Monclova Coah.- Un hombre tenía dos hijos. Vivían con él, en su casa. En la casa había amor, mucho amor. Pero no todos, ni siempre, sabemos ver el amor que nos rodea. Y menos en la edad juvenil. Por eso, el menor de los hermanos prefirió las aventuras, quería novedades.
Y un día pidió la parte de su herencia. El padre accedió a lo que le pedía su hijo. Y éste se va en busca de lo desconocido.
Como llevaba mucho dinero, no le fue difícil encontrar amigos y amigas. Paraba en los sitios de lujo, bebía las más caras bebidas. ¡Qué fácil le era conquistar mujeres! ¡Cuánto le respetaban todos! ¡Qué orgulloso se sentía de sí mismo mientras le duró el dinero! Pero le duró poco, como les sucede a muchos que no han sudado para ganarlo. Acudió entonces a los amigos que con tanto fervor le habían acompañado en los días pasados. Pero pronto vio que se cierran tantas puertas a quien pide, como se le abren a quien da. Ahora tendría que ponerse a trabajar. Pero..., ¿En qué? El muchacho se dio cuenta de que no estaba acostumbrado a hacer nada.
¡Había vivido tan cómodamente a la sombra de su padre! Al fin, alguien le ofrece el puesto de cuidar cerdos. Siente vergüenza. Pero el hambre aprieta, y acepta.
Ahora aprende lo que es trabajar a las órdenes de un amo y de un amo cruel. Eran tiempos de hambre y le dolía dar a los animales las bellotas que hubiera querido para sí.
En una de aquellas noches, sus ojos se llenaron de lágrimas. Comenzó a recordar. Recordaba su casa, recordaba que su padre era bueno y perdonador. Reconoce que hasta los jornaleros de su casa están mejor que él y decide volver. Decide volver no porque le preocupe su padre, sino porque se siente solo y tiene el estómago vacío. Es que no tenía a nadie, que es peor que no tener nada. Se imagina que su padre lo recibirá como un jornalero, no como hijo. En parte porque aún no sabe lo bueno que es su padre.
Éste había quedado con el corazón destrozado. Presentía que volvería y se pasaba las horas en la ventana, fijos los ojos del rostro del anciano en el camino por el que había partido su hijo. Y un día, esos ojos cansados de tanto llorar lo ven venir. ¿Cómo pudo reconocerlo en la distancia? Partió a caballo y regresaba a pie; se fue bien vestido y volvía envuelto en harapos; marchó joven y volvía envejecido. Nadie le hubiera reconocido; nadie que no fuera su padre. El sí. Y no esperó a que el muchacho se arrojara a sus pies. Salió corriendo con toda la prisa que le permitían sus piernas y sus pulmones; abrazó a su hijo antes de que él pudiera pensar en abrazarle.
Y le cubrió de lágrimas y de besos. Como dice un autor: «Mientras el arrepentimiento anda despacio, la misericordia vuela».
Y es que en realidad este padre tiene más necesidad de perdonar que el hijo de ser perdonado. Con el perdón el hijo recupera las comodidades, el padre recupera el corazón. Con el perdón el muchacho volverá a poder comer; el padre volverá a poder dormir.
El padre no le pregunta por qué ha vuelto. ¿Por hambre.’ ¿Por amor? ¿Ha vuelto para poder marcharse en cuanto logre más dinero? Nada de esto le pregunta. Lo abraza. Un padre no necesita razones de su hijo; le basta el corazón. Pero el muchacho ha preparado su «discursito» y le dice: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
El padre no puede creer a sus oídos las tonterías que está oyendo, y sin querer oírle el disparate mayor (ese de «trátame como a uno de tus jornaleros, se pone a gritar que traigan los mejores vestidos y las joyas más caras.
Que maten el ternero cebado y preparen un banquete, porque -según decía- «este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.