En Venezuela y Colombia, confrontadas por modelos políticos e intromisiones contra las soberanías de sendas naciones, sus mandatarios, el mesiánico Hugo Chávez y el resistente Álvaro Uribe, asumen prioridades en busca de sus respectivas permanencias presidenciales. El primero, pese al rechazo inicial de la mayor parte de los electores, no cesó hasta fabricar el escenario ad hoc a sus ambiciones; y el segundo, aun cuando los Magistrados observan diversas violaciones en los procedimientos, mantiene el curso seguro de que sobrellevará los obstáculos para seguir y seguir gobernando tras una posible segunda reelección.

Tal estimula, por supuesto, a cuantos, en México, abogan por derrumbar el muro de la no reelección que erigió la Revolución para zanjar el tremendo diferendo histórico tras más de treinta años de dictadura –menos de la mitad de lo que se extendió, en su primera etapa, la hegemonía priísta- aun cuando no se atreven a finiquitar, igualmente, caudillajes y cacicazgos que, sin duda, serían favorecidos de aprobarse la iniciativa de Calderón para prohijar la permanencia de alcaldes y legisladores con la argucia de construir “carreras”, sean parlamentarias o municipales, con el consiguiente ahorro de campañas y comicios.

La descomposición de nuestra incipiente democracia en células sectarias reacias a aceptar cuanto provenga de los adversarios, desemboca en las resistencias tremendas y en la imposibilidad de alcanzar acuerdos en lo sustantivo, esto es como si cada cual tuviera exclusividad para explotar, sólo para sí, el concepto de soberanía y la consiguiente viabilidad nacional. Por eso, por ejemplo, se queja el PAN gobernante de no estar acompañado por la disidencia cuando intenta destrabar algunos candados –entre otros, el de las acendradas minorías incapaces de obtener un verdadero aval mayoritario; y por ello la propuesta en pro de las segundas vueltas electorales-, en busca de otras perspectivas. Y por lo mismo, la oposición señala al gobierno por su incapacidad para negociar y rectificar en algunos puntos. Lo mismo hicieron los Fox hasta que optaron por replegare.

Es curioso que así como es imposible acordar en lo trascendente sea tan sencillo, y hasta superficial, construir pactos electorales en distintas entidades del país entre los grupos más enfrentados en los planos nacionales. Y más todavía cuando se comprueba que las descalificaciones cesan en cuanto los quejosos comienzan a actuar en la misma línea. En cada caso los protagonistas alegan que aglutinar corrientes distintas no significa claudicación alguna sino que intentan alcanzar metas comunes en beneficio, claro, de sus respectivas jurisdicciones en una dicotomía fatal entre el bien propuesto y la perversidad... de los rivales.

Cuando, hace dos semanas, el PAN, el PRD, el PT y Convergencia, confluyeron en apoyo de la candidatura de José Rosas Aispuro al gobierno de Durango, la dirigente nacional del PRI, Beatriz Paredes Rangel, quien mantiene su optimismo en la recuperación de su partido, manifestó su rechazo, y hasta su repulsión, por cuanto significaba la unión “perversa” de corrientes políticas históricamente contrapuestas. Sin embargo, días después, en Zacatecas, donde gobierna el PRD desde hace casi doce años, el PRI, unido con el PT –el de los radicales lópezobradoristas-, propuso a un postulante común, el diputado Alonso Reyes, exactamente con los mismos criterios de sus adversarios en otras entidades, esto es, arguyendo que se provee el bien común que sólo puede darse rompiendo las fuentes de los cacicazgos amorales.

Esto es, lo que no se vale en Durango es correcto en Zacatecas y viceversa, de acuerdo a la cerrada visión de las dirigencias partidistas, acaso obcecadas y obnubiladas por el frenesí sectario, reñido con la democracia. Y en esta línea van a proseguir los falsarios de un modelo que, por supuesto, no funciona porque todos se engañan entre sí exaltando, como tanto hemos subrayado, a la antítesis, la demagogia, que gesta algunas de las mayores hipocresías en el gran tianguis de las rebatiñas. Sin sustentos, sólo con acomodaticios fines, perentorios y circunstanciales.

De esta línea no salimos. Así, cada tiro sale por la culata e irremisiblemente anula al disparador. Tremenda confusión la de la sociedad mexicana a causa de los barruntos facciosos. Y, para colmo, se nos presenta el panorama aduciéndose de que esto se trata la democracia, como si ésta fuera candil de los manipuladores sin otra conciencia del colectivo que el conformismo. ¿Acaso no estamos de retorno al punto de partida?

¿Hacia dónde puede dirigirse un país en el que sus dirigentes confunden, se contradicen, mienten y no saben ser coherentes? Desde luego no a la modernización ni a la consolidación democrática mientras se arrastren los anacronismos de la intolerancia, la vieja matrona de los arrogantes, sin que surjan liderazgos capaces de representar, en serio, a los mexicanos.

Debate
No se señala el camino, se le llena de obstáculos, al tiempo que la sociedad madura y sus órganos de representatividad política van quedándose cortos. Sobre ello debieran meditar quienes integran a las cúpulas dirigentes y no son capaces de encontrarle la cuadratura al círculo. Porque, al paso que vamos, pueden llevarse una tremenda sorpresa en 2012 pese a los magros intentos por interesar a la ciudadanía en los postulantes a engrosar la carrera sucesoria.

El hastío ya se refleja entre buena parte de los mexicanos. Y ello conduce, sin remedio, al ensanchamiento de la franja abstencionistas que va delineando la desconfianza general no sólo en los procesos sino también en cuantos integran los organismos de representación política.

Hace unos días, un amable lector preguntaba si abstenerse, sobre todo por no sentir confianza hacia ninguno de los aspirantes que se presentan a una justa comicial, es legítimo. Le respondí que, en todo caso, no es políticamente correcto pero no ilegal, de modo alguno, sobre todo cuando implica una postura meditada y resuelta con el rechazo a acudir a las urnas. Otra cosa sería que tal deviniera del aburrimiento o, peor aún, del desinterés en el futuro del país que es, en sí, el de todos nosotros y de quienes vienen detrás.

Como van las cosas, no puede descartarse una mayor tendencia abstencionista por efecto de la desilusión general. No se olvide que el fracaso de la primera alternancia y la posterior secuela antidemocrática que habilitó a Calderón como “primer mandatario” con el rechazo evidente de casi siete electores de cada diez, inhibieron y enfadaron a muchos. Sin duda, el agobio por sentirse despojados o engañados, eleva las dosis de frustración interna en un gran número de mexicanos. Y esta es todavía mayor a la vista de la parálisis estatal que se refleja en los vacíos de poder prevalecientes.

Cuando se observan las perspectivas la alarma cunde. Por una parte, el anquilosamiento de la derecha que imposibilita moralmente la tendencia continuista; por la otra, la amenaza latente en el regreso del viejo PRI sin que se haya renovado un ápice; y también la desintegración de la izquierda erosionada por el radicalismo de algunos y el comportamiento digamos más “institucional” de otros. Si se trata de escoger y estas son las ofertas, por supuesto que es explicable la desazón general.

Abstenerse, por tanto, en estas condiciones, es también una postura política aunque a algunos se antoje injustificable. Ya hablaremos al respecto.
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