Nuevamente se ha presentando un severo conflicto de opinión respecto al tema de la adopción de niños por los matrimonios ya legalmente constituidos por parejas del mismo sexo. Esta aprobación, discutida por la Suprema Corte de Justicia, ha causado una explosión de reacciones, algunas muy virulentas, sobre todo de los voceros de la Iglesia católica, que no pueden concebir que los matrimonios homosexuales puedan tener cabida en nuestra sociedad. Pero el punto de conflicto real sigue siendo la adopción de los hijos de este nuevo tipo de parejas, porque aún no sabemos mucho de los problemas y ventajas que puedan traer para los niños y niñas que integren a esta nueva estructura familiar. Son muchas las dudas que se presentan, en la opinión pública, sobre esta aprobación, pero las más frecuentes son cinco: La primera duda está referida a la estructura familiar que resultará del matrimonio integrado por personas del mismo sexo ¿podrá ser una familia funcional? Y esta duda es derivada de la idea que se tiene de que el matrimonio funcional es el integrado por hombre y mujer. Pero desde hace tiempo esta estructura cambió. Ahora hay familias conformadas solamente por el padre o la madre, por los abuelos sin la presencia de los padres o por el hijo o la hija mayor dirigiendo toda la familia, porque las familias han tenido que dispersarse por la inmigración o la violencia que sacude al país. Y muchas de esas familias han resultado funcionales. Todo depende del tegumento afectivo que se teja en torno a los pequeños, para poderlos educar en la resiliencia, concepto clave que se les ha olvidado estudiar a los muy críticos jerarcas de la Iglesia católica.
La segunda duda consiste en la idea de la confusión de roles que pudieran no permitir la identificación con los papeles sociales en los hijos, si solamente están los roles masculinos o los femeninos ¿Estarán predestinados a ser homosexuales? Éste es un tema que ha sido ya investigado por los expertos de instituciones serias como la Academia Estadounidense de Pediatría, de la Asociación Psiquiátrica Americana y de la Asociación Psicológica Americana, que insisten en que es el amor y el compromiso de los dos padres lo decisivo para la correcta formación de los niños, no el sexo o la orientación sexual de los padres.
La tercera duda se refiere a las críticas públicas a la que van a ser sometidos los hijos de los matrimonios de homosexuales ¿Podrán educar adecuadamente a esos niños o niñas? ¿Resistirán sin daños importantes esta presión social? Aunque probablemente no serán peores a las que sufrieron en otros tiempos, no tan lejanos, los hijos de las madres solteras o de los matrimonios divorciados y que hoy sabemos que muchos de ellos los han superado y que, como consecuencia de mecanismos de formación reactiva, han logrado construir matrimonios mucho más sólidos que los de donde ellos proceden.
La cuarta duda es el temor al peligro de que los hijos de parejas homosexuales, sobre todo de varones, vayan a ser atacados sexualmente por sus padres ¿No se convertirán en pervertidos, o no irán a abusar de ellos? Porque desgraciadamente se confunde aun con mucha frecuencia a la homosexualidad con la pederastia, aunque es dentro de la familia tradicional, en la escuela rígida o en las iglesias los lugares en donde pueden ser atacados con mayor frecuencia, porque los consideramos como seguros, descuidando su vigilancia.
La quinta duda consiste en el temor de que no se estén respetando los derechos de los niños que serán adoptados por estos nuevos matrimonios, como si dentro de los derechos humanos estuviera incluido el de nacer en una familia tradicional.
El Artículo 3 de la “Ley para la protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes”, dice que son principios rectores de la protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes, entre otros, el de vivir en familia, como espacio primordial de desarrollo. Pero no menciona cómo debe estar estructurada esta familia, pues priorizar a una sobre las otras sería un acto arbitrario e injusto.
La experiencia y el estudio científico cuidadoso es la única forma de superar nuestros temores hacia las familias de nuevo tipo, pero dado que estos temores se presentan más que nada por lo desconocido del problema, una vez que tengamos suficiente información, veremos si estos temores resultan justificados. Otra vez el tiempo resultará nuestro mejor aliado y debemos insistir en que no podemos conservar la tradición a costa de mantener las barreras de la desigualdad y la discriminación, sin satanizar a priori una forma de matrimonio que aún no ha demostrado sus posibilidades ni sus defectos.