Cuando llega una tragedia a la vida de las personas cada uno reacciona de manera diferente, aunque lo hagamos igual en líneas generales. ¿Cómo es eso? ¿Es posible que seamos tan iguales y a la vez tan diferentes? Pongamos un ejemplo: llegó el huracán “Alex” y se inundaron muchas calles y avenidas.

A pesar de que Protección Civil tomó precauciones y alertó con tiempo a la población para que no se arriesgara sin necesidad, muchas personas no calibraron adecuadamente el peligro que representa cruzar un vado o una calle por donde pasa una corriente de agua, y trataron de seguir adelante, aunque algunas otras, prudentemente, dieron vuelta para buscar una vía más segura sin arriesgarse.

Las cámaras urbanas nos permitieron ser testigos de decisiones muy osadas. Hubo quien llegaba a un tramo de calle inundada, con un torrente de agua fuerte y a pesar de que veía el peligro, lo subestimó y trataba de seguir. Seguramente se desesperó y no quiso perder tiempo buscando un cruce más seguro. Decidió que su automóvil era capaz de ponerlo en el lado opuesto y se atrevió a cruzar. Pero el motor se detuvo y su auto empezó a ser arrastrado por la corriente ¿Por qué toma esa mala decisión que pone en riesgo su vida y tal vez la de sus acompañantes?

Porque la lluvia continúa y la sensación creciente de peligro le altera la capacidad normal de respuesta, le genera una condición estresante que le hace disminuir el juicio crítico y le impiden ver que sus respuestas habituales, que en condiciones normales pudieran ser adecuadas, no sirven para resolver condiciones de alto riesgo.

Cuando el orden habitual de la vida diaria se rompe por un fenómeno natural de la magnitud de un huracán, que es imposible de detener por las solas fuerzas humanas, se presentan emociones y actitudes que desorganizan la personalidad y que desencadenan reacciones que llegan a sorprendernos.

Cuando esta tensión psicológica y emocional se acumula y se va perdiendo la calma, en la química del organismo se producen tenues pero visibles cambios. Las personas pasan los límites de su propia tolerancia al estrés y una vez rotos los límites, el comportamiento anormal que aparece a consecuencia de este estrés derivado del rompimiento del orden por causa de ese fenómeno natural altera incluso su manera de entender la realidad, llevando en ocasiones a extremos tales como hacernos creer que no pasará nada, invocando incluso fuerzas mágicas que no nos salvarán del desastre.

El exceso de estrés precipita además comportamientos como el aumento de agresividad intraespecífica. Es decir, las personas se vuelven más violentas contra sus semejantes, pueden desatarse conductas de robo y de violación en individuos que no lo harían en circunstancias normales, pero también es posible que se presente el comportamiento altruista, de apoyo al que está en peligro, aun arriesgando la propia vida. Y vimos como algunos voluntarios arriesgaron todo y sin pensarlo mucho para salvar de una muerte casi segura a personas que quedaron atrapadas en sus autos en medio de esas corrientes de agua. Y lo lograron.

Es decir, estas tragedias sociales pueden sacar lo peor y lo mejor de los seres humanos y nos muestran que, a la par del avance que ha logrado la sociedad, tanto en organización como en prevención de accidentes, la fuerza de los instintos actúa como una reacción en cadena inconsciente que protege, junto al individuo puesto a salvo, a la humanidad que está luchando por perdurar. No hay duda que los animales dominantes salen mejor librados y suelen sobrevivir. Pero también se arriesgan para salvar al prójimo y esto es una prueba social de evolución que siempre deja enseñanzas.

En la lucha que la sociedad mantiene contra las actuales condiciones de inseguridad también se presentan los comportamientos altruistas y son éstos los que escribirán el resultado final, aunque aun ahora no se han hecho notar entre todas las noticias negativas que nos estresan a diario.