¿Éste será nuestro futuro próximo? ¿Veremos a nuestros jóvenes consumir sin problemas, en cualquier lugar, las drogas de su preferencia? En el marco de la lucha contra el crimen organizado, el Gobierno de la República en voz de su vocero más autorizado, el presidente Calderón, tuvo que abrir la puerta a un debate sobre la despenalización del uso de las drogas, pero diciendo que lo hace sin expresar una opinión a favor o en contra, aunque, prudente por el tema, puso énfasis en los inconvenientes de esta alternativa, y remarcando que él no está de acuerdo, lo que sin duda es una cuidadosa actitud, provisional como todo lo que ha hecho hasta este día.

Dijo el Presidente: “Es un debate medular que pienso que, en primer lugar, debe darse habiendo una pluralidad democrática, y qué bueno que la tengamos. Deben analizarse siempre los convenientes y los inconvenientes a profundidad”. Es que Héctor Aguilar Camín propuso debatir sobre el tema de manera seria y luego los dirigentes de “México Unido contra la Delincuencia” y de “Causa en Común” le pidieron al Presidente analizar la legalización de algunas drogas, como la mariguana. Ya en California se votará una iniciativa en ese sentido en noviembre próximo. Y seguramente en muchos otros lugares del mundo se verá cómo una bola de nieve se desprenderá de tal iniciativa.

No podremos evitar que la discusión sobre las ventajas de la legalización de las drogas llegue con fuerza no solamente a nuestro siglo 21, sino a este país en donde las ideas están cada vez más dominadas por su utilidad política. La legalización de la producción, la distribución y el consumo de drogas serán armas de choque y consignas para la atracción o rechazo del voto de masas. Sin duda, todos tendremos que tomar postura en este espinoso tema.

Pero no será solamente la consigna política o su estatus jurídico lo que nos debe poner a valorar una idea tan radical: sin negarla a priori deberemos pensarla desde diferentes perspectivas, entre otras, la de salud pública, con sus costos y consecuencias; la de la transformación cultural de la sociedad; la de un diferente tipo de formación de la personalidad dominado por una nueva perspectiva del placer auxiliado por el uso de drogas recreativas y la del papel que la ética debe desempeñar para explicarnos si es una actitud responsable o no apoyar o combatir estos nuevos conceptos, que por otra parte, más temprano que tarde deberemos debatir socialmente.

¿Hasta dónde es lícito llegar demasiado lejos? Para tomar elementos congruentes respecto de la toma de postura bioética sobre este problema, recordé un libro de Fernando Savater, titulado “El contenido de la felicidad”. En uno de los ensayos que contiene, llamado “Paradojas éticas de la salud”, Savater nos dice: “Desde el ángulo meramente penal, la prohibición del uso de determinadas sustancias químicas que numerosas personas desean tomar es tan incompatible con una sociedad libre y plural como la prohibición de determinadas películas o determinados libros… la función de una sanidad realmente liberal sería velar por la calidad y precio de los productos puestos a la venta, así como informar lealmente sobre los posibles daños derivados de su abuso. Estos (daños), asumidos libremente por quienes los conocieran, nunca serían mayores que los estragos producidos hoy por la adulteración de los fármacos prohibidos, la delincuencia generada por su tráfico y (su) altísimo coste… por lo demás… no es cuestión gubernamental inmiscuirse en lo que las personas llevan en su estómago o su sangre, lo mismo que no le corresponde intervenir contra las ideas que llevan en sus cabezas”. Y es que si el Estado no tiene confianza en que sus ciudadanos puedan saber lo que les conviene, no va a renunciar a la coacción punitiva porque, dice Savater, “la apetencia del placer privado se opone a la exigencia de salud, en sí misma general o pública”.

Pero hoy mismo, ni usted ni yo tenemos elementos suficientes para dictaminar con seguridad una toma de postura exacta sobre este espinoso tema, y mejor tomaremos, sólo por hoy, una postura que sabiamente recomienda Voltaire: “Debemos desconfiar hasta de la experiencia y recordar siempre la máxima española que dice: De las cosas más seguras, la más segura es dudar”. No niegue ni afirme nada. Mejor reflexione, infórmese y espere.