Vi a Don Lázaro salir de la casa de tarros con el machete en alto, sonreía, no sé por qué…

Llevaba apenas un calzón de manta, las piernas flacas desnudas y el torso lleno de viejas cicatrices.

Delante de él ese hombre chaparro y robusto, de andar como indio altivo…

Minutos antes lo vimos entrar a la casa de tarros, en que habitaba Don Lázaro, borracho un día sí, y el otro también…

Se escucharon los golpes.

Él también llevaba su machete.

“¡Ya lo mató!”, dijo Lupe, brincando por entre las piedras ardientes con sus pies descalzos, para asomarse por entre las rendijas de la casa.

“¡Le mochó la cabeza… le mochó la cabeza!”, gritó a todo pulmón y volvió a correr entre brincos, sobre el incandescente humor de las piedras.

Se fue a esconder a su casa, debajo de la cama…

¿Qué cabeza arrancada vio?

No sé, pero recuerdo que apreté los dientes que empezaban a castañear.

Por eso, cuando vi a Don Lázaro salir con el machete en alto, con esa sonrisa idiotizada de borracho, me dio muchísimo gusto.

Tanto, que mientras se aproximaba al chaparro y fornido, no pude contener el grito…

“¡Don Lázaro!”

El viejo, que jugaba a las canicas con nosotros, que bailaba cuando le formábamos un circo… que hizo de su embriaguez un espectáculo para los descamisados, volteó a mirarme, se puso la mano en la nariz para pedir silencio.

Entonces, el indio altivo se dio la vuelta, alertado seguramente por mi grito y vio a Don Lázaro venir con el machete.

Todos nos quedamos callados, lívidos…

El chaparro y fornido de mirar altivo me señaló con la punta de su machete… “Gracias”, me dijo, y me sentí traidor.

Levantó el brazo y luego lo dejó caer sobre la humanidad de Don Lázaro, pero lo detuvo cerca de su cabeza.

“Mejor váyase a su casa, viejo borracho, es la última advertencia, quédese con los planazos que le di”.

Don Lázaro, que vio la muerte cerca, sintió que su ebriedad partía en fuga… me vio a mí, me dijo lo mismo: “Gracias”, y se fue.

Apareció meses después restablecido de la borrachera, se metió a un sitio donde lo encerraron para quitarle el vicio.

Dejó las canicas, dejó de bailar y regresó a lo suyo: Contratista de obra.

Vaya, sanado se volvió serio y respetable.

Pero sobretodo, se volvió el referente de nuestras madres…

“Mira… hasta dónde lo había llevado el vicio, para que aprendas”.

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