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hace 2 meses
[Relatos Paralelos]

A palomas sobre la cabeza

Sonaron las campanadas electrónicas del “venid pecadores” en la Capilla del Santo Cristo

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A palomas sobre la cabeza
Sonaron las campanadas electrónicas del “venid pecadores” en la Capilla del Santo Cristo. Una parvada de palomas revoloteó hasta agruparse alrededor de un hombre sentado en la barda del atrio, mientras una de ellas se posaba sobre su pelo crespo, casi tan oscuro como el rostro.

Dentro del templo anexo a la Catedral de Santiago, las notas del cántico se fueron apagando. Diez feligreses, tres hombres, cinco mujeres y dos niños, uno de ellos recién nacido, acomodados en alguna de las 42 bancas. Ninguno de ellos decidió sentarse frente al altar.

Todos mostraban su fervor de lejecitos. El más cercano, un hombre con camisa mitad amarilla, mitad negra, que estaba en la décima banca, se levantó, fue hasta el altar de la Virgen, depositó unas monedas y regresó a sentarse otra vez, a mediación del templo.

Allá atrás, en la última banca, una mujer explicaba a su hijo, de no más de 10 años, que a lo mejor ahora sí Diosito lo escuchaba. Que ese santito era muy milagroso, que le volviera a pedir. Ella, su marido y el niño caminaron por el pasillo central y se detuvieron frente a la imagen. Se persignaron, se abrazaron y regresaron a su lugar en la última fila.

Paquito se llamaba el niño. Era la sexta vez que acudía con sus padres a pedirle al santito curarle uno de sus ojitos, cegado por estallido de un cohete que alguien le aventó en la pasada Navidad, allá en un rancho cerca del ejido Terminal, en Zacatecas.

La mujer sacó su monedero. Le quedaba solamente para el camión de regreso al rancho. Otra vez no compró una veladora de a 20 o 30 pesos ni depositó una moneda en alguna de las seis alcancías. Se hincaron de nuevo. Rezaron. Y salieron del templo mientras el niño pedía a su madre lo llevara, ahora sí, a los jueguitos de la Alameda, porque esos eran gratis.

Adentro, el que esto escribe, se acercó con una de las monjas que atienden la Capilla. Le pregunté desde hace cuánto el Santo Cristo no hace milagros. Ella dijo que el Santo Cristo seguía siendo muy milagroso. Le pregunté casos. Contó los que todo mundo sabe y que datan de hace más de dos siglos.

Que un niño cayó del techo de una casa y el Santo Cristo lo salvó de morir. Sobre una tullida que fue a llevar ofrendas a la Capilla y que al besar al Santo Cristo se curó del padecimiento. Del caso en que todo el pueblo mandó pagar misas para evitar una sequía. Relatos que pertenecen a uno de los 27 mil milagritos incrustados en retablos que adornan las paredes del altar.

La pregunta era si actualmente. Si sabía de alguien que estuviera ciego y haya recobrado la vista tras rezarle al Cristo. De alguna persona que tras depositar ofrenda y poner una veladora haya vuelvo a hablar luego de ser mudo de nacimiento. De algún parapléjico que haya ido a dejar un exvoto y que tras rezar fervorosamente se levantara a caminar. La respuesta fue no.

Volvieron a sonar las campanadas, ahora para anunciar el mediodía. Se entrelazaron con el sonido del Bolero de Ravel de un saxofón que, un hombre de pelo largo y cachucha azul tocaba desde los portales, en Plaza de Armas.

Afuera, en el atrio, aquel hombre de pelo crespo y piel como tostada por el sol seguía sentado en la misma barda, frente a la Capilla del Santo Cristo. Ya no había a su alrededor palomas. Desapareció el tierno espectáculo de la tortolita comiendo sobre sus cabellos.

“¿Por qué se fueron las palomas?”, le preguntaron. “Ya no tengo semillas para darles, nomás vienen si les doy de algo”, respondió.


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