Está llegando el fin de una época. La Tierra se está sublevando contra el manejo deficiente que hacemos de él los seres humanos. El cielo se nos vino encima con más litros de agua de los que fuimos capaces de desplazar. Nuestras modernas construcciones de puentes, vados, presas, edificios públicos y casas particulares quedaron afectadas por un diluvio regional que pareciera resultado del cambio climático. Y todo porque no le hemos tenido respeto a la Naturaleza.
Aunque es cierto que no la hemos respetado adecuadamente, esto no es cosa de ahora. Es cosa de siglos. No la hemos tomado con seriedad porque no la conocemos bien y creemos que resiste todo lo que queramos hacerle. Tiramos la basura en donde sea, gastamos el agua indiscriminadamente, quemamos cualquier cosa sin pensar en el daño que le hacemos a la atmósfera, derramamos todas las sustancias que producimos, aunque sean contaminantes para el suelo o para los mantos acuíferos. Creemos que a nuestro mundo no le pasa nada, que todo lo asimila y nada le afecta. Es como si fuera una especie de supermundo.
Porque somos como niños y estamos jugando con nuestro medio ambiente. La ganancia inmediata de recursos y satisfactores nos ha llevado a talar tantos árboles como necesitemos en este momento, sin reponerlos, porque ese esfuerzo no favorece a nadie inmediatamente. Se tardan demasiado en crecer para que le veamos beneficio. Usamos el recurso ahora porque pensamos que el futuro aún no existe y el pasado ya no es. El presente es lo único que tenemos.
Y es que tenemos una gran cantidad de actitudes infantiles con el medio ambiente. El pensamiento infantil capta solo el presente y no se preocupa mucho del futuro ni busca aprender de los errores del pasado. Cree que la situación que vive hoy será eterna. Aprovecha las cosas de manera inmediata y le es muy difícil posponer sus satisfacciones personales porque no tiene la paciencia necesaria para esperar que las semillas den frutos. Si un niño tiene hambre, come lo que esté a la mano, aunque le pueda hacer daño y sin discriminar si es nutritivo. Si tiene sueño, se adormila aun cuando no esté en el lugar más adecuado para dormir: si está sentado a la mesa, se acomoda en sus brazos y se duerme sin ningún problema. Cuando quiere jugar, no piensa en causas ni consecuencias. Solamente juega. Y cuando tiene miedo, cree que sus padres, omnipotentes, lo salvarán de cualquier peligro.
El pensamiento infantil está lleno de elementos mágicos, atribuyendo consciencia a todos los objetos y vida a lo inanimado. Si el niño se siente en peligro, acude a las protecciones sobrenaturales y confía en que saldrá ileso de cualquier situación que se le presente. Para la mente infantil, las leyes de la magia son más poderosas que las leyes de la naturaleza.
Por eso pensamos que construir casas en cualquier espacio disponible, que tirar la basura en cualquier arroyo, que talar árboles, quemar llantas o cruzar por cualquier lugar no tendrá consecuencias. El pensamiento infantil que aun perdura en los adultos provoca errores de juicio de consecuencias desastrosas. Y cuando la naturaleza nos pasa la factura nos damos cuenta que hacerle travesuras al medio ambiente nos mete en un juego que al final no podremos ganar.
La educación ambiental fue una moda de los años ochentas, que como toda moda, fue pasajera. Y si bien dio, en su momento, resultados positivos, no se profundizó en la formación racional de las nuevas generaciones, dejando de priorizar la visión ecológica porque no producía resultados inmediatos.
Lo que ahora urge, además de reconstruir respetando las leyes naturales, es educar a las actuales generaciones para que tengan clara consciencia de que el respeto al medio ambiente es la clave para que puedan conservar intacto este mundo maravilloso que, además, es el único que tenemos.