Hubo un tiempo en el que el cinismo sustituyó a la mesura y las amenazas se tornaron sarcásticas. Y en este punto, por desgracia, nos quedamos. Fue durante el sexenio de Miguel de la Madrid, cuando la pretendida “renovación moral” nos llevó al “boom” del narcotráfico y al inicio de la escalada de violencia que ahora nos asfixia. Recuerdo al respecto una tremenda sentencia de Ramón Aguirre Velázquez, a la sazón regente de la ciudad de México, quien pretendió prevenirme sobre los riesgos de investigar algunos de los crímenes contra periodistas cometidos en el lapso, específicamente el homicidio de Carlos Loret de Mola Mediz:
Por nosotros –esto es el gobierno-, no tenga cuidado. Cuídese de quienes quieran hacernos un favor a costa de usted. ¿Me entiende?
Es decir como el periodista resultaba molesto la cacería contra él podía significar, en las mentes torcidas de los lacayos, una posibilidad de ascender en la escala de valores. Hasta este punto descendió la política mientras los ejecutores aumentaban en número y extendían la red de amenazas veladas contra la libertad. Por algo, hasta el periodo sexenal que corre, bajo la administración delamadridiana se registró el mayor número de asesinatos contra informadores: setenta y cuatro, nada menos.
Luego de haber abrazado la célebre “Copa del Mundo”, un altísimo honor exclusivo para los campeones del orbe, los altos funcionarios de la mafiosa FIFA y los jefes de Estado –en este orden por supuesto-, Felipe Calderón debió admitir que ningún récord es imbatible, incluyendo la larga secuela de homicidios contra periodistas. Porque resulta que la Comisión Nacional de Derechos Humanos fijó en el 2009 al año “más violento” contra los profesionales de la información de toda la historia con más de un centenar de casos, entre asesinatos, “levantones”, secuestros, amenazas de muerte y persecuciones.
Desde luego, a los altos mandos gubernamentales la estadística no les conmueve ni apremia. Sencillamente, es consecuencia de un ámbito violento que, de modo alguno, puede atribuirse a las mayores instancias públicas. Y así lo expresó el señor Felipe Calderón al resumir que la tendencia al alza en este renglón es consecuencia de las vendettas del “crimen organizado”. Esto es: No se confundan, nuestras autoridades son generosas y civilizadas, incapaces per se de reprimir a los críticos o a cuantos pretendan exhibir, mediando indagatorias periodísticas, a los grandes predadores de la vida institucional. No se les olvide, por favor.
En la misma línea, el propio mandatario adujo, sin detenerse un minuto a meditar sobre sus propias palabras –una condición cada vez más frecuente acaso por efecto de las demoledoras tardeadas en Los Pinos-, que los medios informativos son responsables de extender los mensajes del narcotráfico por publicar fotografías de las mantas colocadas por éstos... en las narices de las corporaciones policiacas. La deformación no puede ser mayor: Mientras el Gobierno es rebasado, sea por incompetencia o complicidad de algunos funcionarios, se cuestiona a los informadores por cumplir su misión toral, precisamente la de comunicar hechos a una comunidad tantas veces engañada por la superioridad política y saqueada por los mandamases financieros.
¡Leña verde para quemar periodistas! Y, si se puede, con carbón encendido destinado a señalar al democrático “círculo rojo” en donde colocaron los Fox a sus críticos mientras los incondicionales gozaban de los favores de la casa presidencial sin el menor recato. Lo mismo ahora: Los animosos promotores del continuismo, mismos que lanzaron la monserga de los “peligros” para estigmatizar a una izquierda ensoberbecida y desdeñosa hasta de su propia defensa, gozan de cabal salud mientras los adversarios son repelidos, de manera ominosa, descalificándose cuanto hacen y opinan por el mero prurito de no recibir líneas desde el superior gobierno. ¿Vamos entendiéndolo?
Y de todo ello surge la pregunta clave, incómoda para los usufructuarios del poder presidencial: ¿Ya olvidó la “moderna” clase gobernante su deber para ofrecer garantías, no quimeras retóricas, a la libre expresión de las ideas?¿Acaso no se trata del numen de la democracia, su eje diríamos, en cuanto a que el derecho a disentir y opinar privilegia el modelo y lo extiende?
Desde luego, nos dirán que el mandatario en funciones no está para filosofar –salvo si se le requiere como farol de fiesta-, en momentos en que la emergencia crece porque las mafias están ganando la batalla territorial por México pese a la rabiosa publicidad oficial que presenta a los cuadros oficiales en aparente dominio de las circunstancias. De ser así, ¿por qué algunas candidaturas claves, en este complejo 2010, se acercan más a los enclaves mafiosos que a las militancias marginadas? Quien pretenda tener la respuesta que arroje el primer dardo venenoso.
Mirador
Las dobles lecturas pueblan el ámbito nacional con las mismas, viejas monsergas. Lo mismo si se trata de ocultar los afanes persecutorios, sobre todo contra los periodistas independientes, que para satanizar frívolamente a cuantos cuestionan las vandálicas conductas y las apetencias incontrolables de ciertos religiosos que incluso han pretendido, extendiendo engaños, alcanzar la santificación. Tal el caso del padre Marcial Maciel, fundador de los “Legionarios de Cristo”.