El país sigue en pie aunque los políticos se empeñen en acabarlo
Reconforta constatar que a pesar de la violencia callejera, las noticias publicadas, las que los medios omiten por falta de garantías y las que circulan de boca en boca, La Laguna no ha sido vencida por el miedo. Ni lo será. El mensaje ciudadano a este respecto es rotundo, contundente: “Señores delincuentes, nosotros somos más. Aunque muchos de nosotros hemos flaqueado y otros, de plano, enlodamos apellidos y sucumbimos al tintineo del dinero sucio, mal habido, nuestras fuerzas serán siempre superiores a aquellas que roban —ahorro, patrimonio, paz social—, siembran terror y asesinan a mansalva”.
El 7 de marzo, miles de atletas corrieron el maratón Lala y decenas de miles más los ovacionaron: niños, jóvenes, adultos, ancianos. Las calles eran una fiesta: alegres, vivas, pletóricas. ¿Quién puede con esa fuerza buena, positiva? Nadie. El miércoles pasado, en otro ambiente, la escena se repitió: decenas de miles vitorearon a los ratoncitos verdes de Javier Aguirre en el Territorio Santos, cuyo talón de Aquiles no sólo es la falta de vialidades y estacionamientos a su altura, sino los ríos de gente abandonada a su suerte entre el estadio y sus coches u otro medio de transporte.
“Y eso que estamos en crisis”, comenta un vecino de asiento. “¿Qué tal si no la hubiera?”, remacha. La pregunta debía ser otra: “¿Cuándo no lo hemos estado?”. O es la inflación o es la influenza. La recesión o el desplome de los precios del petróleo. Un presidente ladrón o uno incompetente. El narcotráfico o las mafias de cuello blanco. Las que hayan sido, el país sigue en pie por más que los políticos se empeñen en acabarlo. A veces están a punto de lograrlo, pero, de nuevo, la resistencia social lo saca a flote.
Mas si esa capacidad se aplicara no sólo para soportar, sino para transformar, la historia, entonces, sería otra. Ejemplos en el mundo hay muchos. Y no sólo me refiero a las primeras potencias. También existen países pequeños y medianos que al sacudirse taras, traumas y complejos, nacionalismos obtusos y anacronismos revolucionarios, se volvieron exitosos. México, por desgracia, aún no está en ese camino. Ni lo estará mientras la ciudadanía —con su participación, su crítica, su voto— no fuerce a los políticos a desquitar el sueldo.
En Torreón no todo el mundo corre maratones ni tiene dinero para llenar los estadios, pero quienes lo hacen forman parte de esa riqueza humana capaz de sanar tejidos rasgados o contaminados. Para lograrlo es preciso voltear a los barrios marginales, algunos de ellos convertidos en zona de guerra. Es necesario invertir más –y mejor- en educación, deporte, salud, cultura, y menos en relumbrón. A este esfuerzo deben sumarse empresas, organizaciones civiles, medios de comunicación.
El momento de actuar es ahora. Ciudad Juárez enseña las profundidades a que puede caerse cuando la sociedad y el gobierno optan por el disimulo. Para que el miedo no gane y las calles sean para la gente buena, es insoslayable erradicar mezquindades