La 21K me dejó agotado, y eso que sólo corrí siete kilómetros en la categoría de relevos.
Lo más disfrutable fue la cantidad de emociones que viví en unos cuantos minutos: disfruté la bella sensación de comunión casi religiosa que crece entre los participantes cuando ven llegar la hora cero en que arrancarán, todos un poco nerviosos calentando en medio de chistes; un señor que rondaba los 50 años, por ejemplo, se me acercó mientras hacía mis estiramientos y flexiones, soltándome a bocajarro la pregunta: “¿usted es el ‘Enmascarado de Látex’?”
Luego ambos nos carcajeamos, yo un poco más, debajo de la máscara del Rey Misterio Jr. que usé en el evento, para que nadie me reconociera y no me echaran luego carrilla por mi pobre funcionamiento.
Estuve ubicado en el kilómetro 14; me tocó ser el tercer relevo de mi equipo pero no conocía a ningún integrante, mi participación salió al vapor de un día antes, cuando un amigo me dijo que a su papá le faltaba un elemento.
O sea que todo el rollo para mí era como una cita a ciegas, de suerte que en el sonido que instalaron los organizadores (junto a unas hieleras llenas de jugos, aguas y refrescos) se avisó que había un “vigía” a 500 metros y por radio comunicarían el número del relevo que estaba a punto de llegar.
En eso aparecieron los kenianos en escena, apenas 41 minutos más tarde del inicio de la competencia; todos nos paramos a un lado de la calle como si nos fueran a presentar con Angelina Jolie y aplaudimos emocionados cuando el contingente ganador pasó frente a nosotros (justo como si hubiéramos visto a la esposa de Brad Pitt en versión tostadona).
Tras unos pocos minutos llegó el primer relevo, un “chavito” con uniforme de “Selección Coahuila”, y casi uno hora después llegó mi relevo, en ese momento ya sabía que no entraríamos en el podio, pero estaba dispuesto a rebasar a cuantos se me pusieran en frente. Encendí el iPod, una canción de música electrónica me llenó las orejas y se aventó a máxima velocidad por mis músculos; a partir de ahí no pensé en otra cosa que no fuera el ritmo de la canción, ni siquiera miraba a las personas que estaban en las banquetas gritando porras o a los boy scouts que te ofrecían bolsitas de agua en los puestos de recuperación, creo que después de unas cuantas cuadras ya ni siquiera me daba cuenta de que iba corriendo.
Quizá por eso cuando crucé la meta en el Teatro de la Ciudad no sentí que gané algo, ni me di cuenta de cuándo me pusieron la medalla de participación (¿era una medalla para celebrar que no me había desmayado en el camino?).
Lo que sí sentí como premio fue la orden de tacos de barbacoa que se “pichó” mi mamá y la certeza de que el próximo año corro toda la ruta, ¡disfrazado de Don Quijote, con mi lanza y mi caballo!