Hace algunos lustros, cuando las amenazas a los periodistas no pasaban de allí salvo algunas excepciones -ahora, por desgracia, la secuela criminal va camino de romper el “récord” deplorable del sexenio delamadridiano-, solía decirse, como una especie de apotegma inescrutable:

--En México puede hablarse mal de todo, excepto del presidente, el Ejército... y la Virgencita de Guadalupe.

Quien intentaba el desafío, por supuesto, sufría las consecuencias, la más alevosa de ellas, sin duda, la del vacío; sencillamente, quedaba fuera del mercado periodístico sin que siquiera pudiera defenderse. Sólo un puñado de audaces conservó, en estos términos, el talante luchador.

Reparo ahora en que la evolución democrática de una sociedad afrentada por la antítesis de este modelo, la demagogia, resuelve, sólo en parte, la antigua coyuntura. Desacralizada la figura presidencial, aun cuando se mantiene el arraigo autoritario para asimilar funciones más allá de lo establecido en la Constitución, los cuestionamientos a sus titulares acaso comenzaron a arreciar en la segunda mitad del periodo de Miguel de la Madrid. Fue entonces cuando publiqué, bajo los auspicios de Grijalbo, “Radiografía de un Presidente”, con saldos tremendamente negativos para el entonces titular del Ejecutivo federal y de reproches aviesos para el autor por su supuesta “falta de respeto” a las instituciones nacionales.
Tiempo después, cuando iniciaba el finiquito del régimen de Ernesto Zedillo y por consiguiente de la primera etapa del priísmo hegemónico extendida a siete décadas, las evidencias sobre la infiltración de la estructura castrense, por parte de las poderosas mafias con territorialidad sobre suelo patrio, comenzaron a dejar rastros inocultables sobre la polución del establishment y el imperativo de apurar cambios drásticos encaminados a depurar los cuadros antes de que los saldos fueran catastróficos... como ocurre ahora, un poco más de diez años después.

En 2002, cuando elaboraba “Confidencias Peligrosas” -Océano-, coincidí con mi querida colega, Isabel Arvide, en la senda de la investigación sobre lo que ella llamaba, desilusionada -sobre todo porque había sido, durante años, una firme defensora de los mandos militares-, “la corrupción de las águilas”. Por ello, me interesé en visitar, en el penal de alta seguridad “Las Palmas”, de Almoloya de Juárez, al general Jesús Gutiérrez Rebollo, quien fuera zar antidrogas por espacio de unos meses en 1997 mereciendo los mayores elogios del Pentágono estadounidense... hasta que fue vinculado con el Cártel de Juárez y confinado por ello bajo el estruendo del escándalo.

En un cubículo de esta prisión, sin custodios de por medio ni ventanillas, el defenestrado Gutiérrez Rebollo insistió en su denuncia contra el también general Enrique Cervantes Aguirre, ex secretario de la Defensa Nacional, a quien señalaba, con abundancia de pruebas y testimonios, como el responsable de proveer un encuentro entre el poderoso “Señor de los Cielos”, Amado Carrillo Fuentes, y los cabecillas del Cártel de Tijuana, los hermanos Arellano Félix, involucrados en la parodia criminal del aeropuerto de Guadalajara, en mayo de 1993, cuando fue acribillado a mansalva, nada menos, un príncipe de la Iglesia: El cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.

Gutiérrez, además, subrayó que, a cambio de los buenos oficios de Cervantes, éste había recibido sesenta millones de dólares, mismos que fueron transportados por una Patrulla de la Federal de Caminos asignada, por cierto, a la residencia oficial de Los Pinos. Por supuesto, como suele ocurrir bajo el dominio de las consignas, lo dicho por él fue desdeñado por provenir de un “delincuente sin autoridad moral”. (Esta misma “justificación” sirvió igualmente para no proceder contra el miserable Manuel Bartlett Díaz luego de que fue señalado por José Antonio Zorrilla, quien purga sentencia como autor intelectual del crimen contra Manuel Buendía, como quien dio las órdenes en torno a este amargo suceso). Al buen entendedor...