No fue nuestra crisis, ni la de los mercados emergentes, pero el tsunami financiero fue brutal y la compleja interconexión económica mundial irremediablemente nos arrastró.
La epidemia pudo haber surgido en casi cualquier otra parte del mundo, pero nos tocó. El caso es que las condiciones económicas desde hace algunos meses se van deteriorando de manera acelerada a niveles no previstos. Por eso todos los analistas, oficiales y privados, hemos entrado al juego de las cifras, en las que el comportamiento suele ser asimétrico, ya que probablemente el costo de quedarse corto en su previsión sea mayor que el de sobrepasarla. Los rangos de contracción prevista para este año oscilan ahora entre 4% y 6%, en donde desde luego la cuota baja es la oficial. En estas circunstancias, y en lo personal, no me parece relevante el dato puntual, sino el rango. Lo que sí queda claro es que este año tendremos una seria contracción en nuestra actividad económica, no vista desde la crisis de 1995. Sólo que a diferencia de aquella ocasión, cuando al año siguiente se pudo revertir la caída de manera importante, en gran parte gracias a nuestra vinculación con el mercado norteamericano y a nuestro comercio exterior, en esta ocasión, éstos son factores determinantes para que ocurra lo contrario. Aunque concluyera la recesión norteamericana a finales de este año, existe un consenso de que su recuperación será muy lenta a pesar de su política fiscal contracíclica. En Europa el panorama es aún más desalentador. Sabemos que el comercio mundial ha registrado una de las peores contracciones en su historia. En consecuencia, éstos no serán expedientes para una mayor recuperación en nuestra economía.
Pero de manera dramática, lo que esta crisis nos está mostrando (o recordando) adicionalmente son nuestras propias debilidades y problemas estructurales. La lista podría ser amplia, pero mencionaré sólo algunos en este espacio. El primero se refiere a las finanzas públicas. Que quede claro. El manejo de política fiscal en los últimos años fue adecuado en términos de buscar equilibrar nuestras finanzas y mejorar el perfil de la deuda. Esto se logró y constituyó un elemento de la tan mencionada estabilidad macroeconómica en los últimos años. Pero claramente no se han resuelto los problemas de fondo: nuestra dependencia fiscal en los ingresos petroleros y la baja tasa de recaudación. Esto obviamente restringe de manera importante nuestros márgenes de acción en circunstancias como la actual. Esto es precisamente lo que nos recordó ayer S&P en su comunicado que coloca al riesgo crediticio del país en posición negativa. Y también nos recordó que éste es un asunto en el que el Legislativo tiene una responsabilidad fundamental. O se plantea ahora sí una verdadera reforma fiscal, o seguimos en esta patética senda de la mediocridad.
Otro punto relevante se refiere a nuestro mercado interno. Simplemente es imposible pensar que en condiciones como la actual este mercado pueda compensar caídas sustancias en el exterior. Aquí también existen muchas historias tenebrosas que explican el porqué de esta situación, aunque ninguna es nueva. Tenemos una población superior a los 100 millones que podrían conformar un poderoso motor para impulsar nuestra actividad, pero el poder adquisitivo de la mayoría está enormemente limitado. Por ejemplo, en otras circunstancias el turismo nacional podría sustituir en buena parte y temporalmente al turismo extranjero. Pero seguimos teniendo una de las peores distribuciones del ingreso en el mundo, y si bien los programas de combate a la pobreza han sido útiles, vemos su fragilidad en situaciones como la actual. Ya nos contabilizarán a cuánto aumenta la pobreza en los próximos meses. Y es que el problema no es la falta de este tipo de programas, sino es más profundo y estructural. Nuestra economía esta plagada de grupos monopólicos rentistas que usufructúan de sus cotos de poder. Otra vez, nada nuevo, pero ahí están, cuidando sus espacios y obstaculizando cualquier acción que constituya el mínimo peligro para sus posiciones. Durante la reciente Cumbre de las Américas, Óscar Arias decía en su discurso: “Hace 50 años, México era más rico que Portugal. En 1950, un país como Brasil tenía un ingreso per cápita más elevado que el de Corea del Sur. Hace 60 años, Honduras tenía más riqueza per cápita que Singapur…. Bueno, algo hicimos mal los latinoamericanos. ¿Qué hicimos mal?” Nos toca preguntarnos ¿qué hemos hecho mal los mexicanos? Seguro que su lista, estimado lector, es muy amplia, y también seguro que no coincide completamente con la de su vecino. Pero yo soy de los convencidos de que el mayor problema y tragedia de este país son sus grupos rentistas de poder monopólico, tanto públicos, como privados y sociales. Y no queda claro si alguien realmente quiere resolver esta situación.
Investigador del CIDE y de la EGAP-ITESM-CCM