La política y los políticos utilizan el miedo, con frecuencia además, para manipular a los colectivos e inducirlos a apostar por la continuidad del estado de cosas. No hay distingos partidistas para ello, menos cuando se ejerce el poder. El atentado terrorista en Madrid, en marzo de 2004, con saldo de 192 muertos y mil ochocientos heridos graves –uno de éstos en coma irreversible-, fue el factor determinante para que los indecisos, en buen número, dieran al traste con las encuestas votando a favor de los opositores del PSOE para sancionar al gobierno del chaplinesco José María Aznar por haberles mentido, deslizando la posibilidad de que la autoría del hecho deleznable fuera del grupo ETA vasco y no de los islamistas, como finalmente se corroboró.

Durante más de tres años y medio, desde la fecha trágica, los bandos en pugna permanente en la Iberia brava se lanzaron acusaciones mutuas: La derecha hablando soterradamente de una conspiración y la izquierda señalando hacia la presencia de tropas españolas en Iraq, ordenada por Aznar, como posibles móviles de una tragedia sin sentido. Tiempo después, la Audiencia Nacional falló en contra de algunos de los involucrados como ejecutores del plan –con penas hasta de más de 40 mil años de prisión-, pero determinó que la causa había sido más bien de carácter fundamentalista, no necesariamente por el envío de militares a Medio Oriente y desligando a los etarras de cualquier vínculo. Los grupos políticos, por tanto, fueron exhibidos como mentirosos al exaltarse la verdad jurídica. No obstante, el PSOE formó gobierno y el PP mantiene, desde la jornada trágica, el talante intransigente para encuadrar sus descalificaciones al presidente José Luis Rodríguez Zapatero en un círculo cerrado por el terrorismo.

Sí, como en México, el miedo ha sido un elemento sustantivo a las nuevas campañas. Lo fue en nuestro país en 1994, cuando el asomo de la barbarie indujo a más de 17 millones de votantes a avalar la continuidad priísta así fuera sufragando por el candidato menos carismático y más anodino, además quien menor tiempo tuvo para promoverse, de cuantos han pasado por la pasarela. Y también en Estados Unidos en donde el horror del 11 de septiembre de 2001 determinó y así lo registrará la historia, la consolidación del liderazgo de Bush junior cuyo perfil salió más que cuestionado del denso proceso electoral de 2000 cuando Al Gore, su rival demócrata, optó por refrendar su fe en el sistema retirándose de la puja poselectoral cuando las mafias de la Florida tomaron el control sobre los escrutinios definitorios. Miedo y chantaje.

¿Y qué decir del mencionado Gore quien curó las heridas de la “derrota” convirtiéndose, nada menos, en apóstol de la lucha contra el calentamiento global y en pro del medio ambiente, aun cuando él, en su condición de vicepresidente y al lado del marido de Hillary, el mandatario Clinton, ni siquiera firmó el célebre Acuerdo de Kyoto que, entre otras cosas, obligaba a las industrias estadounidenses a modificar sus métodos destinados a deshacerse de sus desperdicios contaminadores? Con cinismo galopante, el hombre ganó, primero, el Emy por su documental supuestamente premonitorio y después vino el Óscar. Más adelante recibió el premio Príncipe de Asturias, el más prestigioso de los de habla hispana y finalmente el Nobel de la Paz por sus conferencias llenas de advertencias por las que cobra 300 mil dólares aproximadamente, esto es más de tres millones de pesos. Un altruismo, digo, muy redituable.

Todo ello gracias al miedo de las sociedades. El mismo que se induce constantemente a través de las series televisivas y las películas que muestran paisajes devastadores como destinos seguros de la humanidad. No hay manera de analizar las cosas serenamente porque hemos sido impulsados a creer en el esquema de las catástrofes permanentes, en crecida además –como cuando se nos dijo que los huracanes de 2006 triplicarían a los devastadores de 2005-, para asegurar las carreras de los postulantes a mesías. Ojalá que no todos sean, digo, como Hugo Chávez. Siquiera pidamos eso.

