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hace 3 semanas
[Relatos Paralelos]

Bucle a Múzquiz

Recientemente tuve que viajar a Múzquiz por los motivos que un nieto jamás quiere que lleguen

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Bucle a Múzquiz
Por: Iván Castaño

Recientemente tuve que viajar a Múzquiz por los motivos que un nieto jamás quiere que lleguen, pero que invariablemente el tiempo se encarga de su cabal cumplimiento.

El viaje pintaba melancólico. Mi abuela materna había fallecido y la familia se unía, como hacía muchos años no sucedía, en el terruño en que mi güelita Lidia decidió formarla.

Tomé la carretera 57 hacia el norte y el mismo clima me decía que la travesía sería sombría, pues la llegada del otoño se hacía presente con un cielo nublado y una llovizna intermitente que me cobijó durante todo el camino.

Sin embargo, debo confesar que el viaje, que me aventé solo para evitar cargarle a mi familia el pesar de tan sensible pérdida, resultó reconfortante y lleno de memorias que hacía al menos 20 años no venían a mí.

Se dice mucho del desarrollo en el estado, pero lo cierto es que este sólo es visible en las grandes ciudades, pues en los pequeños pueblos y municipios que conforman el corredor carbonero de Coahuila pareciera que el tiempo se congeló un par de décadas al menos.

No lo digo a manera de crítica, al menos no en esta ocasión, sino como una situación que “agradezco” no haya pasado, pues al menos yo, como viajero y visitante temporal, agradecí que todo el panorama siguiera así, sin cambios, “perenne”, si cabe la expresión.

El trayecto de Saltillo a Monclova sí resultó con bastantes cambios para mí, y aunque quizá no extraordinarios, me obligaron a observar con detenimiento más de una vez el nuevo entorno, los nuevos comercios, las franquicias que atiborran el bulevar Pape, los puentes que hacen más fluidos los viajes y hasta los nuevos Oxxo.

No obstante, al salir de Monclova rumbo al norte del estado pareciera que los relojes no avanzan, pues el camino es tal como lo recuerdo, pues salvo la ampliación de la carretera 57 a cuatro carriles y lo propio para el camino conocido como El Sauz, todo continúa sin cambios.

Al llegar a ese punto, El Sauz, que conecta a la carretera 57 directamente con Palaú, ahorrándose uno alrededor de 40 minutos de viaje hasta Múzquiz, la carretera se extiende como un mero tapete negro sobre la vegetación típica de la zona; sí, un mero tapete oscuro, sin líneas de delimitación ni señales, ni nada que ayude a orientar a un automovilista. De noche, el camino debe ser lúgubre.

Los pequeños pueblos a mediación de camino permanecen iguales a como los recuerdo cuando de niño viajaba por la misma carretera junto con mis hermanos y mi mamá.

Las pequeñas casas estilo americano que fueron levantadas décadas atrás para que los mineros se establecieran permanecen igualitas, salvo pequeñas adecuaciones para hacer más llevadera la vida en esa región.

Los mismos bordos, los mismos olores que al menos para mí identifican la actividad minera; el mismo polvillo de carbón sobre el asfalto, vaya, hasta los mismos camiones “charchinos” que transportan a los habitantes de estas comunidades a los grandes centros urbanos.

Todo era igual, “perenne”, si cabe la expresión.

Las vías del tren cortan varias veces el camino, justo como cuando pasábamos por ahí cuando niños. No hay luminarias, no hay línea alguna sobre el pavimento, nada, al igual que hace décadas.

Llegué a Palaú y la misma nostalgia me invadió, pues aquel pueblo polvoriento, lleno de baches y enormes charcos (había estado lloviendo mucho un día antes de mi visita) seguía ajeno al tiempo. El único semáforo del pueblo aún funciona, ¡y cómo tarda el rojo en cambiar!

Entré a Múzquiz y de inmediato mi mente me llevó a cuando tenía 8 o 10 años. La misma entrada, las mismas maquiladoras a un costado de la vía principal que, aunque han cambiado de nombre y dueños, persisten como uno de los principales sustentos de las familias de la ciudad.

Seguí el camino de memoria, es más, quizá hubiera llegado a casa de mis abuelos con los ojos cerrados.

Salvo la invasión de Oxxo, Farmacias Guadalajara, Soriana y la próxima llegada de Cinépolis, Múzquiz sigue siendo el mismo pueblo en el que cada verano convergíamos mis primos de Aguascalientes y nosotros. Los mismos aromas a tierra mojada, a pollos asados, a añeja tranquilidad. Sensaciones que revivieron en mi mente y ayudaron a hacer más llevadera mi pérdida.

Las mismas calles sucias y llenas de tierra que recorríamos mi primo Pepe Chuy y yo a las 5 de la mañana, para visitar la estación de trenes de la extinta Fluorita, hace 20 años; aquellas por donde nos dirigíamos a la plaza para dar mil y una vueltas para pasar el fin de semana y comer una raspa de limón con conchitas con salsa y que recorríamos cada tarde de vacaciones para ir a las maquinitas o visitar a “Las Bombas” (mis tías abuelas)…

La misma casa sobre la calle Socorro, en el Centro, con los mismos aromas y aquella alacena enorme en la que mis abuelos guardaban una escalerita en la que el consentido de la casa en turno (primero yo y luego mi hermano César) se sentaba a un costado de mi güelo Chuy para cenar a las 6 o 7 de la tarde.

El viaje terminó y yo agradezco a todo aquel que de alguna u otra manera se haya empeñado en evitar que el cambio se haya comido todos esos recuerdos. Fui a despedirme de mi abuela y regresé aliviado de que su memoria prevalecerá gracias a los recuerdos que revivieron tras la visita.

Me retiré feliz de reencontrarme con aquel niño que pareciera olvidarse con el ajetreo del desarrollo urbano, mas no puedo decir lo mismo de quienes viven allá y deben hacer frente al bucle que los mantiene atrapados en el tiempo…


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