La permanencia en el poder, quiérase o no, marca el inicio de la autocracia. Cada que un dirigente estima ser irremplazable o supone que sólo él puede llevar a buen puerto determinadas medidas para garantizar la felicidad colectiva –siempre desde una visión maniquea de la realidad que señala como perversas las ofertas de los adversarios-, se tiende a la omnipotencia individual por encima de la soberanía popular. La democracia implica, por esencia, el derrotero de las mayorías para legitimar los propósitos generales y hacerlos valer más allá de las elites privilegiadas. El modelo contrario es, precisamente, la aristocracia que concentra el poder en un pequeño grupo de influyentes listo a señalar el destino de todos.

La reelección, cualquiera que sea su circunstancia, esto es incluso cuando se trata de validar la buena actuación de un mandatario popular, implica per se un grave retroceso para los afanes democráticos porque, aunque se pase por el refrendo de las urnas, se vuelve al esquema del liderazgo personal como elemento sustantivo de unidad y símbolo aglutinador. Además se inhibe a la competencia política e incluso se le aplasta al usarse la parafernalia gubernamental para exaltar a la figura central. Exactamente lo mismo que en cualquier dictadura.

En México, la sabiduría del Constituyente de 1917 colocó los candados necesarios para evitar las tentaciones, por lo general irresistibles, de la permanencia en el poder. El principio de “no reelección” no sólo fue bandera revolucionaria para validar y extender el clamor contra el tirano, Porfirio Díaz, el soldado republicano que se hizo viejo en el Castillo de Chapultepec sin entender porqué sus “amados mexicanos” requerían de un cambio. La egolatría obnubila de tal modo que impide aceptar la propia decrepitud y los derechos de los demás. Así hasta que llega el finiquito inevitable y la condena histórica. Si Don Porfirio lo hubiese entendido a tiempo acaso habría ahorrado al país el derramamiento de sangre.
Para infortunio de la democracia, las reelecciones cunden lo mismo que las tendencias en pro de las mismas. Los mandatarios se pretenden caudillos listos a “sacrificarse” en el ejercicio del poder hasta que ellos mismos estimen conveniente. Y en este sentido, las elecciones son inducidas desde las fuentes oficiales que influyen, marcan y determinan los desenlaces... incluso cuando se trata de simular respeto por la expresión de las mayorías contrariando, por breve lapso, el criterio de la superioridad. Luego, como está sucediendo en la Venezuela de Hugo Chávez, las aguas vuelven al cauce previamente señalado.

En no pocos casos, más bien en casi todos, la reelección directa marca los derroteros políticos y eleva las hipocresías del grupo gobernante. Durante el primero de los lapsos se busca afanosamente la garantía de permanencia para luego asegurar el disfrute pleno del poder. Así es lo mismo en los escenarios en los que sólo se admite una sola revalidación y en aquellos en donde es más amplio el margen de permanencia. Por lo general éste depende de la energía y la ansiedad del propio mandamás en fase de quedarse y con capacidad suficiente para maniobrar a sus anchas salvo cuando la impericia es mayor a su ambición.

El estilo norteamericano, tomado por muchos como ejemplo a pesar de sus graves deficiencias –la peor de ellas un bipartidismo que segrega a otras corrientes de opinión-, se caracteriza por limitar la reelección a un a sola vez en cuanto al ejercicio de la Presidencia. En el caso de los gobernadores y legisladores la reválida suele extenderse casi de manera indiscriminada lo que alienta, en todo momento, el sueño autocrático y hasta posibilita la exaltación de las dinastías inamovibles. Los Kennedy, los Bush, los Clinton.

Pero también el sistema parlamentario, a la manera de Gran Bretaña y España bajo el simbolismo de las monarquías que concentran la representación del Estado, alienta la permanencia y las reelecciones aun cuando se usen las mesas electorales para asumir con ello la participación colectiva en naciones con larga tradición autocrática y por ende acostumbrados a permanecer bajo la regiduría de una sola voluntad central capaz de aglutinar a las fuentes del poder y reducir a ésta a la sociedad toda.

A cada reelección, y ello puede captarse a simple vista, la exaltación del personaje fundamental es mayor y con ello, claro, se pierde la esencia misma de la democracia: la soberanía popular a la que debieran someterse, rara vez lo hacen, los mandatarios.