PARA JULIÁN HERBERT.
Es cierto, hay libros que transforman al hombre. Y citando al gran poeta Eduardo Milán, “he visto poemas salvar vidas / sin que lo sepan los poemas / ni las vidas…”.
Pero no bastan las cualidades propias del libro, sino una disposición auténtica y por parte del lector. Alguien que se asuma dispuesto a entrar en el umbral de un recinto que conmoverá sus recintos más profundos. Sin un lector de verdad, no hay objeto más estéril, más inútil. Como un mundo dormido esperando por nadie.
Se ha insistido hasta la náusea que el mexicano no lee. Que los franceses, que los suecos, bla bla… Pero tercermundistas al fin, nos pesa más el viejo lastre de los criterios cuantitativos. En ese sentido no deberíamos estar preocupados porque el mexicano no lee ochenta libros al año, sino preguntarnos ¿cómo lee?, para qué.
Es fácil saberlo. Pongan a redactar una sola cuartilla a un estudiante de
licenciatura.
SIMULACIÓN Y LETRAS
Cuando la lectura es un acto íntimo y una elección individual ¿sirven de algo las campañas masivas para la lectura? ¿Necesita el libro de profetas como Adal Ramones o actricitas de Televisa con su sonrisita de programa de concursos empujándonos a leer para “ser mejores”?
¿Quién no se ha topado con tantos reseñistas que fundan su fama de ubicuos intelectuales en la superflua lectura de solapas y contraportadas; o los presentadores profesionales de libros, personajes acostumbrados a recitar una retahíla de lugares comunes y graciosos, más “entertainers” que autores de una sola reflexión original?
La verdad es que existen legiones de gente con un cerebro refractario al poder transformador de los libros.
“Cabecitas duras”, decía mi maestra de la secundaria, enfebrecida normalista. Cada vez lo compruebo más seguido: hay gente a la que la lectura deja intacta.
Es terrible pero cierto: hay libros que cruzan el pantano de nuestra ignorancia y no se manchan.
SIGNOS
En Farenheit 451, Ray Bradbury, recientemente homenajeado en la FIL de Guadalajara, plantea la distopía terrible: una sociedad donde los libros están prohibidos, y la consecuente odisea del desertor de una brigada de bomberos encargada de aniquilar el último vestigio de la palabra impresa. La revelación más bella del longevo visionario es la siguiente: ante la civilización aniquilada, los restos de la cultura son una horda de locos dispuestos a memorizar el contenido de las obras fundamentales; éste es el “Eclesiástes”, aquel otro “Romeo y Julieta”, “La Divina Comedia”. Vagabundos sin nombre a través de vías muertas llevando dentro de sí todo aquello que en los libros es fundamental para el hombre. Libros vivientes, hombres sin nombre.
Por eso cuando pienso en el poder transformador de la lectura no vienen a mi mente ni los bienintencionados promotores, ni los ambiguos presentadores; más bien la abuela leyendo en un rancho perdido “La ciudad de Dios”, regalo de un seminarista. A mi viejo deletreando bajo un foco de 60 watts por la madrugada. O a un poeta que admiro profundamente, leyendo de niño “La Isla del Tesoro” para cobijarse de la intemperie.
Bardo de las bardas
“La literarura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.”
Rodolfo Walsh.