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hace 2 semanas
[Relatos Paralelos]

Dejé de ser ‘joven’

Me despedí de mi juventud con un día de mucha limpieza, trabajo y un baño caliente al llegar a casa

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Dejé de ser ‘joven’
Me despedí de mi juventud con un día de mucha limpieza, trabajo y un baño caliente al llegar a casa, para encontrar esa relajación necesaria que me permitiera afrontar que, al menos a los ojos de México, ya no soy un joven.

De acuerdo con el Imjuve y otros organismos institucionales, esta categoría tan socorrida por los millennials separa a la población de 21 a 29 años y yo, cambié de dígito para iniciar mi tercera década. Curioso, aunque sigo siendo joven, bueno, ahora con la etiqueta “adulto” como un prefijo impuesto. Aproveché mis últimos 60 minutos en los 29 para reflexionar.

Dejo atrás 10 años de muchas satisfacciones, alegrías y tropiezos y, sin embargo, no me arrepiento de las experiencias que me forjaron durante la última década, mucho menos de la formación disfuncional que tuve y que con el paso del tiempo se ha vuelto más funcional para mí –al ver los casos de quienes conforman mi círculo social–.

No sólo pude colarme en el 17% de jóvenes que logra terminar la universidad. En mi tránsito por esta vida fui también de los que se salvó de formar parte de la estadística de suicidios a nivel local, donde la mayoría de los casos ocurridos, al menos en Coahuila, fueron de quienes se supone tienen más esperanzas para desarrollarse.

Agradecí a mis padres por todo su respaldo, su amor para lograr terminar mis estudios. Bendije la posibilidad de tener un techo, ropa, comida y la oportunidad de salir adelante cada día como un joven “productivo y funcional” en este sistema que cada vez me demuestra más sus fallas.

También soy de los que se escapó de entrar en el 19.2% de parejas que tuvo un embarazo adolescente y no deseado. Reviví mi boda y mi divorcio en esta década. Las alegrías de soñar una familia y luego de volver a empezar, como parte de un porcentaje iluso o ingenuo que se dispara de forma estratosférica ante la falsa promesa del amor eterno, ese que se estrella con la realidad y no con lo que nos ofrece el aparador social.

Me entristecí porque me di cuenta de que con este cumpleaños agotaría mis posibilidades de ser futbolista, como bromean muchos con memes en las redes sociales. Sobreviví a la “maldición de los 27” y los excesos, y vislumbré una tormenta emocional por enfrentar a la vida muchas veces sin saber si mis decisiones fueron correctas.

Agradecí por cumplir mi sueño de ser periodista sin formar parte de esa estadística alarmante de reporteros asesinados, que exponen a México como uno de los primeros lugares con más riesgos para ejercer esta profesión. Recordé que la violencia nos pegó a todos durante estos últimos 10 años, los mismos que tengo detrás de una computadora escribiendo siempre lo que pasa, siendo el “ojo del mundo”, como me gusta ironizar.

Di gracias por no ser un desaparecido, ni que mi familia sufriera ese lento trajinar de identificar restos de huesos disueltos en ácido en algún cementerio clandestino. También me sentí dichoso por ser parte de una estadística que de alguna manera rompe los paradigmas e históricamente se une a la revolución digital y a muchos otros procesos que minuto a minuto muestran que nuestra realidad se construye de instantes insospechados.

Dejé de ser “joven” y la pregunta me cayó de sopetón: ¿Seremos una generación frágil, inmadura o huevona? Al menos los que son más grandes que yo, en más de una ocasión nos señalan con una mirada de desdén ante nuestros dilemas existenciales o la manera en la que nos expresamos de nuestra cotidianidad. Sin embargo, resulta que en la realidad social somos el grupo de trabajadores más vulnerable de México.

Una leída a datos sobre la juventud demuestra que pese a la curiosidad, el espíritu de cambio que supuestamente llevamos en las venas –por el hecho de ser jóvenes– se apaga cuando más del 50% recibe salarios entre los 2 mil 400 y los 7 mil pesos, y no cuentan con los recursos necesarios de acuerdo con la línea de bienestar. Pensé en esto a 20 minutos de que llegara mi cumpleaños.

Irónicamente me dije “bueno, no todo puede ir tan mal, en especial cuando dejas esa etiqueta”, ya que esa juventud tan criticada por salir a cazar pokemones y amar las películas de Marvel realmente busca encerrarse de alguna manera en la nostalgia de una infancia.

Somos los que nos criamos entre crisis y la devaluación del “efecto tequila”; una adolescencia con una guerra contra el terrorismo a nivel global y contra el narcotráfico en el país y, finalmente, una juventud que se enfrenta todos los días ante el panorama de ser parte de ese 66% que no tiene seguridad social o prestaciones –sin mencionar todas las estadísticas anteriores–.

Me salvé de todo eso y a cuatro minutos de que la medianoche me exponga como un festejado por una nueva década, no dejo de pensar en que espero que estos próximos 10 años me muestren un panorama más favorable.

Mis amigos me dicen que “los 30 son los nuevos 20… con dinero”, pero yo tengo la ilusión de que al menos habrá salud para enfrentar más embates del tiempo, con nuevos sueños, nuevos bríos y una nueva categoría social por llenar.





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