En el Estado mexicano son raras las políticas culturales definidas.
Casi toda su oferta se construye dentro de un manejo discrecional, cupular, vertical.
Modos priístas enraizados en la administración de un bien público. Jodidos como estamos, se privilegia lo cuantitativo sobre la calidad. Como nunca ha habido, entre más haya mejor. No importa si el Estado les paga a con el dinero de nuestros impuestos a los baladistas más insufribles, a los grupos de pop más nefastos o derrocha los recursos en exquisiteces para minorías. ¿Alguien ha medido el beneficio real en la sociedad de edificios o museos donde se gastan millones? ¿Cuánta gente asiste mensualmente a los remozados y costosísimos edificios del Centro Histórico? ¿Quién puede medir un beneficio concreto en la sociedad toda?
CULTIVO
Existen demasiados eventos, quizá demasiados. Pero estos no tienen un fin preciso. Hay una torpe y escasa difusión de los mismos. Y rara vez se acerca un nuevo público a las exposiciones o a las presentaciones de libros. Cada jueves o viernes, las mismas 50 caras en las galerías y en las lecturas. No otras. Es complejo admitir que la administración de la cultura no se trata sólo de abrir la cartera. Tampoco de que el funcionario practique un mecenazgo discrecional con miras a apuntalar un poder político a costa del erario público. Se trata de entender que el trabajador de la cultura no es alguien que espera migajas. Que el escritor, el actor de teatro o el ejecutante de música no es alguien que tenga que estar obligado a hacer eternas antesalas en la corte del rey, esperando una oportunidad.
OBJETOS DE VALOR
La cultura empieza en el respeto y el valor del trato. La cultura no es una burocracia obesa recreando los vicios y las malas mañas de los de arriba. Una ley del gallinero donde los únicos que salen perdiendo son los artistas y una sociedad que se queda esperando siempre más de sus instituciones. Una política cultural vista sólo como trampolín político y siempre separada de las necesidades y las expectativas reales de la gente, estará siempre destinada al fracaso.
EL RETO
Porque la administración de la cultura se trata de imaginación. De imaginación, empatía y humildad. Todo lo anterior, porque pienso que al terminar el paso de Pedro Moreno por el Instituto Municipal de Cultura termina una época.
Ya que durante casi una década su equipo bajó del Olimpo de las oficinas y se encontró con la comunidad artística, supo escucharla y trabajar junto a ella. Un equipo que fue sabio al interpretar los gustos y las divergencias de toda la sociedad. Que trabajó para acercar nuevos públicos, que se atrevió a otras cosas ¿Qué epifanía atravesó al niño que en un ejido cualquiera vio por primera vez el fulgor de una película proyectado contra una barda de adobe? ¿O el chavo que en su misma colonia escuchó y vio a mitos vivientes como Celso Piña o los Tigres del Norte?
El juicio es unánime. Muchos de los grandes eventos ofrecidos por las instituciones públicas durante la década que acaba son fruto de la cortesía, de la imaginación y del trabajo de un equipo maravilloso.
Es cierto, es el fin de toda una época.
Pedro Moreno ha dejado para la administración que viene una estafeta muy alta.
Sus amigos, sus colaboradores, su enorme público, esperamos de quien llegue, que sepa llenar sus zapatos. Con trabajo, con imaginación, con audacia, pero al mismo tiempo, con mesura.
Un reto enorme, sin duda.
Bardo de las bardas
“Los del gallinero pueden aplaudir, los de los palcos basta con que hagan sonar sus joyas.”
John Lennon