Gerardo Alvarado / Enviado
Torreón, Coah.- Es una fe diferente, definida por la religión del futbol, que reúne a todos en esa catedral denominada Estadio Corona.
Todos hablan de lo mismo, en los restaurantes, en las calles, en los camiones, en fin, el tema es la Selección Mexicana, el dueño de los corazones, en especial en La Laguna, en donde libró una batalla campal ante un Corea del Norte decidido.
Horas antes del juego la llegada, unos en coche, otros a pie, otros tantos en transporte público, pero no fallan, son los aficionados fieles quienes debieron esperar 24 años para que el Tri regresara a Torreón. Niños, adultos, rostros contentos porque está en su tierra el equipo de todos, como muchos le llaman, están felices porque no se distinguen los colores de otros equipos, es el mismo tono, aquí no hay preferencias, la afición le va al equipo mexicano, por ello su color es verde, su espíritu es verde y su camisa no es más que la pasión.
Una hora duraron a la venta los boletos en las taquillas abiertas al público, por eso ayer las voces también fueron para pedir una entrada de sobra, pero sin tener eco; nadie vendió su único pasaporte para trasladarse a un viaje en donde son pocos los privilegiados de ver a la Selección Mexicana en su camino a Sudáfrica 2010.
Los sombreros, el atuendo mexicano por excelencia, los bigotes, los pitacaritas, el mariachi en todo lo alto del estadio, los danzantes aztecas, la fiesta, la cordialidad entre hermanos de sangre, entre hermanos mexicanos, entre un mismo latido por la euforia de ese equipo que ha de inagurar la máxima justa fustolística.
Son los gritos del jugador 12 en el terreno, los diversos olores de la tierra lagunera, del ondear de las banderas, de una fiesta que comenzó temprano y se prolongo por muchas horas.