El debate
A míster Gore le han respondido algunos otros líderes para alimentar sus propias cruzadas personales. El derechista español Mariano Rajoy insistió en que no eran confiables los anuncios catastrofistas porque un primo suyo, científico, le había dicho que si los meteorólogos se equivocaban con frecuencia al anunciar el clima de mañana ¿por qué creer en los pronósticos de lo que puede pasar en trescientos años? Desde luego, los ecologistas se lo han comido vivo como se hace con los gusanos de maguey en el mercado de Oaxaca.

Los extremos, en todo caso, se tocan y demuestran la evidente propensión a alterar los hechos, manipulándolos con descaro, para cooptar políticamente a los poco informados y a quienes odian pensar para razonar sus propios criterios. Es este elemento el que impera, por desgracia, a la hora de las grandes definiciones políticas; y acaso determina, igualmente, el degradante efecto posterior: El desdén de la clase gobernante al clamor generalizado sobre asuntos que la comprometen.

Si se tratara de honrar a la democracia no podría la Casa Blanca mantener su presencia militar en Iraq en custodia de sus intereses energéticos. Ni quizá se sostendrían los símbolos monárquicos sobre sociedades que claman por exaltar la memoria histórica para converger hacia la coherencia política. Ni se fundarían modernas aristocracias sobre los cimientos podridos del pasado inmediato sin distingo de partidos ni ideologías como sucede en México. Sencillamente se procedería de otra manera y no habría cabida, por ejemplo, para los grandes predadores de un pretérito cercano: Ni para Manuel Bartlett, el mayor de los represores del viejo régimen erigido ahora en defensor falsario del nacionalismo, ni para la maestra Elba Esther, “La novia de Chucky” –muy animada por cierto durante las recientes celebraciones de Halloween-, ni para los ex presidentes que no aprueban, ni remotamente, el diferendo histórico. Habría, sencillamente, justicia.

Desde luego se le tiene miedo a la democracia porque en su ejercicio pleno no podría amparar a los tantos simuladores, como Ernesto Zedillo, el mayor de todos, ni a los perversos enamorados de ellos mismos, como Echeverría y Salinas, ni a los funestos demagogos que se sienten intocables a pesar de las cientos de evidencias en su contra, como los Fox, él y ella, “tanto monta, monta tanto” como ya se dice también en Argentina con los exultantes Kirchner que ya verán ustedes cómo terminan. Sólo regístrenlo, amables lectores.

El medio es patológico al tiempo que crecen las falacias, las inducciones falsarias y hasta la cursilería con fines de dominio.

El Reto
Me gustan los animales, pero jamás me he atrevido a ponerlos por encima de los seres humanos. Hay que respetarlos, sí, pero sin peder de vista el sitio que ocupan en el ciclo de la naturaleza misma. Ni los más exaltados manifestantes han cuestionado, por ejemplo, a las fieras que devoran a otros seres vivos para subsistir, incluso en los parques nacionales de África; en cambio, cuestionan a quienes, mujeres y hombres, se alimentan con carne “de cadáveres” según insisten en exaltación plena de cursilerías.

Hace unos días las protestas llegaron a la entrada de un circo; los quejosos animalistas distribuyeron una sentencia terrible entre los asistentes a una de las funciones: “Los animales quieren su libertad. Pongámonos en su lugar”, rezaba una de las conclusiones más destacadas. Estupendo: Dejaré de ir a las corridas de toros cuando los mismos que las fustigan sean capaces de soltar a sus mascotas dotándoles de libertad y espacios naturales. Parece que ya los escucho, protestando claro: No podrían sobrevivir, dirían, como si ellos ocuparan el papel de Dios. Tampoco los toros de lidia lo harían sin los cuidados de la ganadería especializada.

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