La actual concepción del trabajo no es naturalmente, totalmente nueva. El modo de entenderla en los comienzos de la “era industrial”, cambiaba siempre cada vez más, sin embargo, actualmente, tiene algo de nuevo.

Al comienzo de la industrialización, el trabajo llevaba la marca de la “explotación descarada” de parte de los que fungían como patrones: la jornada de trabajo era entre 16 y 17 horas diarias, el salario era injusto y absolutamente insuficiente, no había ninguna medida de seguridad y de higiene para los trabajadores, no existía el marco de fondo “del tiempo libre”, en el cual el trabajador hubiera podido oponerse a la fuerza despersonalizante del trabajo inhumano. Al comienzo de la era industrial se describió brevemente la situación de los trabajadores y fue denunciada especialmente por F. Engels y K. Marx.

La crítica de tal organización del trabajo, se encuentra cada vez más frecuentemente en los documentos sociales de la Iglesia, particularmente en la Encíclica “Rerum novarum”, de León XIII y en la “Quadragésimo anno” de Pío XI. Las dos ponían de relieve, que en la producción económica siempre aparecen juntos el capital y el trabajo. Dice León XIII: “el capital no puede existir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital”. Igualmente Pío XI dice: “el trabajo y el capital deben asociarse. El uno y el otro no pueden existir solos”.

Es verdad que estos dos enunciados no expresan, del todo, el valor intrínseco de cada uno de los dos factores, sino que más bien dan la impresión como de que se quisiera poner a los dos en el mismo plano.

Actualmente, en el modo de concebir este binomio, el acento se desplaza claramente hacia el trabajo.

El trabajo humano tiene un valor superior a los otros elementos de la vida económica. El trabajo tiene algo de “mejor” y de “superior” a los otros elementos en juego. Los otros elementos de la vida económica son en general de naturaleza terrena, en la cual hay que descubrir sus valores y transformarlos por medio del trabajo y del capital.

El trabajo es, por lo tanto, de valor superior a la mera naturaleza terrena y aun al capital. La razón de esta superioridad está en el hecho de que el trabajo “procede inmediatamente de la persona”, la cual le imprime a la naturaleza su propia marca y la somete a su voluntad.

En cierto modo, la persona hace lo mismo sobre el capital, ya que debido al fin por el cual trabaja, de alguna manera marca precisamente con “su sello” al capital, y esto sucede también según su propia voluntad.

El trabajo es, por lo tanto, “el hombre que trabaja”. De esta manera el hombre cumple el mandato de Dios de “trabajar la tierra”. Podríamos decir, inclusive, que no solamente el trabajo es esto, sino que también el trabajo tiene algo de “impregnación de Dios, está compenetrado con la vida divina.

Completamente contrario a este modo de concebir al trabajo y al hombre (que es libre en el trabajo por ser persona), el hombre quedaría “absorbido” por su propia actividad, lo cual sucede demasiado frecuentemente. Para la defensa de la persona contra todo elemento inhumano en el trabajo, contra todo aquello que despersonaliza, contra todo aquello que disminuye la vida familiar, cultural, social y religiosa, es necesario “adaptar todo el proceso productivo” a las exigencias de la persona y a sus formas de vida, ante todo a su vida doméstica, particularmente en relación a las madres de familia, teniendo además siempre en cuenta el sexo y la edad de cada uno.

A los trabajadores debe asegurárseles la posibilidad de desarrollar sus cualidades y de expresar su personalidad en el mismo ejercicio del trabajo. Aun aplicado a su actividad de trabajo (hecho con generosidad y responsabilidad), debe encontrar tiempo para disfrutar del necesario descanso y tiempo libre que le permitan también cuidar a la familia y atender a las demás ocupaciones culturales, sociales y religiosas.