Alicia se mete a mi oficina y con esa voz que cualquiera pensaría que no rompe un plato, me pregunta…

- Licenciado, está esta nota, es de una mujer que violaron, cómo ve, la ocupa usted o me la llevo yo…

La dejo que la publique en las páginas que ella edita, no sin antes hacerle unas recomendaciones sobre la información…

Fue por eso que hice memoria cuando era corrector en el Más Noticias… Después pude brincar al periódico hermano de El Norte, El Sol, donde me dieron chance de ser el carga cámara de José Prieto Morales...

Todavía puedo rememorar el olor a pólvora de aquella mañana cuando llegamos a una casa ubicada en los alrededores de Florencio Antillón, en el primer cuadro de la ciudad de Monterrey.

Se me frunció lo que humanamente es fruncible...

Me arrepegué a la pared y cerré los ojos...

Prieto Morales me jaló del brazo y cuando me vi, ya estaba adentro de una vieja casa en donde había una humareda de la fregada.

Entonces tronaron los balazos por todos lados...

–¡Tírate al suelo!, dijo Prieto.

Obediente, me tiré al suelo, y créanme que alcancé a escuchar un “no te muevas”, que obedecí al pie de la letra.

Me imaginé las balas silbando cerquita de la cabeza... luego, abrí los ojos y busqué al maestro... ¡no estaba!

“Ya LE dieron”, pensé...

Me arrastré como me enseñaron en los Boys Scouts y unos metros más adelante, encontré un tiradero de gente, charcos de sangre y al fondo de la habitación, Prieto Morales, cámara en mano, recorría la estancia acompañado por un tipo con cara de felón.

- A éste sí... a éste no... a éste sí... a éste no...

Se trataba de un pleito entre bandas de maleantes, y el jefe de una de ellas escogía los muertos del otro bando para que Prieto los retratara... no quería que sus muertitos salieran en el periódico.

Cuando llegamOS al periódico, fue partícipe de felicitaciones inmerecidas, me pasé tirado todo el enfrentamiento, pero El Güero Prieto Morales tuvo la grandeza y la bonhomía de no echarme de cabeza.

Prieto podía pasarme eso, pero casi me come los hígados cuando cometí la estupidez de evitar la publicación del nombre de un niño maltratado... ¡pero puse la dirección en donde vivía!

Esos eran los viejos reporteros de la sección policiaca.

Aquellos que como el “Roque”, Israel Villarreal... René Martínez... Martínez Oceguera... jamás permitieron que se publicara el nombre de un menor de edad delincuente... que no saliera a luz pública la identidad de una mujer atacada sexualmente... los suicidios no eran nota, ¡nunca!.

Y desDE luego, tampoco sus direcciones.

Hoy, cuando muchos parecen “descubrir” la información policiaca en los noticieros, en los programas especiales, me pregunto qué harían aquellos viejos maestros.

Somos terriblES consumidores de sangre.

Me pregunto si esta sociedad que con tanta avidez reclama ese tipo de historias, es capaz de sentir algo agradable.

Si somos susceptibles aún a la belleza de un poema... a los bellos atardeceres... a los amaneceres de frente a una sierra impresionante.

Me pregunto...

.(JavaScript must be enabled to view this email address)