Si no se realiza un análisis adecuado de las causas del crimen, difícilmente se encontrará el esquema de incentivos adecuado para su combate a fondo.

El secuestro y cobarde asesinato de un niño de 14 años, Fernando Martí, ha provocado la obvia ola de reacciones de condena y frustración de toda la sociedad. No existen palabras para calificar este acto a todas luces repugnante. Por desgracia, este es un fenómeno con el que hemos tenido que aprender a convivir, que no a acostumbrarnos.

En esta ocasión, por tratarse de una familia de amplias redes sociales, el hecho ha sido difundido de manera extensa y las reacciones han sido múltiples, pero ¿cuántos niños, adolescentes, jóvenes y adultos han tenido que pasar por circunstancias similares, y de las cuales poco o nada nos hemos enterado? Sabemos que el secuestro se ha extendido ampliamente en nuestro país y que su combate ha arrojado magros resultados. En estos mismos días se difundía una nota señalando el aumento reciente en su incidencia, y esto basado en las denuncias, que sabemos no reflejan el espectro completo de este delito. Dramática realidad a pesar de las declaraciones, a veces patéticas, de las autoridades sobre supuestos, o en el mejor de los casos, limitados avances en su combate.

Pueden escribirse múltiples reflexiones sobre este fenómeno que tiene muchas aristas, y seguramente ningún análisis será completo. Pero es importante realizarlo pues ninguna acción tendrá resultados deseados si no logramos entender a cabalidad sus diversas causas. Es claro que el secuestro tiene enormes costos en los individuos y familias que lo sufren, no sólo económicos, sino por las muchas veces irreparable pérdida o destrucción de vidas. Pero para la sociedad también significa enormes costos sociales y económicos. Una vertiente fundamental en este análisis es ampliamente conocida y se refiere a la Teoría de Incentivos, por cierto piedra central en el análisis económico, aunque no exclusivamente. Esto es, se trata de reconocer que todos los individuos actuamos y respondemos desde que nacemos a los incentivos que enfrentamos día a día, y que son los que nos empujan a realizar ciertas acciones respecto a otras. Estos incentivos, que pueden ser económicos, morales o sociales, y en muchas ocasiones están entremezclados, son los que van moldeando a las instituciones y normas de conducta (formales e informales) que rigen nuestro actuar cotidiano. Todos los conocemos y los utilizamos buscando obtener ciertos patrones de comportamiento de un individuo, aunque esto no quiere decir que lo hagamos de la manera correcta, lo cual ocurre cuando nuestro análisis de las causas del fenómeno que queremos modificar no es adecuado. Es más, el uso inadecuado de incentivos suele conllevar a resultados opuestos a los deseados.

Cuando enfrentamos un aumento en el crimen en general, nuestra reacción inmediata es buscar aumentar el castigo asociado. Sin embargo, la experiencia podría mostrar que los resultados no han sido necesariamente los esperados, seguramente porque este incentivo por sí solo es insuficiente. Después de todo, el costo de oportunidad asociado a una acción empujada por un esquema de incentivos existente puede variar entre individuos. Probablemente para una persona con expectativas favorables profesionales y familiares, 30 años de cárcel implican un enorme costo de oportunidad, no así para otra en condiciones diametralmente opuestas. ¿Cómo explicaría que un individuo estaría dispuesto a detonarse explosivos amarrados a su cuerpo y usted no?

Mucho de este comportamiento está moldeado por una serie de incentivos que enfrenta una persona desde que es pequeña. Esto me lleva a enfatizar que muchas de las causas que explican un fenómeno se remontan mucho tiempo atrás. Suele decirse que el crimen es resultado de la falta de empleo y oportunidades actuales, lo cual es parcialmente cierto, pero es importante considerar el desfase temporal o efecto de largo plazo. Esto es, seguramente muchos de los criminales actuales mantendrían su actividad criminal a pesar de ofrecerles estas oportunidades y empleos. En consecuencia, habría que considerar adicionalmente que muchos de ellos crecieron durante la década perdida de los ochentas, en un entorno de pocas oportunidades y enorme pérdida de bienestar observándose un aumento en los índices de pobreza en nuestro país. Este es un factor que podría explicar parte del aumento progresivo de esta criminalidad en las últimas dos décadas. Dicho sea de paso, valdría la pena pensar que nuestro pobre comportamiento económico en los últimos años podría significar, entre otras cosas, un caldo de cultivo para criminales en las próximas décadas. El tema es muy amplio y complejo y mi espacio limitado. Estas son sólo algunas reflexiones que pueden servir para mayores discusiones.