La multitud doliente y agonizante de envidia porque en este micropuente no pudieron salir ni a Topilejo, se distribuyó desde temprana hora (me reportan, ya saben que las tempranas horas no son mi territorio) por los espacios públicos de la ciudad y se dispuso a la civil y encomiable tarea de disfrutarlos. No fue éste mi caso, por lo menos no a esas horas, porque yo vine a despertar cerca de las 11 de la mañana, hora en la que le solicité a la gran Fita que tuviera a bien traerme los periódicos y mi frugal desayuno. En su primera plana, todos los periódicos coinciden en señalar la gravedad que para México reviste la muerte de los norteamericanos en Juárez. No es ninguna novedad decir que la relación entre México-Estados Unidos se basa en equilibrios muy precarios que, con un acontecimiento así, pueden romperse.
Por sí o por no, yo decidí bañarme. Si nos caen los gringos, no podrán decir que éramos unos guarrines. Cuando salí de la regadera, por fin recordé que ayer era día feriado y que la obligación moral de todo buen mexicano era dedicarse a la desaforada holganza. De inmediato me puse a ello. Casi tres horas las dediqué a holgazanear, pues todo mi ser se trasladó al mundo de la literatura de ficción, que es donde más a gusto se solaza mi espíritu.
Interrumpí mis pesquisas porque recordé que me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía. Con enorme celeridad, en mucho favorecida por la condición desértica de la ciudad, me hice presente en la República de Polanco, poblada por señoras guapetonas muy amables, por hombres galantes y gentiles y –esto es lo mejor– por una cantidad homeopática de niños. Es una población para adolescentes y adultos, y es, por lo mismo, un lugar muy habitable, urbano sin ser ruidoso y pletórico de mercaderías de todo el mundo. Ahí, en un restorán llamado Landó, bien atendido y con excelente comida, me encontré con dos ojos navegables en los que, no lo voy a negar, me embarqué para ir y venir como aquella embarcación que aparece al final de “El Amor en los Tiempos del Cólera”, de Gabriel García Márquez, que navega despaciosamente río arriba y río abajo por las aguas del río Magdalena con el fin de dar tiempo y espacio suficiente a que sus pasajeros le den trámite cumplido a su muy nutrida y pospuesta agenda amorosa.
Hoy descubrí varias cosas, todas ellas quizá inanes, pero para mí muy relevantes. Descubrí que comer está muy bien, siempre y cuando se haga sin la menor presión de tiempo y con excelente compañía. Descubrí también que caminar al término del ágape con rumbo a una nevería cercana y comprar un helado con doble bola, una de agua sabor mango y otra de crema sabor mamey es algo muy cercano al séptimo cielo y al orgasmo tibetano (que suele ser semestral).
¿Cuántos años hace que yo no tenía un arrebato tipo Errol Flynn consistente en ir paseando junto a una mujer, para luego, en un instante, detenerme, detenerla a ella y, sin ninguna señal previa de sismo, acercar mis labios a los suyos y darle un cautivo beso enamorado. ¡Éntrale a San Juan bailando y a México de rodillas! Esto sí es un verdadero día feriado hasta con sus correspondientes fuegos artificiales.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? MDCCLIV (1754)
MONTIEL.