El revoltijo es impresionante. Los antiguos priístas se cubren con las coaliciones y desde éstas pretenden ejercer venganza guiados por el rencor. Los antiguos opositores renuncian a sus militancias, asfixiados por la impudicia evidente. Uno que otro gobernador, bajo el agua, apoya al adversario para amarrar con ello el sustento de la impunidad. Y el “primer mandatario”, sacudido por sus propios temores, fragua la segunda alternancia siguiendo el instructivo que le legó Ernesto Zedillo, esto es mientras resuelve quién será el candidato de su partido destinado a morder el polvo.
Queda claro, además, que a panistas y perredistas no les alcanza, ni siquiera uniéndose, para remontar por sí solos las cuestas electorales. La prueba de ello estriba en la mayor parte de las coaliciones suscritas en las que, lastimosamente, se optó por apoyar a conocidos ex priístas afrentados por los cacicazgos estatales prohijados por un priísmo ramplón; en otros casos, como en Hidalgo, los postulantes sin cohesión ideológica provienen de las heredades de algunos ex presidentes, como los Fox, empeñados en mantener férula, influencia y perspectiva a costa de erosionar lealtades elementales. Por algo, claro, Manuel Espino demanda “volver a empezar” como si fuera moral para el PAN tirar a la basura dos sexenios completos, doce años, y pretender con ello seguir manipulando al colectivo.
La única fidelidad de la moderna clase política es la de cada quien hacia sí mismo. Sin partidismos ni conciencias, mucho menos autocríticas, con la pretensión de publicitarse como poco menos que redentores y salvaguardas de una patria atenaceada por la corrupción, la ineficacia y la violencia sorda. ¿Cómo no los habíamos descubierto antes? De haberlo hecho quizá no estaríamos anclados por la demagogia infecunda y la manipulación en ascenso. ¿Por qué esperaron hasta ahora para ser todo virtudes cuando formaron parte de los gobiernos rebosantes de defectos, fallas y engaños? Esta, me dicen, es una interrogante perniciosa y hasta perversa. Lo que sea pero no se atreven a responderla los destinatarios siempre insolentes y prejuiciosos en ausencia de argumentos.
Es probable que el indecoro de las coaliciones amorfas eleve la competitividad del PAN y el PRD en regiones dominados por el PRI y en donde, curiosamente, también fue derrotada esta causa en los comicios federales de 2000 y 2006. ¿Cómo es que los cacicazgos sólo funcionan cuando se trata de asegurar los propios feudos y no frente a la perspectiva nacional? Tal exhibe la concatenación de egoísmos como fundamento de la nueva plataforma política sectaria. Por ello, naturalmente, son posibles las fusiones del agua y el aceite contra las reglas químicas.
Y es evidente que el PRI no percibió cuanto daño podría causarle la soberbia de los gobernadores-caciques, por ejemplo los de Oaxaca y Sinaloa entre otros, a quienes la dirigencia partidista encomendó el curso de las elecciones a cambio de permitirles señalar al candidato más afín a ellos sin que siquiera se diera el menor consenso entre la militancia. Esto es, al beneficiarse a los mandatarios se condenó a las bases y a cuantos comenzaban a consolidar liderazgos naturales sin más padrinos que sus buenas actuaciones... aunque luego, por supuesto, buscaran cobijos.
En Oaxaca, el diputado Eviel Pérez Magaña parece y es un clon de Ulises Ruiz hasta por su modo de andar, hablar y hacer. Crecido a imagen y semejanza de su progenitor político, el aspirante aspira, y esto lo saben hasta las piedras, a extender las líneas caciquiles engendradas en el ex gobernador José Murat, a quien jamás se indagó por sospechosa intervención en el entramado de Lomas Taurinas en 1994. Atenidos a los trabajos sucios del sistema –lo mismo en cuanto al crimen contra Colosio que respecto a la torpe represión contra maestros y miembros de la APPO a quienes no se ofreció salida alguna-, los mandamases oaxaqueños se cubren unos a otros las espaldas escondiendo las manos sucias en los bolsillos de sus sucesores.
Y en Sinaloa, el actual gobernador, Jesús Aguilar Padilla, hasta festina la posible renuncia del senador Mario López Valdés (MALOVA) al PRI, por efecto de la imposición del ex alcalde de Culiacán, Jesús Vizcarra Calderón, como candidato priísta a la gubernatura y confirmación evidente del éxito de la narcopolítica anclada a los movimientos y operaciones de los “capos” que marchan desde aquí a la conquista de territorios y rutas a lo largo del país. Por cierto, si de complicidades hablamos, ninguna indagatoria se ha realizado para establecer las infiltraciones, por parte de las mafias, de los ex gobernadores Leopoldo Sánchez Celis, Antonio Toledo Corro y Juan S. Millán y del testaferro Aguilar Padilla. Bastaría dirimir las historias de los mencionados para encontrarle la cuadratura al círculo.