Jerome David Salinger ha muerto esta semana como si se tratara del final de una de las historias surgidas de su escritura silenciosa; hombres confrontados consigo mismos dentro una penumbra como un huracán íntimo.
El acecho
Rabioso defensor de su derecho al anonimato, luego del atroz éxito de “El Guardián en el Centeno”, Salinger alguna vez se definió a sí mismo como un hombre que “estaba en este mundo, pero no era de él”.
El silencio final alcanzó al también ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial en la misma casa de New Hampshire donde decidió recluirse en 1953, espantado por el contrasentido derivado del éxito de su novela fundamental, publicada en 1951.
Antihéroes
En tiempos de la posguerra, el desgarrado retrato de Salinger sobre la soledad y el desajuste, convirtió a Holden Caulfield, como al Julien Sorel de Stendhal o al Pijoaparte de Juan Marsé, en algo mucho más que un personaje literario: la síntesis pura de la deriva y la rabia, el estandarte de una feroz individualidad y la autarquía.
Y así como Charles Manson responsabilizó a los Beatles y su pieza “Helter Skelter”, de poseerlo para asesinar a la mujer de Roman Polanski, “El Guardián en el Centeno” vivió su segundo reflujo de fama, cuando el sicótico hawaiano Mark David Chapman, aseguró basarse en el personaje de Salinger para asesinar a quemarropa a John Lennon. Un pretexto que se repitió John Hinckley para atentar contra el ex presidente Ronald Reagan; en su delirio donde se mezclaban fragmentos de “El Guardián…” y la película “Taxi Driver”, como lo ha contado José Emilio Pacheco en su metaficción “Para que Eternamente Estés Conmigo”, incluida en su volumen de cuentos “La Sangre de Medusa”.
Cerco invisible
A pesar de ser un ermitaño radical, de levantar una valla en torno a su casa y amenazar a punta de escopeta a la prensa que lo buscaba infructuosamente, Salinger forjó una presencia fundamental en las letras americanas del siglo 20.
Una obra fundida a su leyenda de escritor oculto, forjada a través de más de cinco décadas de silencio editorial. Obligó a sus editores a no publicar imágenes de su rostro, a quemar las cartas de sus fans. A pesar de las infamias e indiscreciones vertidas por su ex esposa y una de sus hijas, al igual que Thomas Pynchon, y en menor medida, Cormac Mc Carthy, el viejo huraño mantuvo firmemente su aura de misterio: en una de sus últimas entrevistas en 1980, afirmó: “Me niego a publicar. Hay una paz maravillosa en no publicar. Hay tranquilidad. Cuando publicas, el mundo piensa que le debes algo. Si no publicas, no saben lo que estás haciendo, puedes guardártelo para ti”.
Salinger, los dos lados del lápiz: la furia de escribir y al mismo tiempo la voluntad de borrarse. Ahora, descansa en paz.
Bardo de las bardas
“La voz humana conspira para profanar todo en la Tierra.
Jerome David Salinger.