En el prefacio a sus “Vidas Imaginarias”, Marcel Schwob postula una idea alumbradora: el arte está en oposición con las ideas generales, no describe sino lo individual, no desea sino lo único. No clasifica; desclasifica.

Aún en este tiempo en que todo tiende a la estandarización, el arte sigue planteándose como una suprema afirmación de la identidad, una forma de ir construyendo el propio rostro.

Así, los especialistas se equivocan al etiquetar una obra, al relacionarla; si ésta busca a toda costa desmarcarse de comparaciones, de influencias y de modas.

Emergentes

Por ello es gratificante que en un entorno muchas veces irrespirable –Saltillo es otra cosa– sigan surgiendo artistas jóvenes, llenos de coraje y de talento; dispuestos a mostrar su particular concepción del mundo. Junto al nombre de prolíficos creadores como el estupendo dibujante Alain Ledesma, o los pintores y músicos Roy Carrum y Adalberto Montes –los tres reconocidos en el reciente Primer Concurso de Pintura organizado por el IMC– se suman nombres emergentes: hablo del jovencísimo y magistral paisajista Carlos Farías, quien siendo aún alumno de la Escuela de Artes Plásticas Rubén Herrera ha mostrado su decantado oficio en exposiciones individuales. O el veinteañero Guillermo Ramírez, quien además de ilustrador, reveló algo de su particular estilo dibujístico en la muestra “Vejestorios”. Otro nombre interesante a seguir es Ramiro Rivera, quien desde los terrenos del teatro, la literatura y la música ha nutrido su propuesta pictórica del sincretismo contemporáneo y volátil con una buena dosis de humor e inteligencia.

Estrella distante

En “Retrato del Artista Adolescente”, Joyce define la obra de arte como “lo inexpresable”; nudos de misterio que son apenas atisbos de una verdad más recóndita. Es aquí donde viene a cuento la propuesta de María Alfaro. Una artista nacida en nuestra ciudad, cuya obra se ha repartido ya por todo el territorio mexicano, y que curiosamente nunca ha montado una individual en este Saltillo agobiado de museos. El trabajo de esta prodigiosa dibujante es tan personalísimo, tan diferente a todo, que parece negar la tradición. Una propuesta intuitiva, salvaje, y al mismo tiempo rebosante de inocencia. Alfaro dibuja lo innombrable, como una Grettel que deja migajas de papel con rumbo a un enigma mayor. Cuando las divas del arte local, cuyo mayor logro es haber vivido en París o Italia, aspiran a la hipervisibilidad, por no decir al estrellato, resulta anómalo una creadora enfrascada en la idea de demoler la propia fama. En una obra construida desde ranchos perdidos en el desierto de Zacatecas o ciudades como Oaxaca o León hay un humor agudísimo e inédito, como las preguntas que a quemarropa hace un niño. Lo raro es que detrás de esta naturalidad no hay improvisación: no conozco ningún otro artista o refinado crítico que haya visto tanto cine, que haya leído tanta teoría y la haya asimilado tan bien. Es la profesionalización del artista. Sin embargo, esa erudición no se impone como la presunción de un currículum en la propia obra; pervive un latido primigenio, salvaje. Sea el grafito desnudo, la instalación o la estampa hecha a partir de la apropiación, ningún artista joven ha ido tan lejos en la exploración de los materiales como ella. Su mirada aspira a la totalidad, como un niño que pretende devorar al mundo al mirarlo. La ruta del grafito es como el trazo de una grieta que va rompiendo la cáscara del mundo; revelando en esa ruptura un reverso inquietante de la existencia.

Lápiz, “lapis”: piedra. Esta mujer lapida la realidad con sus ojos, rompiendo el ataúd de vidrio de nuestra ceguera cotidiana. Ante sus dibujos, somos zombis que miran por primera vez el alba.

Bardo de las bardas

“El artista debe ser mezcla de niño, hombre y mujer”.

Ernesto Sábato.