Zedillo, con la alternancia, lavó su pecado original
Ernesto Zedillo llegó a la Presidencia con el signo del pecado original: ser beneficiario involuntario del asesinato de Luis Donaldo Colosio y ganar las elecciones en un proceso legítimo mas no equitativo. Esto último lo reconoció ante empresarios de España en una gira por Europa. Desde el principio de su gobierno, Zedillo preparó su “purificación”. Primero estableció la “sana distancia” entre Los Pinos y el PRI.
El segundo paso para soltar la sucesión presidencial lo dio cuando se deslindó de los principales sospechosos del homicidio de Colosio. Encarceló a Raúl Salinas y dejó que Carlos fuera sepultado por las heces que generó en su sexenio. En un desayuno privado que tuvieron en Los Pinos, Armando Fuentes Aguirre, “Catón”, le dijo a Zedillo que podía pasar a la historia si en las elecciones de 2000 el PRI perdía el poder y él respetaba el veredicto de las urnas. El Presidente replicó que, si en sus manos estaba, prefería apartar ese cáliz.
Lo anterior lo contó Armando en una mesa de amigos hace tiempo. Si lo publico no falto a la confianza, pues él había compartido ya antes esa charla con sus miles de lectores. El caso es que Zedillo, con la alternancia, lavó su pecado original. Para hacerlo creó condiciones de competencia menos desiguales. El PRI se dividió, postuló a un mal candidato —Labastida— y la figura de Fox captó la frustración social y la transformó en votos. En él se reflejaron legiones de ciudadanos, como escribí en la columna del miércoles pasado (“Contra la Pared”). La mayoría, sin embargo, terminó desencantada.
El problema de la democracia —sobre todo ahora que tantos se dicen decepcionados de ella— es que es como los toros: raro el burel que sale bueno y en cambio, en los tendidos, abundan los villamelones. Pero quien es demócrata en verdad, al igual que los taurófilos, jamás pierde la fe, no desespera. Sabe que si le atinan a uno —candidato o astado—, cualquier sacrificio vale la pena.
El pecado de origen del presidente Calderón consiste en si ganó realmente o no las elecciones. La duda, por sí sola, lo deslegitima, pero él no se amilana, aunque a veces se desquita con los medios. Ya porque no le dan ocho columnas, ya porque cobran —los diarios— demasiado. ¿Y la televisión qué, acaso factura centavos? Al contrario, son Azcárraga y Salinas los que más hincan el diente. ¿O acaso “Forbes” miente?
Calderón anunció en campaña, cuando su candidatura hacía más agua que el Titanic, que rebasaría a sus contrincantes por la izquierda. Ya empezó a cumplirlo. ¿Qué tal si el Presidente —igual que Salinas con Cárdenas en otro momento— ya se juntó con López Obrador para pactar —sin firmas de por medio— una sucesión, también por ese flanco, en 2012? Llámelo infundio, calentura, pero tanto amor con el PRD ¿cómo se explica? No digo que el Presidente vaya a entregar al poder para levar su pecado, sólo que izquierda y derecha ya marchan juntas. Y eso, para el PRI, no es nada bueno. Paredes se desfigura, Peña anda pasmado y Beltrones ya olfateó sangre.
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