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Hace unos días recibí en mi correo electrónico un mensaje de esos que alegran el corazón. Fue enviado por Rubén Fernández Camacho, lector de esta columna. Él nos comparte en primera persona las siguientes líneas:

Soy uno de sus “cuatro o cinco lectores” a quien amablemente ha convocado para compartir “buenas noticias”. Apenas terminé de leer su columna del sábado 21 de agosto, quise compartir con usted la conmovedora historia de mi padre, Álvaro Fernández Zavala, la cual está llena de fe, optimismo y entusiasmo por el trabajo. Espero la considere digna de ser publicada en su columna.

Mi padre va a cumplir próximamente 80 años. Durante sus años mozos fue un dibujante experto de aquella época en que las historietas eran consideradas como parte de la educación familiar. Dibujó los primeros números de Kalimán, el cual se convirtió en todo un clásico. Formó parte del cuerpo de dibujantes del famoso “Lágrimas y Risas” que escribía la brillante Yolanda Vargas Dulché; realizó los fotomontajes de la revista del Santo, el Enmascarado de Plata; durante muchos años dibujó la revista “Muertes Trágicas”, donde se relataba la vida y obra de personajes históricos.

También dibujó la revista “Novelas Inmortales”, que marcó todo un hito en México al hacer asequible a la población las grandes obras de importantes escritores mundiales… en fin, sería largo enumerar tantas historietas y libros que ilustró con maestría durante tantos años. Basten estos ejemplos para darse una idea de la cantidad de dibujos que realizó a lo largo de su vida.

En 1982 mi padre, y parte de su familia, se afincó en el bello estado de Coahuila y una vez que llegó a Saltillo, jamás volvió a salir de aquí. Fue tanta la paz y la tranquilidad que encontró, que decidió retirarse de lo que más amaba, el dibujo, porque seguir ilustrando implicaba viajar seguido a México y dejar a su familia “desprotegida”. Así que, para mantener a su numerosa prole, decidió abrir (junto con mi madre), un negocio de comida para llevar, por los rumbos del fraccionamiento Urdiñola. Por primera vez, los saltillenses probaron la milanesa de res empanizada, los frijoles negros con epazote, los peneques y demás delicias culinarias que en aquel entonces eran una rareza en el norte. Fue tal su éxito que tuvo que cerrar el negocio porque decía que “su viejita trabajaba mucho” y él no iba a exponerla a pescar una enfermedad por cansancio.

Junto con tres de sus ocho hijos, se decidió por abrir un “súper” por los rumbos de Rancho de Peña. Fue el primer negocio de su tipo por aquellos lares. Se llamaba “Súper Plaza”. Durante casi 20 años mi familia y mi padre hicieron de ese súper un centro de reunión “familiar”, si entendemos que los clientes pasaron a formar parte de aquella familia, pues todo mundo llegaba al lugar, además de realizar alguna compra, a fumarse un cigarrito, a platicar de las cosas del día, a echarse un refresquito, a desestresarse, pues. Fue una época muy bella. Sin embargo, la tan mentada crisis, las cuentas estratosféricas de la luz y las grandes cadenas mercantiles que se instalaron en las cercanías, más pronto que tarde hicieron inviable el negocio y, con todo el dolor de su corazón, mi padre tuvo que cerrar una parte de su vida. (Continúa mañana...).