“Sólo hay una cosa peor que el PRI: La oposición”.

Así sentenciaban los viejos lobos de la política cualquier debate sobre la larga hegemonía priísta. Yo escuché pronunciarse así al hoy extinto Alfonso Martínez Domínguez, ex gobernador de Nuevo León y ex dirigente nacional del PRI, cuando la otrora estructura invencible comenzó a hacer agua bajo el creciente clamor por “el cambio”. Se decía, claro, que sólo los institucionales tenían el secreto para gobernar a un país tan plural y complejo; los demás, de acuerdo a la misma visión, sólo apuntaban quimeras sin saber siquiera cómo andar hacia el futuro.

La machacona idea de que, por ejemplo, la derecha no sabe dirigir el destino nacional, es ahora confirmación evidente ante los saldos deplorables: ni siquiera ha sido capaz de lamedor revisión histórica y, para colmo, el presidencialismo atávico se le revierte. Allí están los impertinentes Fox, ella y él naturalmente, para confirmar cuanto se quiera acerca de la impunidad aviesa y los intereses soterrados intocables y proyectados por el continuismo inmovilista. Ni el menor revulsivo aun cuando tantos se persignen para sentirse redentores.

De acuerdo a las encuestas recientes, el retorno del PRI a la Presidencia –no al poder porque de éste no se ha separado ni un minuto-, es más que posible. Y algo más: si en este momento el gobernador mexiquense, Enrique Peña Nieto, compitiera por la Primera Magistratura con el panista Santiago Creel Miranda –el mejor posicionado de su partido- y el perredista Andrés Manuel López Obrador, obtendría el primero el cincuenta y uno por ciento de los votos con enorme ventaja sobre sus adversarios que se disputarían franjas entre el trece y el doce por ciento. Una ventaja que parece inalcanzable aun cuando faltan más de dos años para la justa definitoria.

Roy Campos, con quien me tomé un café hace algunas semanas pese a mis resistencias sobre las recurrentes encuestas, me explicó asimismo que hace seis años el PRI también tenía cierto handicap a favor... pero con apenas un punto porcentual separándolo de su más cercano perseguidor, el PAN. Y bien sabemos que, a partir de entonces, el PRD comenzó a desplazarse con tranco ganador hasta situarse, al momento del arranque de las campañas, a la cabeza de las preferencias generales. En semejante circunstancia, Fox partió con una desventaja de dieciocho puntos al iniciar su franco andar hacia Los Pinos... y llegó antes que sus rivales.

No obstante lo anterior, destaca uno de los renglones de la encuesta: el PRI es, ahora mismo, el partido mejor posicionado no sólo para ganar la carrera presidencial sino incluso en las entidades en donde, este año, habrán de disputarse las gubernaturas, con todo y el peso de las coaliciones heterodoxas. En lo personal, me sorprende este registro, sobre todo porque observo muy fuertes las propuestas aliancistas en Oaxaca, Durango y Puebla, aun cuando no desconozco un hecho incontrovertible: los controles electorales que ejercen quienes administran los poderes regionales con acentos caciquiles.

Y es por demás interesante asentar que ya se estima, desde este momento, la posibilidad, a favor del PRI, de recuperar la “mayoría absoluta”, esto es la mitad más uno de los sufragios emitidos, sin requerir siquiera de una segunda vuelta para el caso de que tal moción se apruebe aun cuando tal sea bastante improbable por efecto del sectarismo faccioso. La última vez que tal sucedió, aunque de manera fraudulenta, fue en 1988 cuando se adjudicó a Carlos Salinas poco más del cincuenta por ciento de los votos emitidos con el estruendo del escándalo. (Al respecto, el entonces primer mandatario, Miguel de la Madrid, reconoció, aunque después se desdijera, que en realidad su partido, el PRI, había perdido tal elección).

Ello llevaría también a la posibilidad, aun con cuanto puedan aportar los llamados “votos diferenciados”, den que en el Congreso el otrora partido invencible alcanzara un porcentaje similar, asegurando de hecho, con el aliento de los minoritarios susceptibles de ser cooptados con facilidad, el control de sendas Cámaras y el retorno, por ende, del antiguo modelo, esto es cancelando lo poco que pudo avanzarse para merma del presidencialismo. Otra vez, sí, en el punto de partida.

Es obligado, entonces, otear hacia la más cercana de las posibilidades: el retorno del priísmo a Los Pinos. Digámoslo sin eufemismos: tal sugiere un regreso por la misma senda porque de frente sólo ahondaríamos el extravío y hasta encontrarnos en el mismo valle de las simulaciones desde el cual comenzamos, o lo creímos así, a explorar nuevas sendas democráticas en el 2000.