Baquba, Irak.- El Mundo Ya lo decía en 2008 el Premio Nobel de Economía norteamericano Joseph E. Stiglitz: la guerra de Irak se ha convertido en el conflicto más caro desde la II Guerra Mundial.

“Las previsiones anteriores al conflicto proyectaron costos de 50 mil millones de dólares, pero América ya se ha gastado casi 3 billones de dólares, y seguimos debiendo facturas por valor de centenares de miles de millones, incluyendo los asombrosos costos que implica cuidar de los veteranos heridos y suministrarles ayudas por minusvalidez y cuidados médicos”.

La cita forma parte de su libro, “La Guerra de los Tres Billones de Dólares”, y es un crudo retrato económico del conflicto que, junto a más de ocho años de guerra en Afganistán, desangra la economía norteamericana, ya en crisis.

“El costo de las operaciones directas de Estados Unidos –sin incluir los costos a largo término como el cuidado de los veteranos heridos– ya excede lo pagado en los 12 años de la Guerra de Vietnam y es más del doble de lo gastado en la Guerra de Corea”. Teniendo en cuenta que las cifras son de 2008, habría que sumar varios centenares o miles de millones de dólares.

“En la II Guerra Mundial, con virtualmente las Fuerzas Armadas al completo desempeñándose en la lucha contra alemanes y japoneses, el costo por soldado (en dólares actuales) fue de más de 100 mil dólares. En contraste, la guerra de Irak está costando más de 400 mil dólares por soldado”.

DISPARATE ECONÓMICO

La estancia en las bases norteamericanas confirma el disparate económico. Verdaderas ciudades donde todas las tiendas provisionales y los barracones donde reside la tropa. Hay casetas prefabricadas compartidas por dos soldados cada una, con camas y colchones y que disponen de aire acondicionado, zonas de entretenimiento con monitores de plasma a los que cada soldado puede acceder en forma individual tras elegir la película que desea ver, cines, decenas de terminales de Internet y de teléfonos abiertos a los uniformados por periodos limitados de tiempo, instalaciones deportivas y gimnasios por doquier.

Todo ello cuidado por un ejército de trabajadores, en su mayoría asiáticos, encargados de levantar y desmontar las instalaciones, limpiar las bases, vaciar los depósitos de las letrinas, adecentar baños y duchas –donde el agua caliente jamás falta– y cocinar, servir y limpiar en las inmensas cantinas.

En ellas, los domingos se sirve mariscos y langosta y cada día se puede elegir entre decenas de ricos menús diferentes, desde comida sana hasta el tradicional fast food norteamericano, pasando por comida italiana o mexicana, que cada día puede ser coronada con una amplia selección de postres y helados Baskin-Robbins.

CONTRATISTAS, MERCENARIOS...

Esos trabajadores son denominados “contratistas” como también lo son los mercenarios que han participado en misiones de combate en territorio iraquí, y suponen una buena parte de la sangría económica de este conflicto.

“Un estudio de 2006 del Comando Central del Departamento de Defensa muestra que Estados Unidos está empleando más de 100 mil contratistas privados, un número que representa un incremento de 10 veces respecto al uso de contratistas en la I Guerra del Golfo (1991). Dada nuestra incapacidad para incrementar el número de soldados, Estados Unidos no puede operar sin ellos”.

El escándalo de los sueldos de los contratistas –especialmente los captados en países del tercer mundo, como peruanos o ugandeses, actualmente a cargo de la protección del perímetro de las bases, es una enorme carga para las cuentas norteamericanas.

Es uno de los tres factores que Stiglitz cita para explicar cómo las cifras se han disparado: el aumento del uso de los contratistas, junto al encarecimiento del entrenamiento, los sueldos y gratificaciones y el mantenimiento de cada uniformado y los gastos derivados del entrenamiento de las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes. Eso sin contar con los gastos médicos derivados de los heridos en combate.

Sobre los contratistas, el autor destaca cómo “la invasión de Irak abrió nuevas oportunidades para las empresas privadas de seguridad. Sólo el Departamento de Estado gastó más de 4 mil millones de dólares en contratar guardias privados en 2007, mil millones más que hace tres años.

Blackwater (la más tristemente conocida por sus escándalos económicos y sobre todo humanos, con muchas vidas iraquíes abatidas por sus mercenarios) obtuvo su asidero con un contrato no vinculante de 27 millones de dólares por proteger al administrador Paul Bremer (la autoridad de la ocupación en Bagdad). El contrato fue expandido a 100 millones de dólares un año después. En 2007, la misma empresa retenía un contrato por valor de mil 200 millones de dólares”.

SUELDOS DESORBITADOS

La presencia de contratistas, ex militares y civiles, en las bases es una constante que confirman las cifras del economista. Sus sueldos son desorbitados comparados con los recibidos por los uniformados norteamericanos: mientras los primeros pueden ganar mil 222 dólares diarios, en lo que hace 445 mil dólares anuales, según Stiglitz, un sargento del Ejército recibe entre 140 y 190 dólares al día, no más de 70 mil dólares al año.

A todo eso habría que añadir los gastos en equipamiento y munición no sólo en combate: antes de cada patrulla, todos los soldados implicados en una misión calibran sus armas y el armamento de sus vehículos blindados, y también los gastos de reconstrucción, una obligación adquirida por los ocupantes que, de haberse aplicado desde un inicio, habría mermado la capacidad de la resistencia iraquí.

¿Y LA CORRUPCIÓN?

La corrupción, en este punto, explica por qué no se han reparado las infraestructuras, y en especial el suministro de agua potable y electricidad, siete años después de Irak. “Un ejemplo flagrante es la suerte de la ingente suma de 18 mil 400 millones de dólares en fondos de reconstrucción para la rehabilitación de colegios, hospitales, instalaciones eléctricas y carreteras que el Congreso aprobó en el verano de 2003. El resultado fue que, un año después, sólo mil millones habían sido gastados y, como veremos, la mayoría del dinero se redirigió más tarde a actividades militares o no se gastó”. O, como me dijo un teniente norteamericano en Tikrit, “se quedó en los bolsillos de alguien”.