De manera sumamente discreta pasó por México estos días el ex presidente Ernesto Zedillo. Como sucede cuando llega, nada extraordinario pasa. No hay agitación en la clase política, ni cuchichean los empresarios preguntando si alguien ya platicó con él, ni hay morbo en la prensa por lo que está haciendo o deja de hacer. Sus visitas son anticlimáticas porque así lo desea. Ve sólo a la gente más cercana a él, con quien todavía mantiene comunicación. Entra y sale del país por una puerta que nadie mira.
Pero Zedillo es un hombre poderoso. O mejor dicho, es el ex presidente mexicano mejor protegido y más procurado en el mundo por los grupos políticos más poderosos. Es el único ex presidente que realmente entró en el circuito de la élite global. No es Carlos Salinas, quien quería ese papel para él, pero que se quedó en el umbral, disfrutando de la cercanía de algunos de los poderosos pero sólo para encuentros casuales, cenas o fiestas. Menos aún es Vicente Fox, cuyo contacto con la élite internacional se da a través de una organización de ex mandatarios que se reúne anualmente y de las reuniones fortuitas durante sus ciclos de conferencias de segundo nivel que dicta anualmente.
Fox tiene acceso a segundones en el mundo y sus discursos son escuchados por auditorios sin influencia; Salinas es buen amigo del ex presidente George H. Bush, y con otros viejos líderes y empresarios tiene contacto. Pero Zedillo se codea con los grupos que gobiernan el mundo, con los banqueros y los empresarios que mueven la economía, con ex funcionarios de gobiernos de Estados Unidos, Europa, Asia, África y América Latina, y con las cabezas académicas que les nutren de ideas y fórmulas para mantener su primacía.
Es miembro del Foro Económico Mundial, que agrupa a la clase empresarial, y de la Comisión Trilateral, un grupo que componen 390 personas, al cual sólo se llega por invitación y que es una masa crítica de poder e influencia que domina en el mundo desde hace más de 30 años. También es miembro del directorio internacional del Consejo de Relaciones Exteriores, con sede en Nueva York, que ha sido el cerebro de la política exterior estadounidense por generaciones. Es parte de los asesores del Instituto Internacional de Economía y preside el Grupo Internacional de Crisis, que comparten directorios donde participan secretarios de Estado de varios gobiernos norteamericanos e intelectuales de tanques de pensamiento que han nutrido a administraciones demócratas y republicanas en aquella nación.
Zedillo vive en New Haven, donde se encuentra la Universidad de Yale, uno de los grandes centros académicos del mundo. Ahí dirige el Centro para el Estudio de la Globalización, que es su base de apoyo intelectual para una variedad de tareas y responsabilidades que se le han dado desde que terminó su mandato presidencial en 2000, como las comisiones especiales para las Naciones Unidas para el diseño de un nuevo modelo de organización financiera o de proyectos de desarrollo en el Tercer Mundo. En las últimas semanas entregó un reporte al Banco Mundial donde plantea un nuevo modelo de organización que reconozca a las economías emergentes como jugadores reales en la nueva correlación internacional.
Ernesto Zedillo llegó a esa puerta de la mano de la fortuna. Cuando asesinaron al candidato del PRI a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio, Salinas no pudo negociar con la oposición que se modificara la Constitución –que impedía que un funcionario con menos de seis meses en el cargo fuera candidato- para designar como relevo al secretario de Hacienda, Pedro Aspe. Vio que su segunda carta, el entonces director de Pemex, Francisco Rojas, no tenía las alas para volar, y tuvo que seleccionar a Zedillo, un economista al que despreciaba, su ex secretario de Programación y de Educación a quien Colosio nombró coordinador de campaña. Zedillo iba a ser relevado del cargo, pero el asesinato de Colosio evitó que se fuera al ostracismo y caminara hacia la cima.
Zedillo nunca se asumió como político. Durante su sexenio se enfocó al manejo de la economía, que estalló en crisis apenas arrancó su administración. Sentía repulsión por el PRI, al que perteneció porque en los años de su formación era lo único que le permitía hacer carrera en el servicio público. No fue casual su distanciamiento del partido y aceptar, en el lenguaje implícito de la política, el diseño que tenía Washington para México. La profunda crisis mexicana de 1995 creó la oportunidad. El rescate financiero de México que hizo el entonces presidente Bill Clinton, por encima del Congreso por considerar que se trataba de un asunto de seguridad nacional, fue la palanca de presión.
Nunca nadie lo va a admitir en público, pero el intercambio era apertura total de la economía y alternancia en el poder. Zedillo modificó las leyes que permitieron la consolidación de monopolios y la apertura del 100% de inversiones extranjeras, convirtiendo a México en el ideal –nunca reproducido en otro país con una economía del tamaño de la mexicana-, del neoliberalismo. Zedillo se distanció del PRI y creó las condiciones para que Fox caminara hacia la Presidencia. Antes que nadie, Zedillo reconoció la victoria de Fox en las elecciones presidenciales, cerrando cualquier posibilidad de rebelión e inestabilidad política.
Tiempo después, cuando Clinton habló de la transición política en México, reconoció en la actitud de Zedillo en la alternancia, “uno de los más grandes actos de Estado en la historia de la democracia moderna”.