Los recuerdos vienen a mi mente mientras escribo, mientras le digo a mi amada que la quiero mucho y ella me responde que me quiere muchísssssssimoooo.
Sábado por la mañana y he tenido que alcanzar a mi pequeño Talismán en un campamento, en un pueblo alejado de la civilización.
Mientras escribo, frente a mí, una luz roja ilumina el frente de una casita…
Y vuelven a mí los recuerdos…
Recuerdo esa luz roja… y mortecina… que agoniza y no se muere, que llama a gritos a los mosquitos y a los trasnochadores.
Me siento en el quicio de la puerta mientras escucho el ruido del sartén en donde mi madre prepara el huevo con frijoles, la gorda de maíz y el chile seco.
Mundos separados por una calle… a las siete de la noche en invierno la calle empieza a quedar vacía, solitaria, y la música de “La bala” inunda los sentidos desde la casa de “doña Chucha”.
Cuando no tienes otro lugar a dónde ir, tienes que hacer tu propio lugar…
Felisa llega de su cobranza… con los pies molidos y la frente en alto.
“Métase mi niño, que si no, va a mirar cosas feas”.
Sí, los borrachos que salen a perseguir a las muchachas de la casa… las nalgadas a las damiselas… las palabrotas.
Pero me gusta la luz roja, no sé por qué… siempre pensé que mi casa se hubiera visto bonita con una luz roja… o verde, una distinta, que no fuera como la aburrida luz amarillenta del corredor.
Hay mucha gente buena que se dedica a oficios malos…
Hay gente mala que se dedica a oficios buenos…
Doña Chucha no peleaba con los vecinos, ni con las vecinas… por las mañanas respetaba el cauce de la vida normal; íbamos a la escuela, jugábamos en la calle y cuando pardeaba, entonces sí, salía para tomar posesión de su dominio.
Pero había también un sacristán que le daba 20 centavos a las muchachas por levantarse el vestido.
¿Quién era peor?
Me caía mejor doña Chucha, porque siempre fue un misterio celosamente guardado para todos… para mis hermanos y para mí, ¿qué había detrás de esa reja de madera?
Mis amigos de cuadra perdieron la inocencia con una señora de allí, doña Rosa… impresionante de belleza, grandota y de redondeces muy marcadas que me provocó alteraciones en el ritmo cardíaco muchas veces…
Quise ir… me invitó una vez, pero no tuve valor para desafiar la mirada de águila de mi madre; me quedé con las ganas, debo decirlo, y todavía sueño con que si la vuelvo ver, estará igual que en aquellos tiempos.
Luz… roja es la luz…
La vida es prostitución, decía don Rafa el de los Transportes Coatzintla…
Todo se vende… todo se compra.
¿Todo?
Bueno, decía… no todo, siempre hay cosas que debes guardarte nomás para ti.
Pero es que uno se acostumbra a ver la prostitución como algo normal…
“Aguas… porque si te acostumbras, estás jodido”.
Ya sé en dónde empieza todo…
No sé en qué termina.
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