Hace muchos años tuve el enorme privilegio de compartir una espléndida mesa, en Ochil -paraje del zorro-, muy cerca de Mérida, la de Yucatán, con doña Eva Sámano de López Mateos. Recuerdo, además, que la invitación surgió de manera espontánea y así me lo hice ver la anfitriona, doña Lucrecia Cuartas de Mediz Bolio, quien fuera esposa de uno de los mayores poetas y escritores del Mayab, don Antonio Mediz Bolio, autor, entre otras aportaciones invaluables, de “La Tierra del Faisán y del Venado”. Me enorgullece ser parte de su estirpe.

Doña Eva tenía carácter y chispa. Sin perder jamás su porte y clase, sabía ser coloquial y hasta jocosa al narrar anécdotas de sus viajes con don Adolfo, su marido, el último presidente de México que dejó el poder sin perder el reconocimiento ni la simpatía populares. (Vicente Fox, sin duda, llegó al poder envuelto en el fervor casi general pero dilapidó escandalosamente su mayor y preciado capital político).

Conociendo a doña Eva, la gran impulsora de los “desayunos escolares” que tanto bien extendieron entre las familias más necesitadas del país aun cuando se tildara a la práctica como paternalista, se hizo para mí evidente el grado importante de influencia que debió ejercer durante el periodo presidencial de su esposo, incluso pese a la fama de mujeriego de éste. La gran señora que fue doña Eva, acaso el faro más alto que debiera guiar a quienes poseen el estatus reflejo de “primera dama”, demuestra que una de los elementos insoslayables de una mujer que se precie a sí misma es no pretender competir con el consorte en una desesperada, a veces desenfrenada, carrera por el mando del hogar, primero, y por el del país, después, en el caso de quienes acompañan a los hombres públicos votados ara ejercer cargos ejecutivos. Perder esta perspectiva es caer en el abismo de la egolatría.

Lamentablemente, se extiende por el mundo la tendencia a simular la permanencia política, traicionando la esencia democrática que exalta a la renovación de cuadros como factor primordial para evitar las tentaciones autoritarias sin fecha de caducidad, a través de la exaltación pública de las “primeras damas” que aducen su derecho a pelear por el mando presidencial aprovechando las luces que sobre ellas se posaron cuando sus respectivos compañeros arribaron a la conducción de sus naciones. El hilo conductor de estas historias, no les quepa la menor duda, es la ambición indisimulada, descocada diríamos. De Evita al fenómeno Hillary, en un camino plagado de simulaciones extremas.

En 2003, en México, debimos pasar por la experiencia de observar la imparable evolución de la mujer del presidente en funciones, Marta Sahagún, con evidente tendencia a ocupar el sitio del marido cuando el periodo sexenal feneciera. Menos mal que pudimos hacer sonar las alarmas -Marta, Océano, 2003-, para evitar lo que hubiese sido uno de los mayores descalabros de nuestra historia. Imagínense, amables lectores, hasta que punto hubiera obrado la parafernalia oficial, guiada por la autocracia foxista, registrando lo sucedido parta bloquear al aspirante de la izquierda sin el menor pudor político y con abierta ostentación de la fuerza institucional. De haber sido ella la abanderada, Vicente, el marido sin carácter ante su cónyuge, simplemente hubiera tirado la casa por la ventana -es decir la institución presidencial-, con tal de asegurarle un lugar en el Olimpo del poder y caer rendido ante sus plantas. Menos mal que todo quedó en un mal espejismo.

De allí que no haya punto más destacado, a lo largo de l primera parte de su administración de Felipe Calderón, que la diligente, eficaz y, sobre todo, discreta presencia de Margarita Zavala Gómez del Campo, su esposa, quien debió separarse de una diputación federal, esto es con camino andado, optando por respaldar vigorosamente a su compañero. Por eso, naturalmente, a nadie extrañó que la ovación más sentida y uniforme, en el primer repaso anual del titular del Ejecutivo, haya sido para honrar a una “primera dama” que comienza a obtener frutos sin necesidad de montarse en las ambiciones políticas desorbitadas.

Para doña Margarita, todo nuestro respeto. En doce meses recuperó la perdida dignidad de una figura que, sin fundamentos legales de ninguna especie, pretendió ponerse a la par del Presidente en el ejercicio del poder. Nada menos que un cogobierno como el de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, quienes acuñaron su propio blasón: Monta tanto, tanto monta.

Debate

Los argentinos cuestionan a su presidenta pero para ellos no es nuevo el modelo político. Parecen, más bien acostumbrados, a tropezar varias veces con la misma piedra que los ha conducido al despeñadero en algunos momentos estelares de su singular historia rebosante de dictadores y golpistas de la peor calaña. Menos mal que cuentan con Maradona, y ahora Messi, para mirar hacia otro lado sin perder el sonsonete marcado del presuntuoso orgullo colectivo.

No sé si sea cuestión del carácter nacional o de una apatía pública manifiesta hacia las cuestiones políticas, pero para el caso es lo mismo: Se refrenda la figura del matriarcado generado en la ambición de pareja y no, como se pretende, en la vocación democrática de la misma. Por ello se hace necesario, a la vista de la presencia de Cristina Fernández de Kirchner en el poder, con una historia personal veleidosa como las de sus antecesoras Evita e Isabel, las dos de Perón, revisar el esquema que permite los excesos de la reelección simulada con el marido convertido en perro faldero. ¿Quién habló, en México, de las faldas de su señora para presumir por la persecución por ellos implementada contra quienes ejercían su derecho a expresarse?

No se olvide que los vicios y males políticos, como los asesinatos en serie, proveen de imitadores listos gustosos por imitar las veleidades del poder en beneficio propio. Ya verán ustedes que sucede en Venezuela si la sociedad confirma su rechazo a seguir validando las reelecciones del falso “demócrata” Chávez: De no encontrar otra salida para manipular la conciencia del colectivo, acabará por postular a una “primera dama” recogida entre las incondicionales de la militancia. La costumbre puede extenderse, claro, peligrosamente.

Es imperativo subrayar que urge rescatar el valor más trascendente de la democracia: Precisamente, la frescura de la renovación política periódica. No se olvide que el modelo es contrario a la aristocracia, de acuerdo a la definición clásica y se fundamenta en el imperativo de concentrar en el pueblo la soberanía para limitar a quienes aspiren al caudillaje, en primera instancia, y a la dictadura, de inmediato. El solo hecho de prolongar el periodo presidencial, esto es bajo la reelección directa o indirecta, esto es después de pasado cuando menos un periodo, es contrario al espíritu del modelo.

Es evidente que debe hacerse crecer la demanda contra cualquier forma de reelección, incluso en el seno del Legislativo como ya se pretende en México. Tal ruta provee de caudillos no de líderes a la vida institucional. Por eso, claro, un antiguo golpista, Chávez, ha sido capaz de remar a través de tres elecciones por él controladas. Y si ahora acepta el resultado negativo de un plebiscito sobre la Constitución local, es porque ya tiene preparado el episodio segundo en la que, por supuesto, será capaz de recrudecer el uso de la parafernalia oficial sin que nadie dude de su talante “democrático” por haber aceptado una primera derrota. A eso es a lo que llamo manipulación de la conciencia colectiva.
http://www.rafaelloretdemola.com