Los mexicanos, a través de la vida independiente de la nación -vale recordarlo mientras nos acercamos a los fastos del bicentenario-, hemos padecido toda suerte -o mala suerte diríamos mejor- de autoritarismos. Es necesario registrarlo para evitar que, como pretenden algunos, las diferencias entre algunas maneras de ejercer el gobierno de manera autocrática se confundan con parabienes de una democracia incipiente basada, sobre todo, en la manipulación de un colectivo perezoso y, por ende, desinformado. Dicho lo anterior porque la objetividad obliga a observar la perspectiva general liberada de prejuicios o justificaciones demagógicas.
Es evidente que el modo de actuar de Felipe Calderón, quien llega a Ciudad Juárez parapetado y se aísla de las organizaciones civiles que le incordian por la exasperante tardanza de su reacción ante la oleada de crímenes –ya no sólo de género- en la urbe fronteriza, no parece paralelo al ejercicio de Gustavo Díaz Ordaz, cuya soberbia lo aisló mientras avanzaba sin remedio el cauce del genocidio, aun cuando, como es obvio, hay puntos coincidentes: El primero de ellos, claro, el recogimiento voluntario del titular del Ejecutivo en la heredad presidencial poniendo distancia de por medio respecto a cuanto se le oponga. Soledad, le llaman unos; temor, otros; prepotencia, algunos más.
Tampoco pueden considerarse paralelas las dictaduras de Antonio López de Santa Anna, quien iba y venía del Palacio Nacional con ligereza patológica con el conformismo o adormecimiento de sus gobernados, y Porfirio Díaz Mori, quien entendía a la “democracia” como una enorme pirámide en la que él era insustituible. Enajenado, el primero, y paternalista, el segundo, ambos, sin embargo, mantuvieron los controles a lo largo de varias décadas y aniquilaron, uno a uno, a sus opositores. Se hicieron “indispensables” porque no hubo fuerza capaz de disputarles el poder sin desventajas extremas. Además, claro, del reparto de canonjías entre la apretada casta militar y los financieros aristócratas de cada época.
Tampoco parece igual el paternalismo ya mencionada de Díaz con el del célebre Tata Lázaro, reverenciado por el éxito de sus banderas sociales que ampararon a cuantos buscaron la igualdad de clases en una nación arraigada al viejo esquema de la conquista, con explotadores y explotados. El primero, fue generoso sólo cuando los beneficiarios no intervinieran en política; y el segundo, lo fue, precisamente al contrario, a partir de que los núcleos por él redimidos comenzaron a politizarse.
Esta lección abre la perspectiva de nuestra historia como un abanico en el que ninguna autocracia es igual. Esto es como si hubiera sido México un gran conejillo de Indias para explorar todas las formas de la imposición y la dictadura a través de dos centurias. Y nuestros ancestros y nosotros las hemos soportado todas aun cuando prevalezca la sana rebeldía interior que nos mueve a rechazar, así sea moralmente, la empeñosa impudicia de los predadores políticos de cada época.
México se cuenta por etapas dictatoriales incluso al calor de sus mayores epopeyas. Juárez, el Benemérito que dio solidez y vigencia a la República, venció a los invasores con su resistencia inmensa aun cuando para ello extendiera su permanencia en el Palacio Nacional hasta su muerte. ¿Cuál habría sido su destino si la angina de pecho no hubiera minado, por dentro, al imperturbable zapoteca? No son pocos quienes proponen que, dada la fruición por el poder, Don Benito habría recorrido una ruta semejante por la que, décadas después, debió transitar Don Porfirio, convertidas las vanguardistas Leyes de Reforma en una pesada cruz por la satanización de los conservadores y las jerarquías eclesiásticas que jamás lo perdonaron.
¿Y cómo explicar la prolongada hegemonía del priísmo presidencialista, durante siete décadas nada menos, una dictadura considerada “casi perfecta” por los intelectuales estudiosos, cuando históricamente la posrevolución buscaba construir escenarios en donde no se reconstruyeran los autoritarismos? Pero cayó, sin remedio, en el caudillaje y el caciquismo, puntales de una interrelación entre el poder político y el económico, reconstruido, en esencia, el tejido del antiguo porfiriato. Volvimos al punto de partida con una sola salvedad: Los episodios históricos comenzaron a escribirse por sexenios desde la llegada del general Cárdenas al Palacio Nacional. Tras cada período, sí, una nueva fórmula para asegurar el mando político, y la continuidad, con el sello peculiar de cada mandatario pero sin alterar las piedras angulares del sistema. Así, hasta la actualidad.