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hace 1 semana
[Relatos Paralelos]

Cráneo

Una vez mi abuelo, cerca de la noria y con medio cuerpo dentro de un pozo, me llamó y me entregó un cráneo

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Cráneo
Fotoarte: Zócalo | Alfredo Garza
Crecí en una casa en medio de una nogalera inventando historias sobre princesas atrapadas dentro de las cortezas de los árboles y hadas esparciendo tiras de colores, olores y sonidos para crear escenarios idílicos, propios de las aventuras infantiles, y por las noches soñaba con fantasmas, baúles con tesoros y escotillas secretas.

El encanto del lugar danzaba a una única melodía y jugaba a detener el tiempo, que cambiaba sólo a placer de las estaciones del año. Las posibilidades eran infinitas en ese lugar, pero no necesitaba tomarlas en ese momento, pues nadie iba a arrebatármelas y estas me iban a esperar.

Vivía en una maraña de hojas, ramas y animales de granja; historias absurdas sobre mundos suspendidos en el cielo y además creía que podía adivinar el futuro, pero nunca lo comprobé porque no sentía que necesitara saber qué sería de mí estando en un lugar tan perfecto.

Mi abuelo era un elemento común en mis aventuras; presente como un guardián, cuidando que las hadas hicieran su trabajo y sanando lo que necesitara ser sanado. Siempre cavando para sembrar más y más vida en ese pedazo de paraíso.

Una vez, cerca de la noria y con medio cuerpo dentro de un pozo, me llamó y me entregó un cráneo: “tírelo al arroyo”, me dijo. Nadie me cree cuando digo que era un cráneo humano, se apresuran a señalar que seguramente era de un perro o de cualquier otro animal cuyo tamaño pudiera ser confundido con el de una persona, pero es cierto, era el cráneo de un ser humano y había tenido suficientes clases de ciencias naturales como para confirmarle lo peor a mis oscuras sospechas.

Me encaminé al arroyo y la lejanía de este en ese momento era proporcional al asco que sentía al llevar en mis manos, extendidas y lo más lejos de mi rostro, los restos de quién sabe quién. A la mitad del camino me detuve y puse el cráneo en el suelo, me esforcé por detener las arcadas y me limpié la nariz que había comenzado a gotear como consecuencia de las náuseas y, después de recoger el desagradable encargo, retomé la marcha.

No recuerdo el momento en el que arrojé esa cosa al arroyo o si me rendí antes de llegar. Muchos años después entendí que probablemente mi abuelo y yo habíamos sido cómplices de un terrible acontecimiento e ignorantes por la inocencia de la niñez y la despreocupación de la vejez habíamos “asesinado” a una persona y “ocultado” parte de la evidencia en el arroyo.

Tampoco sé con certeza si después de aquello vinieron las pesadillas. Siempre había restos de personas muertas en ella, cráneos que contaban lúgubres historias sobre una niña que arrancaba cabezas, las exhibía y después las arrojaba con desprecio por una ranura al olvido. También soñaba con garras que me señalaban y arrastraban a ese mismo arroyo, y personas desmembradas o, lo peor de todo... Yo, perdida en la infinidad de un abismo, tratando de encontrar el camino de regreso a casa e incapaz de lograrlo, porque antes necesito dar con el paradero de ese hombre al que los demonios dicen que maté cuando solo tenía 8 años. 


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