La necesidad de recurrir y reforzar una política fiscal contra cíclica que permita evitar una prolongada y profunda recesión está ganando adeptos entre prestigiados economistas en Estados Unidos
Mientras la crisis financiera prosigue su lenta evolución en los mercados mundiales y vemos cuáles son los efectos derivados de las distintas acciones que han venido tomando las autoridades en todo el mundo, otra discusión está cobrando mayor fuerza, particularmente en Estados Unidos, aunque no exclusivamente.
El tema se refiere a la previsión de una recesión que puede ser profunda y prolongada, lo cual podría tener efectos devastadores para los próximos años en términos de producto perdido y reducción en el bienestar de la población. El punto central de esta discusión gira en torno a las medidas que debieran instrumentarse en este momento para buscar mitigar dichos efectos. Para México esta discusión y su desenlace no es irrelevante en la medida en que lo que suceda con nuestro vecino del norte nos afecta de manera sustancial, pero porque también debiera ser un tema de mayor discusión.
Como mencioné la semana pasada, puede hablarse de un consenso sobre la inminencia de una recesión, pero no aún sobre su profundidad y su duración. Tampoco es muy claro el conjunto de medidas de política que deben instrumentarse. Sin embargo, parece existir una creciente preocupación sobre el manejo de política monetaria y su capacidad para hacer frente a esta situación, en la medida que todo indicaría está llegando a su límite. En los últimos meses la Reserva Federal ha actuado de manera agresiva para colocar su tasa de referencia en un punto porcentual, pero en las circunstancias actuales, aunque se llevara a cero, su impacto sobre los componentes relevantes de la demanda agregada sería aparentemente muy limitado.
Incluso entre algunos académicos se está hablando ya de que se estaría por enfrentar una situación conocida como “trampa de liquidez” y en la cual la demanda de dinero se torna prácticamente insensible a cambios en la tasa de interés y, en consecuencia, se rompería el mecanismo de transmisión del efecto monetario al sector real se la economía. Algo semejante a lo ocurrido en Japón en la década de los 90. Es por eso que las miradas voltean a la política fiscal. De hecho, ésta ya ha sido utilizada en la forma de un conjunto de estímulos por el lado de los impuestos (rebajas y devoluciones). El problema es que existe la presunción de que su efecto ha sido limitado, en gran parte porque lo individuos, en vez de gastar estos recursos, decidieron ahorrar buena parte o cubrir sus deudas.
En este marco resulta interesante la siguiente cita: “...la única forma de prevenir una recesión profunda será mediante un programa temporal de gasto gubernamental. Intentos previos de usar el gasto público para estimular una recuperación económica, particularmente gasto en infraestructura, no han sido exitosos debido a largos rezagos legislativos…. Pero mientras que las recesiones pasadas duraron un promedio de 12 meses, esta caída probablemente será más larga, abriendo márgenes para un gasto contra cíclico exitoso”. Esto no lo escribió un keynesiano de cepa pura, sino Martin Feldstein, reconocido profesor de Harvard y presidente emérito del NBER. Y dicho sea de paso, esta reflexión resulta altamente relevante para la discusión y definición actual de nuestra política fiscal para el 2009 (presupuesto de gastos), que se realiza en la Cámara de Diputados.
Es cierto que éste ha sido el camino por el que ya han optado nuestras autoridades fiscales, pero valdría la pena evaluar si ha sido y será suficiente o si podría realizarse un esfuerzo adicional. Vale la pena insistir en que esto puede realizarse fuera de un marco discrecional considerando la implementación de reglas fiscales (que privilegian la sustentabilidad fiscal intertemporal) como la referida al déficit estructural y que he venido señalando años atrás. Este sería un buen momento para considerarlo seriamente. Hay que entender que en esta discusión desarrollada por nuestros vecinos del norte, destaca que si se ha optado por una política contracíclica, no se puede ser tibio. Es necesario actuar con agresividad si se esta esperando que existan realmente resultados sustantivos.
Pero regresando al debate en Estados Unidos, la posición por el uso más agresivo de una política fiscal contracíclica ha ganado más adeptos, como serían los casos de Krugman, reciente Premio Nobel, y otros prestigiados académicos de ambos lados del espectro político republicano y demócrata. De hecho, éste será el primero y principal punto de la agenda económica del presidente electo y es probable que tendrá que optar por esta vía de manera inmediata, independientemente de sus promesas electorales.