los 36 años. El discurso de la diputada y otros temas cuyo personaje es Peña Nieto recorren el ciberespacio.
El atribulado gobernador mexiquense no es el primero que enviuda en circunstancias extrañas. El 28 de julio de 2003, la señora María Elena Sañudo, esposa del gobernador de Hidalgo, Manuel Ángel Núñez Soto —también priísta—, tomó la decisión de suicidarse. Igual que la señora Pretelini, estaba enferma. La muerte de ambas, como era de esperarse, generó suspicacias y mil elucubraciones. Como Peña, Núñez también quería ser presidente. Como Núñez, Peña tampoco podría ver coronado sus sueños imperiales.
Participar en una sucesión debe ser tan excitante como deslizarse por la montaña rusa. Por lo tanto, el juego no es apto para cardíacos. Cuando el presidente era jefe del PRI y del Gobierno al mismo tiempo —cosa que Felipe Calderón intenta, pero no ha podido conseguir—, el desgaste era menor, pues “el fiel de la balanza” controlaba todas las variables. Antes de cruzarse la banda del águila sobre de pecho, el sucesor era investido de virtudes, honores y cualidades; los poseyera o no. Si, como en todo matrimonio, tenía problemas conyugales, se disimulaban. Públicamente, el futuro Mandatario debería ser intachable. “Ser y parecer”, como se exigía a la mujer del César.
Con el tiempo, sus debilidades y aficiones saldrían a la luz, serían motivo de escarnio. Pero eso, para efectos electorales, de imagen, ya no importaba. López Portillo, por ejemplo, en plena Presidencia, se vistió de donjuán y usó los dormitorios de Los Pinos para retozar con mexicanísima alegría. Irma Serrano alborotaba las hormonas del adusto don Gustavo y a López Mateos era habitual preguntarle “¿Viaje o vieja, señor Presidente?”.
Pero eso nunca, jamás —ni de precandidatos—, se les recriminó en la tribuna de la Cámara de Diputados, como le acaba de suceder a Peña Nieto. La diputada Pérez de Tejeda, cuya acusación mañosamente atribuyó a los medios de comunicación del Estado de México, recurrió a la calumnia. Sabe que recoger todas las plumas de una almohada lanzadas al aire es imposible. El daño a las aspiraciones presidenciales de Peña ya está hecho. Sólo el tiempo dirá si se repone.
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