Sin duda, aunque parezca paradójico, el fracaso de la dirigencia panista se evidencia a la vista de coaliciones y alianzas con sus adversarios históricos por el prurito de derrotar al PRI a como dé lugar. A lo largo de una década en posesión del Ejecutivo federal y tras dos “victorias” nacionales –la segunda muy controvertida, por decir lo menos-, Acción Nacional sigue actuando como opción opositora en veintiséis entidades, de treinta y dos posibles incluyendo al Distrito Federal, porque no ha sido capaz de expandirse estructuralmente ni siquiera bajo el cobijo de los mandatarios federales surgidos de su entraña. Y tal es, por supuesto, un síntoma de atrofia.
No crece el partido de la derecha porque no convence aun cuando la militancia panista señala hacia los vicios electorales arraigados a los poderes estatales aun cuando en las elecciones federales tales no han impedido el supuesto éxito de sus abanderados, incluso en 2006 al polarizarse las opiniones y las simpatías con el PRI arrastrando la cobija. ¿Cómo entonces explicar esta doble perspectiva que denota una interrelación bastante erosionada entre el centro y los estados de la República? Por aquí debieran comenzar los panistas de cepa para intentar otras estrategias.
No son pocos los miembros de Acción Nacional que se dicen decepcionados. Tal postura, por cierto, la comparten quienes, viejos lobos de mar, sobrellevan el sello de la caducidad ante el brío, muchas veces desbocado, de la “nueva” clase política que, no pocas veces, opta por apostar a favor de los más viejos modus operandis, esto es los inductivos que tienden a la manipulación colectiva y el arraigo de la elite gobernante. Es una tremenda distorsión que los jóvenes, quienes exhiben rostros de monaguillos regañados --esto es cortados con la misma tijera--, sean los menos interesados en proponer alternativas para saldar, por ejemplo, las facturas de un presidencialismo copado porque, sencillamente, ya no es operativo aun cuando los autoritarismos pervivan. (Basta señalar a la agenda militar de la casa presidencial para corroborarlo).
Desde luego, el ímpetu de cambio se ha perdido para exaltar, por encima de cualquiera otra intención, los intereses sectarios. Esto es: Primero, el partido y las apetencias de sus líderes; después, todo lo demás. Y la crítica también cala en las profundidades de una izquierda tránsfuga en donde la coherencia, no digamos la ideología, ha cedido su lugar a la urgencia de mantener coberturas artificialmente luego de haberlas perdido a golpes de escisiones, bravatas e intolerancias.
Felipe Calderón, al asumir la titularidad del Ejecutivo federal, se enfrentó, en primera instancia, no sólo al clamor sobre su propia ilegitimidad política sino también a los desbordados chantajes de una dirigencia panista orientada por la insondable pareja ex presidencial. Y tardó un año, nada menos, en imponer su sello a la vieja usanza: esto es, fabricando, desde Los Pinos, los nuevos “liderazgos” con la seña de identidad calderonista. Así llegó a la presidencia nacional del partido, ungido por el mandatario, Germán Martínez Cázares, quien no pudo resistir siquiera los primeros embates y se vio rebasado por su propia torpeza operativa y la consumación de las derrotas estatales bajo su férula a lo largo de un año de tímida, tibia actuación; y luego, César Nava Vázquez, quien corrió desde la secretaría particular del mandatario como sucedáneo listo a consolidar, como la prioridad mayor, la fuerza presidencialista al interior del partido. Esto es: Lo mismo que sucedía con el PRI pero con otros colores. Tal fue el “cambio” prometido.
Pero ni así creció el PAN en cuanto a su estructura. Por el contrario, los yerros de la administración central, el agobio por cuanto a las finanzas mal parapetadas –pese a los falsos y publicitados blindajes en la materia-, y la imparable violencia, significaron severos reveses a la imagen del partido que usufructúa el poder presidencial desde 2000. Ya no es dable hablar del pasado evadiendo el paisaje blanquiazul.
Lo peor, sin duda, ha sido la bifurcación de las corrientes del panismo que se canalizan de acuerdo a los intereses facciosos de cada grupo sea para exaltar la fidelidad hacia el mandatario Calderón o en pro de los intocables Fox quienes, parapetados en su templo faraónico, opinan, miden, desafían y provocan con el apoyo mediático necesario sosteniendo así una ex presidencia fuerte con la pretensión de ocupar los espacios vacíos con señalamientos de medio gas.