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[Relatos Paralelos]

Beto, un corazón de trapo

Los rayos de sol entran por la ventana en una casa de la colonia Roma anunciando el inicio del día

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Beto, un corazón de trapo
Los rayos de sol entran por la ventana en una casa de la colonia Roma anunciando el inicio del día, es hora de levantarse luego de una noche en vela, tal como ha sido cerca de 17 años. Mirada fija, brazos y piernas frágiles al movimiento, voz prestada y corazón de trapo. Se trata de Beto, de quien sus deberes están por comenzar.

Es parte de una familia de madera. Durante 32 años han arrancado sonrisas, empatía, apoyo e indiferencia en la esquina del bulevar Venustiano Carranza y Humberto Hinojosa. La Clínica 2 del IMSS lo acompaña de fondo, pero guarda su distancia.

Frente al dolor y las buenas noticias que emanan del centro hospitalario, ante el trajinar y estrés de la rutina urbana se encuentra Beto, el heredero, el rostro inexpresivo que de un momento a otro cobra vida, cuando la ventanilla de un automóvil permanece abierta, cuando los pasajeros comparten un “hola”.

El objetivo es obtener recursos para solventar los gastos en casa, pero también apoyar a quienes presenten necesidades aún mayores. Antes de las 10 de la mañana se ubica en contraesquina de la clínica, a un costado del Nacional Monte de Piedad, junto a un puesto de periódicos.

El tráfico ya es importante, el andar de peatones que van al médico es constante, así como de quienes sólo se detienen para comprar jugo de naranja hecho en casa o alguna botana que engañe al estómago. Beto se mantiene tan cerca, pero tan lejos de este flujo, se concentra en los autos que viajan de sur a norte, sorteándolos cuando el semáforo le ayuda a detenerlos. Un acuerdo no escrito entre seres inanimados.

Afina garganta con voz prestada para deleitar a chicos y grandes –en especial a los niños– con canciones de autoría propia, improvisadas la mayoría cuando anda inspirado. Una moneda… o dos, a cambio de ello no están mal, se agregan a la causa.

El ulular de las sirenas que se aproximan, así como el de los cláxones dificultan su interpretación, pero se las arregla con bromas que saca de las gastadas mangas de su camisa para mantener el contacto con su público. Son segundos los que tiene para el espectáculo, instantes para arrancar sonrisas.

Se nota cansado, el sol hace mella en su piel y los elementos amainan las fuerzas, no así el ímpetu por interactuar con la gente y el resultado de esto: llevar monedas a los bolsillos del pantalón que después repartirá entre quienes presentan mayores carencias, algunos, sus vecinos, otros, habitantes de colonias al poniente.

Esto comenzó en los 80, cuando un panadero dejó el oficio para aprender la ventriloquía y el tallado en madera de figuras para cristalizarla. Así nació la familia de Beto, sumándose a los cinco hijos de quien tuvo a su cargo durante años el horno, cuyo olor del resultado deleitaba el sentido del gusto de decenas de saltillenses a las 7 de la mañana y 5 de la tarde.

José Alfaro Padilla, de 72 años, recorre 50 metros durante cada semáforo en rojo con Beto en sus brazos; al día acumula kilómetros con un lento andar, las piernas lo empiezan a traicionar; su compañero le otorga la dosis necesaria de fuerza para mantener el ritmo.

Las canas en José contrastan con el intenso color negro del cabello y ceja poblada de Beto. Existe comunión entre ambos, han hecho equipo desde que comenzó este siglo, justo en el cambio generacional de la familia del pequeño hombre de madera. Debe aguantar por mucho tiempo “luego, ¿qué hago sin Beto?”, se cuestiona. Es el último que aprendió el oficio, el último en acompañar a José a casa a diario, donde descansan tras intensas jornadas, donde las voces de sus otras habitantes quedaron en el recuerdo. Todos emprendieron sus propios caminos.

El crepúsculo anuncia el final de otra jornada de sortear automóviles, de arrancar sonrisas y buscar sustento económico. En el trayecto a casa, Beto y José se detienen en repetidas ocasiones. Van compartiendo el éxito del día cuando éste se los permite. Al hogar aterrizan con un bulto cargado de satisfacción, con lo necesario para tener alimento que sirva de “combustible” para esperar que de nueva cuenta salga el sol y el concurrido crucero les tenga reservado el lugar de siempre.

Beto no prueba bocado, se sienta, observa fijamente mientras José intenta conciliar el sueño; permanece estático, ha llegado el momento de descansar en vela, de bajar las revoluciones a su corazón de trapo.




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