La conocí en un temblor.
Era una doble función en el Cine Mercurio. Había acabado apenas la proyección de “La Sal de la Tierra” cuando su rostro apareció magnificado en la pantalla, erguido en el aire por el ensalmo de un chorro de luz proveniente de una cabina mágica que flotaba entre las tinieblas. Su mirada perforaba las sombras. Se dirigía a todos y a cada uno, hipnotizando a la legión de hombres solos que a esa hora conformábamos el doble ritual de huir de la lluvia y mirar por enésima vez los extraños ángulos de sus facciones, como hechos en el equívoco trazo de un espejo estrellado.

Esa altivez que rozaba lo monstruoso, insuflaba a cada uno de sus gestos un aire único; como si los espectadores estuviéramos a las puertas de un prodigio; abatidos viajeros que al borde de un abismo interrogaba La Esfinge. Años después pude saber que su nombre era Antonia Romano.

También supe que Antonia Romano amaba las imágenes pero no a las personas.

Antonia Romano vivía fascinada por el poder evocador de las fotografías. Los productores que la asediaban infructuosamente y las actrices lesbianas que le envidiaban en secreto coincidían en que Antonia Romano miraba “con muchos huevos”. Su mirada parecía de otro siglo. De otro tiempo: unos ojos moros que siempre se proyectaban hacia el frente, como inquiriéndolo todo.

Su boca era un corazón afilado, dentro de un rostro cuasi cubista que no siendo bello resultaba fascinante. Dueña de una irradiación autoritaria y sexual;
aquellos globos oculares casi sin párpados se posaban sobre el mundo para devorarlo y reinar sobre él a través de un efluvio brutal e inconsciente.

Ese poder que hacía bajar los ojos de coprotagonistas consagradas y abarcaba retadora a las multitudes anónimas desde la pantalla de plata, sólo se ablandaba en la contemplación de ciertas fotografías: la gravedad de ciertos gestos y ciertos cielos en el parpadeo eterno de su amigo Álvarez Bravo.

Aquella noche en el viejo cine su áspera voz de animal afiebrado empezaba a construir el drama cuando una mano invisible nos sacudió en el aire... las luces del pasillo murieron una a una y una explosión de vidrio nos avisó que los candiles del lobby habían saltado en pedazos.

El letrero de “no fumar” parpadeó hasta apagarse.

Entonces la vi. La pared detrás de la pantalla cayó hacia adelante. Partió su cara en dos, que siguió proyectada a medias en la tela rasgada que ondeaba como una bandera.

Luego el techo cayó sobre mí. Luego la noche.
Aún soñaba su rostro proyectado sobre ruinas cuando fui rescatado por los bomberos.

Bardo de las bardas
“Para sobrevivirme te forjé como un arma, / como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.”

Pablo Neruda