Monclova Coah.- ¿Qué hizo el hijo pródigo con su libertad y su dinero? Lo que hacemos todos los hombres, porque la verdad es que tenemos poca imaginación y para pasarla bien siempre terminamos haciendo lo mismo: Fiestas, borracheras, sexo, broncas, algún navajazo y vuelta a empezar hasta que el dinero se acaba. Pero este hijo hizo algo mucho más grave. Maldijo a su familia, maldijo a su raza, a su religión, se hizo esclavo de un pagano y cuidó y vivió con los animales impuros. Tal vez con un cartelito colgado al cuello: No tengo casa.

Tengo hambre. No tengo padre. Y un día en que no le dolía el corazón pero sí le dolía el estómago, buscó en su alma y entró dentro de sí, miró su interior vacío y sucio y se dijo: ‘Cuántos criados en casa de mi padre tienen de sobra para comer y yo aquí me muero de hambre. Me levantaré y volveré’. No vuelve a casa porque ame a su padre, vuelve porque ama su vida. No vuelve a casa porque quiere ser mejor, sino porque no quiere morir en el camino. Ni siquiera vuelve como hijo, se contenta con ser un criado más. No vuelve porque le duele el corazón sino porque le duele el estómago.

Es un retorno egoísta, interesado. Es magnífico saber que a su padre no le interesa saber si su hijo está arrepentido, no le interesa conocer los motivos por los que regresa, no le importa que su hijo vuelva a hacer lo mismo otra vez. Ha vuelto a casa. ¡Qué alegría! Es consolador saber que Dios no me exige un corazón puro para abrazarme. Es consolador saber que Dios me recibe cuando vuelvo porque no he encontrado la felicidad en mis fiestas y pecados, cuando vuelvo por egoísmo para encontrar seguridad y paz. El amor de Dios no necesita que le expliques nada. Dios se contenta con tenerte en casa. El amor de Dios no pone condiciones. Dios se contenta con tu presencia. El amor de Dios es una relación de Padre.